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Un blog lleno de sentimientos, de circunstancias. Un blog en el que plasmar un nuevo preyecto!
01/05/2008 11:59 am
Capítulo 3. Los orígenes.
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Fresqui

El frío la despertó, tenía la piel erizada. Se inclinó hacia un lado y bajó las mantas para colarse de inmediato bajo ellas. Su piel desnuda agradeció el calor y el suave tacto de las sábanas. Rodeó con su brazo derecho la almohada y coló el izquierdo por debajo. Miró el reloj de la mesita de noche, eran las diez de la mañana, dormiría un par de horas más. Cerró los ojos decidida a caer en un profundo sueño. Pero no fue así. Las sábanas eran cálidas y al más leve movimiento le parecía la más delicada caricia. Nadie jamás le había dedicado una caricia, un beso de amor, ella solamente se había preocupado por no sentir tal afecto por nadie, no quería sufrir más. Pensaba que haber crecido sin familia ya era bastante duro.

Crecer en un orfanato había sido al principio de su infancia bonito, pues los primeros años de su vida los pasó rodeada de adorables monjas que repartían todo su amor a todos aquellos niños. A muchos los quiso como si fueran sus propios hermanos.

Pero cuando cumplió la edad necesaria para ir al colegio las monjas no pudieron hacerse cargo de todos y decidieron darlos en adopción a prestigiosas familias. Fue allí con 5 años cuando le arrebataron un trocito de su corazón alejándola de sor Mercedes y de sus hermanos de cuna.La entregaron a la familia Moliner, una pareja catalana que rondaba los 40 y no tenían descendencia. Respetaron sus apellidos, los que su madre o quien fuera que la abandonó, dejó en la cartilla de nacimiento junto a aquella carta en la que decía que sentía tener que hacer aquello, pero que no podía hacerse cargo de un bebé que era fruto del diablo. Cuando creció Delia, le contaron que su madre había sido violada y que la nota decía cuán duro sería ver aquella criatura a diario recordándola la pesadilla  a la que fue sometida. Le entregaron la carta a la pequeña para que un día pudiera perdonar a su madre, leyendo aquellos terribles testimonios.Los Moliner vivían en una gran urbanización a las afueras de aquel pueblecito Cántabro, habían destinado al señor Marc al cuartel de la guardia civil allí y llevaban viviendo 3 años en un hermoso chalet. La señora Ángels se dedicaba a la casa y a su jardín repleto de flores. Era un matrimonio envidiable, y cuando Delia se instaló en la casa pensó que tal vez sería agradable tener una familia. Pero no fue así, vivió trece años atormentada por las palizas del señor Moliner, sometida a ser la esclava de la señora, a ir del colegio a casa y viceversa. Sufría viendo como todos los niños iban felices con sus madres al parque a jugar, mientras que ella con sólo 6 años tenía que barrer, limpiar y sonreír forzosamente cuando acompañaba a Ángels donde fuera. Tenía que fingir que todo iba bien, o sería peor. Aquello era soportable, pero cuando Marc llegaba a casa borracho al anochecer ella se escondía bajo las mantas por lo que pudiera suceder. Se oían gritos y en más de una ocasión él la llamaba a voces desde el pie de la escalera.-          Delia maldita sea, ¿no vas a bajar a dar las buenas noches a tu padre? Entonces la pequeña salía de la cama, calzándose las zapatillas y bajaba las escaleras muy a su pesar, para saludar al señor de la casa.-          Sí, estaba estudiando como me ordenaste padre…-          Así me gusta, ven conmigo mientras ceno, me aburre cenar solo.Ángels se encontraba sumergida en el sofá del salón viendo programas de cotilleo, mirando de reojo a la pequeña, aquella mujer se desentendía de todo. Delia le había venido muy bien para librarse de aquel hombre que no tenía corazón.Marc tiró del brazo de la niña arrastrándola hacia la cocina, la empujó en un taburete mientras él partía en rodajas lomo tras la encimera. Delia le miraba perdida sin saber qué pintaba allí, era la una de la madrugada y al día siguiente tenía colegio. Observaba a aquel completo desconocido. Si no fuera porque iba demasiado bebido y eso le distorsionaba un poco la compostura, si no fuera porque le conocía, hubiera dicho que aquel era un gran hombre, un gran padre… era apuesto, tenía 42 años, una abundante mata de pelo negro bien recortado, algunas canas florecían dándole un toque interesante. Los ojos verdes oscuros eran profundos, llenos de rabia y pena, la pequeña se preguntaba cómo era posible que tuviera la misma mirada hundida y perdida de él, se preguntaba por qué, Marc sentía pena o rabia si tenía todo para ser feliz. Todo excepto sus propios hijos. Y Delia no podía suplantar aquel lugar como él el de un padre… tenía buena presencia, era alto, delgado, toda la ropa le sentaba bien, y además tenía buen gusto. El pulso le temblaba mientras freía el lomo y lanzaba mil y una barbaridades contra los santos que sor Mercedes le enseñó a amar y respetar. Cogió el plato y se sentó frente a la niña. Llenó el vaso de vino. Y mientras masticaba la miró fijamente.-          ¿No me piensas contar nada hijita? No te tengo aquí para que me contemples. ¿Qué tal en el colegio?-          Bien padre… aprobé todos los exámenes. La semana próxima tendré tres pero no son difíciles…-          Eres lista si… estaría orgulloso si fueras sangre de mi sangre… - bebió más vino - ¿Y los compañeros que tal?-          Bien… apenas tengo trato con ellos… - temió continuar, agachó la cabeza pero el señor Moliner hizo un ademán de que continuara – como nunca salgo a jugar con ellos después de clase, apenas me hablan.¡Maldita sea! – se levantó de la silla hecho un basilisco dirigiéndose al salón – Ángels te tengo dicho que la mocosa tiene que integrarse con los niños si quieres que nos tengan como una buena familia. ¡no está de chacha para ti! ¿te queda claro? – la agarró del brazo levantándola del sillón haciendo que ésta dejara de mirar el televisor y clavara sus ojos llenos de terror en los de él. Comenzó a protestar bajo, demasiado bajo para que Delia oyera lo que decía, pero Marc se enfadó y abofeteó a su esposa. La pequeña quiso enmendar lo sucedido, si no hubiera dicho nada, no hubiera pegado a nadie. Pero al interponerse para

-          ¡Maldita sea! – se levantó de la silla hecho un basilisco dirigiéndose al salón – Ángels te tengo dicho que la mocosa tiene que integrarse con los niños si quieres que nos tengan como una buena familia. ¡no está de chacha para ti! ¿te queda claro? – la agarró del brazo levantándola del sillón haciendo que ésta dejara de mirar el televisor y clavara sus ojos llenos de terror en los de él. Comenzó a protestar bajo, demasiado bajo para que Delia oyera lo que decía, pero Marc se enfadó y abofeteó a su esposa. La pequeña quiso enmendar lo sucedido, si no hubiera dicho nada, no hubiera pegado a nadie. Pero al interponerse para tratar de defender a aquella mujer, él la abofeteó a ella dándole después un empujón hacia las escaleras – tú ve a dormir, no sé qué pintas aquí a estas horas.

Delia se agarró a la barandilla de la escalera y subió los peldaños de dos en dos, con la mano en la mejilla, le echaba calor, notaba como le latía, y un dolor ardiente parecía arrancarle el labio inferior. Apartó la mano instintivamente, estaba sangrando. Fue al baño para lavarse la herida rápidamente y acostarse. Lloraba de miedo, de dolor, de pena. Sentía que era un ogro por hacer que pegara a su madre. Se refugió en la cama, prometiéndose ser una hija ejemplar. Seguramente su padre había tenido un mal día y aquello no volvería a repetirse. Los gritos cesaron en la planta inferior, se oyó la televisión durante horas. El sueño se apoderó de ella.A la mañana siguiente todo el mundo la miraba en el colegio la marca del labio, pero nadie preguntó, mejor… la señora Ángels estaba enfadada, y escondía su ojo morado bajo unas enormes gafas de sol. Delia pensó quien era el malo y quien el bueno. Su madre era una mujer de 38 años, preciosa, una figura esbelta, una larga melena de tirabuzones pelirrojos que recogía con sumo cuidado en un elegante moño. Sus ojos azules como el cielo, su tez blanca como las nubes y cubierta de diminutas pecas que bien podrían ser estrellitas. Tenía una sonrisa dulce, deslumbrante, pero en pocas ocasiones la había visto sonreír. Y en muy pocas la  vería hacerlo.Lo sucedido la noche anterior solo fue el comienzo de una larga pesadilla para los tres.En días envejecían como si fueran años. No se hablaban, sólo se daban órdenes en casa, Delia pasó a ser una criada para ellos, ahora ya no se reía de la cenicienta, solamente albergaba la esperanza de que un príncipe la sacara de allí… pero, ¿Cómo creer en el amor viendo como aquellos dos se apaleaban y se echaban en cara parte de sus vidas? ¿Cómo creer que alguien iba a amar desinteresadamente cuando ella había nacido fruto de una violación? Jamás amaría a nadie, fue su promesa cuando cumplió doce años.Por aquel entonces de vez en cuando conseguía escaparse al parque y bajar al río. Se sentaba a la orilla y tiraba piedras mientras el susurro del agua llenaba de calma su mente. Otras veces llevaba libros y leía recostada en alguno de los muchos árboles que había. Y en ocasiones, se tumbaba sobre el verde y fresco césped mirando al cielo, soñando que vivía en una era medieval, donde los dragones, los gnomos y las hadas existían, donde volaba a lomos de un hermoso unicornio blanco atravesando los bosques. En donde los búhos eran sus amigos, los jilgueros le dedicaban preciosas canciones y donde no existía el miedo a la libertad. Pronto un día ella sería libre.Aquellos fueron los peores años de su vida, crecía y sentía el deseo de desaparecer de allí, pero se veía obligada a permanecer en aquel horrendo hogar. No tenía amigos, nadie con quien contar, solas ella y la soledad, aunque ya se había acostumbrado. Como también lo había hecho con los golpes. No era raro verse con moretones por todo el cuerpo. Tampoco le dolían los desprecios, si ellos supieran lo que ella pensaba, seguramente se sentirían peor.A los dieciséis años comenzó a trabajar de camarera sirviendo comidas en un polígono, donde todos los hombres camioneros, albañiles, etc., la observaban y cuchicheaban cuando daba media vuelta. Los fines de semana se apuntó al grupo de limpieza de la iglesia. Aunque sintiera que los santos la tenían por completo olvidada pensaba que un día ellos pondrían un pequeño ápice de felicidad. Por supuesto siguió estudiando. Y cuando cumplió los dieciocho años se marchó de casa, con una maleta y todos sus ahorros.El despertador sonó sacándola de aquel ensimismamiento, eran las doce de medio día. Se lanzó de la cama hacia el armario, sacó ropa y se vistió de inmediato. Recogió su hermosa melena en una larga coleta y puso música a todo volumen mientras recogía y cocinaba. Sin saber por qué, volvió a acordarse del kiosquero, tal vez bajara a por el pan y ya de paso asegurarse de que sus intuiciones eran falsas. Todo iba bien. Tenía que ir bien.

 


28/04/2008 11:46 am
Capítulo 2. Rober.
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Fresqui

Sentado en la sala de espera de comisaría junto a Carlos y Miguel sus dos amigos sentía vergüenza ajena, iban completamente borrachos, esposados y vigilados por un guardia a sus espaldas. Albergaba la esperanza de que quedara en un aviso, puesto que él no quería verse involucrado ya que no había hecho nada. No se osó a echarles una reprimenda, era imposible y absurdo reñir a un par de borrachos y solamente serviría para causar otro alboroto en el que si formaría parte, ni hablar. Calló mirando al frente con los brazos cruzados como si agarrase su torso. Los puños cerrados fuertemente por la rabia, le hacían tener las yemas de los dedos blancas, y las venas se marcaban en la parte superior de sus manos como si fueran a explotar. De repente sintió frío, su niqui lleno de sangre por auxiliar en la pelea estaba empapado y era eso lo que le producía escalofríos, Carlos llevaba el ojo morado y el labio partido, nada que no se le fuera a pasar, Miguel iba hecho unos zorros, la camisa rota, ni un triste botón le había quedado, lleno de sangre, sangre ajena puesto que él no tenía un solo rasguño. Y ese era el problema, dos jóvenes corpulentos que sabían pelear y salir ilesos. Dos chicos que no sabían beber y buscaban gresca en los más débiles, eso a Rober le ponía enfermo. Había decidido no sacarles de más apuros e ir a su aire, prefería ir solo antes que sentirse cómplice de un asesinato, esperaba que no fuera demasiado tarde, que el chico que se había llevado la ambulancia y que él había asistido se recuperase bien y pronto.

Carlos se reclinaba hacia atrás en la silla apoyando la cabeza en la pared, tenía los ojos cerrados, seguramente el efecto del alcohol se estaba pasando y le dolían los golpes. Era alto, atlético, de una abundante cabellera ondulada rubia que siempre llevaba rigurosamente cortada, parecían hebras de hilo de oro. Los ojos eran negros, como un callejón sin salida, sin farolas y sin el brillo de la luna, era una mirada siniestra. Y su piel blanca, como la nieve, inmaculada, fría y dura. Su imagen había creado a su persona, era el ídolo de toda adolescente del barrio Vidriera, temido, respetado, y envidiado.

A su lado Miguel, más consciente de lo sucedido, doblaba los puños de su camisa remangándose. Se reclinó hacia delante apoyando sus codos en las rodillas, cruzó las manos tras mirarlas detenidamente, y miró al frente sin fijarse en nada de lo que allí había. El pelo castaño enmarañado cubría su nuca y su frente, los ojos pardos, una mirada felina que cambiaba dependiendo de la luz, eran dulces o crueles, depende de cómo tornasen las circunstancias. Podían ser verdes como el fondo de los mares del Caribe, casi transparentes, u oscuros como un día de tormenta. Su estatura media le hubiera hecho pasar inadvertido si no fuera por su musculatura apabullante.

Parecía que allí las cosas pasaban a paso de tortuga, juró por un momento llevar más de dos horas quieto en aquella dura silla de plástico. De repente se acordó de su negocio, eran las siete y tenía que estar abierto hacía dos horas…

Se levantó bajo la atenta mirada del guardia y se acercó a él.

-          Disculpe, ¿usted cree que esto va para largo? Es que tendría que estar en el negocio hace horas y como a fin de cuentas yo no hice nada salvo socorrer al agredido…

-          ¿Te quieres pirar dejándonos aquí solos? – exclamó Carlos airado interrumpiendo.

-          Cállate el no ha hecho nada y tiene cosas que hacer – Miguel zanjó el tema.

-          Enseguida vuelvo, no quiero jaleos ¿queda claro? – advirtió el guardia mirando a Carlos.

-          Clarísimo – suspiró Carlos con rencor mientras miraba a Rober con esa perspectiva desafiante.

El centinela desapareció a paso ligero de la estancia haciendo resonar armoniosamente sus pisadas y el traqueteo de las llaves que colgaban en su cinturón. Nadie dijo nada y todos evitaron miradas, el único en quebrantar el silencio era Carlos que resoplaba cada dos o tres segundos haciendo notar así su inconformidad, era como un chiquillo en aquel aspecto. A los cuatro o cinco minutos reapareció el vigilante con total inexpresividad.

Puedes irte pero antes pásate por la entrada a recoger unas órdenes y dejar tus datos, seguramente te tomen declaración si ejerce una denuncia el agredido.

-          Muchas gracias – recogió su chaqueta del asiento y mirando a Miguel se despidió – nos vemos.

No quería saber nada de ellos de ahora en adelante, a fin de cuentas ni siquiera se consideraban amigos entre sí.

En la entrada le pidieron los datos, y le dijeron que estuviera disponible por si acaso. Se marchó más tranquilo. De camino a casa a un paso ligero, entre la carrera y el caminar, se dirigía a su casa para ducharse, cambiarse y bajar al kiosco en el menor tiempo posible.

Eran ya las ocho de la mañana, entró a toda prisa y metió sus ropas en la lavadora poniéndola en marcha, se duchó, vistió y con una manzana en la mano partió hacia el deber. Aquel kiosco era todo lo que le quedaba de sus padres, lo había heredado dos años atrás tras la muerte de estos en un accidente de coche.

Mientras colocaba la prensa del día en el mostrador y desechaba el pan viejo, pensaba en sus “amigos”.

Prefería sin duda volver a estar solo, a ser temido en aquel adorable barrio, prefería que aquellas gentes pensaran que había recaído en una depresión o locura como hacía dos años. Para tener 24 años, prefería aquello, por muy dura que fuera la soledad, a ser un matón. Sin duda, había optado por la dulce locura.

 

24/04/2008 10:00 am
Capítulo 1. Delia.
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Fresqui

Hubo un día en el que prometió decir aquello que pensaba y no callarse para no herir a nadie, hubo un día en el que pensó que ser buena persona era fácil, pero hubo un día en el que se dio cuenta de que todo eso eran mentiras y fue entonces cuando se cayó de bruces contra el frio, duro y cruel asfalto, allí se di cuenta de lo que era la vida… subsistir.Juró una y otra vez que no tropezaría más veces en la misma piedra, juró ser fuerte sin pensar en los demás puesto que nadie pensaba en ella. Le habían robado por aquel entonces su infancia, su adolescencia, su inocencia y su felicidad… tenía 20 años cuando iba siempre sola por la calle, siendo observada por la muchedumbre, con miedo, pena, desprecio, compasión… la conocían como la borde, la solitaria, la ausente… se reían de ella sin saber que bajo las ojeras, la vestimenta triste y oscura, y los labios permanentemente sellados, era ella quien se reía de ellos, podía ver como sufrían, desamores, hijos, trabajos, vivían para sufrir… sin embargo Delia, hacía tiempo que no sabía qué era aquello, había sido fiel a su promesa de no sentir más cómo ardía el asfalto en su piel tras la caída.Vivía sola en un ático, y trabajaba todas las noches de enfermera en una residencia de ancianos, ellos eran los únicos que siempre tenían una sonrisa para ella y claro estaba que ella para los adorables abuelos tenía siempre una impecable expresión, dulce, serena y llena de vida. Incluso vestida de blanco parecía todo lo contrario a lo que era por el día, las ojeras que variaban entre el morado y el azul parecían difuminarse por la noche entre aquellas paredes. Y adoraba estar con la señora Sofía, era una señora que siempre le contaba mil historias de su juventud, de su vida, y siempre antes de callarse, la miraba a los ojos y decía, “no dejes que te consuma la soledad, eres joven y buena, te castigas demasiado…”¿Cómo era posible que aquella encantadora anciana supiera qué pasaba por su mente?Así pasaba las noches, regalando sonrisas, bromeando con los viejecitos, brindándoles todo el cariño que en sus manos estaba. Pero al acabar su turno volvía  a ser aquella que no sentía absolutamente nada, ni pena, ni afecto, ni amor.Llegaron las seis de la mañana y terminó su turno. Se cambió de ropa, poniéndose un pantalón negro y un jersey de punto también negro. Soltó su larga y lisa melena negra como el azabache que cubría gran parte de su rostro y salió hacia la calle.El día se echaba encima poco a poco, y las calles empezaban a llenarse de gente que partía rumbo a sus trabajos.Como de costumbre bajaba por la calle Real cabizbaja, sumergida en sus pensamientos de camino al kiosco, allí a diario compraba el periódico y el pan, y la sonrisa de aquel kiosquero le alegraba la mañana sin ella darse cuenta, puesto que le veía sonreír por el rabillo del ojo.

Tenía toda la pinta de que aquel iba a ser un día caluroso, la oscuridad se marchaba dejando paso a un sol que hacía daño a la vista aun siendo muy temprano. A lo lejos vislumbró el kiosco, pero hoy algo era diferente, fuera no colgaban los periódicos y revistas, ni el felpudo estaba frente a la puerta. Alzó la mirada. Estaba cerrado sin justificación alguna, que extraño…

Tal vez el ser un lunes a primera hora lo justificaba todo. No. Era imposible, en los dos últimos años jamás aquel joven había faltado a su trabajo, siempre puntual y agradable para todo el mundo. ¿Le habría pasado algo? Fue  entonces cuando  alguien la sacó de su ensimismamiento.-          Yo que tú probaría en otro establecimiento, porque puedes pasarte el día ahí plantada y tal vez no abran…Se dio la vuelta y se marchó, se sentía observada y eso la ponía de muy mal humor. ¿Cuánto tiempo habría pasado allí quieta frente a la puerta? ¿Qué le importaba a ella lo que le pasara a aquel muchacho?Mañana sería otro día.Llegó a casa, tiró su bolso en el mueble del recibidor, y mientras se adentraba en el luminoso altillo iba quitándose el jersey y desabrochando el pantalón rumbo a la ducha. Giró el grifo esperando que saliera agua caliente y mientras tanto cepillo su cabello mirándose al espejo como si fuera una extraña. Como hacía cada día. Aún así, aquel día era diferente, y el no saber porqué la exaltaba tremendamente.Enfadada se metió en la ducha bajo el humeante chorro de agua caliente y dio un respingo, demasiado caliente tal vez, pero lo prefería así. Fue relajándose sintiendo como con el agua se iban todos sus temores, preocupaciones, y como el agotamiento daba paso a la energía. Tras la ducha se envolvió en una enorme toalla y se dirigió a su cama. En aquel desván no había paredes, podía ver cualquier rincón de su hogar alzando la vista un poco. Llevaba el pelo revuelto por habérselo frotado para quitar el exceso de humedad. Miró por la ventana y cerró las esterillas. Dio un tirón a la toalla y la dejó caer al suelo. Acto seguido Delia se tiró en la cama bocabajo aferrando la almohada. Cerró los ojos y pensó. Pensó en todo lo que decían de ella. Que si estaba amargada, resentida o tal vez loca incluso. Si tenía que elegir sin duda optaría por la locura. Bendita era aquella dulce locura.

 




Proyecto de mi libro
Reflexiones cotidianas

Capítulo 3. Los orígenes.
[May 1, 2008]

Capítulo 2. Rober.
[April 28, 2008]

Capítulo 1. Delia.
[April 24, 2008]








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