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Con un solo lector basta...


Paulo Alba, sumergido en algún acelerado y ordinario lugar creó este espacio donde cualquier idea se convierte en texto sin que nadie pueda evitarlo...

01/03/2010 9:55 pm
Loco por la Chica Fea
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Loco por la Chica Fea

por Paulo Alba

 ¡Gracias a Dios es viernes!  Así pensé, aunque no tenía nada qué hacer esa tarde y llovía a cántaros desde mediodía; por alguna razón esa frase siempre venía a mi cabeza a las seis de la tarde del último día de la semana laboral.  Creo que Tania la hizo su favorita desde que la conocí, un viernes de agosto hace ya más de ocho años.  También nos casamos un viernes y vaya destino, murió también un viernes hace ya tres años.  Ironías quizá, pero cada viernes en la mañana ella repetía su frase.  Y yo sigo haciéndolo.  Al despertar y al salir de la oficina.

Mi trabajo ha sido mi refugio esos tres años, en realidad no tendría vida fuera de ahí.  La soledad extrema y mi trabajo como desarrollador de ingeniería han sido una combinación millonaria para la compañía.  Soy el genio al que todos juzgan medio loco desde aquella desgracia, pero hoy más que nunca resulto pieza inamovible en la alineación: soy el que no se cansa, no se tiene que ir temprano, puede venir el domingo, no se queja, todo hace bien, no se mete en líos con las chicas de la oficina, etc.  Y no estoy loco, sólo he tenido problemas para aceptar que soy viudo gracias a un borracho, así como tuve problemas para adaptarme, desde mis veinticinco años, a vivir solo y arreglármelas por mí mismo sin la ayuda de nadie.

Subí a mi coche con apuros para no escurrir el paraguas en el interior, y me dispuse a salir del estacionamiento.  A pie rumbo a la calle y con problemas para cruzar los charcos iba Elisa, una chica de nóminas que apenas si le identificaba por su nombre.  Era “Betty la Fea” desde la época de cierta telenovela (Elisa llevó a Elizabeth, Elizabeth a Betty, y sus nefastas gafas junto con su poca gracia le completaron el apodo).  De cabello liso que caía sin expresión alguna sobre sus hombros, baja estatura, de cara y cuerpo delgados y sin los atributos físicos normales en cualquier veinte añera, era una de las personas menos populares y relacionadas del lugar.  No la conocía, pero cruelmente imaginé: si ha sobrevivido tantos años con esa facha debe ser muy buena persona o muy inteligente.  En la compañía la tenían por lo segundo.

Pobrecilla; es tan intrascendente que todos al salir fingirán no verla y seguirá a pie hasta la avenida, a tomar un taxi, pensé.  Yo mismo antes había hecho eso, ¡pero no con este aguacero!  Hice sonar el claxon al pasar junto a ella y por poco la mato del susto.  Sonrió pensando tal vez que me despedía de ella (cosa que no era una costumbre), pero le hice una seña para que subiera.  Aunque esto le causó extrañeza, no dudó en entrar al auto y resguardarse por fin del clima.

        ¿Me lleva al metro? – solicitó en forma a la vez tímida y asertiva.

Claro, pero si me sigues hablando de usted te bajo en medio de aquel charco –, le respondí tratando de hacerme el gracioso para darle confianza, pero fracasé.  Sonrió con timidez y se disculpó como si hubiera cometido una falta.  Entonces comencé a hacerle preguntas para animarla a platicar y me sorprendió saber entre otras cosas que tenía novio, y más sorprendente aún, que estaba comprometida.  Se casaría en menos de un año; tenía veintitrés, la edad a la que Tania murió.

Me preguntó qué era de mi vida o algo así justo cuando llegamos a la estación del metro, así que asumí que no tendría tiempo de empezar siquiera mi respuesta.  Pero no hizo intento alguno por bajar, me miró y me pidió que le contara sobre mí.  – En la empresa te tienen un respeto increíble, aunque dicen que te has vuelto un poco raro –, comentó; primero respondí algunas de sus preguntas y después hablé sobre mí sin parar.  La acera veía gente subir y bajar de la estación con sus paraguas, impermeables o periódicos sobre la cabeza, incluso a uno que otro resignado empapado hasta los pensamientos.  Estar ahí estacionados o estar en un paraje solitario eran lugares equivalentes ese día para una chica comprometida.  En ocasiones la lluvia te vuelve invisible.

Por primera vez le conté a alguien sobre mi situación, sobre la época de dolor y mi incertidumbre hacia el futuro.  Fue sencillo hablar de eso ya que en realidad yo sabía que era conveniente hacerlo en vez de guardarlo por siempre, además ella me inspiró una extraña confianza, y creo que yo a ella también, ya que en su plática me hizo ver que tenía un problema severo: estaba muy insegura sobre su compromiso, pero temía pedirle al novio que se aplazaran los planes.  Me contó sobre su carácter posesivo y celoso, e incluso pareció molestarse cuando le pregunté si la había tocado alguna vez. – Estás loco, nunca me dejaría de nadie – contestó con cierto aire de dignidad.  Entonces tuve la seguridad de que él la habría golpeado alguna vez.  Apostaba a que sí se dejaría golpear.

Seguimos platicando trivialidades y sonriendo de nuestras similitudes y diferencias hasta que en un momento no planeado nuestras manos se tocaron; yo en forma cómoda y cínica no me moví, pero mi sorpresa fue que ella tampoco retiró su mano.  Sin decir mucho comunicamos todo en los siguientes minutos, mi mano derecha pasó a su rodilla y por primera vez en mucho tiempo sentí el perfume de una chica impulsado hacia mí por su propio aliento.  No sé si fue mi prolongada abstinencia previa o su involuntaria (creo) seducción, pero ya no me parecía fea, incluso debo aceptar que sus labios tenían un sabor explosivo.  Sin llegar a ningún exceso tanto ella como yo olvidamos nuestras frustraciones presentes y pasadas, respectivamente.  No recuerdo bien cuándo resolvimos que el lugar se había vuelto demasiado público, y en el siguiente parpadeo veíamos la lluvia desde el sofá de mi sala.

Todavía hoy no sé cómo llegamos ahí, era la primer mujer que iba a mi casa en esos tres años, y me sorprendía darme cuenta que ya no tenía remordimiento alguno (creo que después de todo, era suficiente tiempo para actuar como un soltero cualquiera).  Su rostro no era el de una chica comprometida, más bien irradiaba libertad total conforme me acercaba a ella conteniendo la respiración, nervioso como en una escena adolescente de primer beso.  La magia la interrumpió mi querido guardián, un viejo doberman que chilló cuando un relámpago iluminaba el cielo para después azotarse contra la puerta trasera de la casa al llegar el respectivo trueno.  Le conté que en ese tipo de situaciones por lo general él dormía dentro, en un tapete ubicado en un rincón entre el comedor y la cocina.  Tener una fiera de treinta kilos dentro de casa es una de las irreverencias que se pueden cometer cuando se vive solo…

– Pobrecito, deberías meterlo mientras deja de llover – dijo, – aunque me dan miedo esos perros –.  Le dije que era inofensivo, que no era capaz de atacar a nadie a menos que enloqueciera.  Resolvimos entonces a favor del can, que de paso nos envió a encerrarnos en mi estudio para mantenerlo apartado de ella.

Volvimos a platicar de su novio y su compromiso, y reclinados en el sofá cama volvimos a hacer contacto, esta vez en forma deliberada.  Tomados de las manos la acerqué lo suficiente para que se inclinara sobre mí, y terminó su plática de golpe.  No recuerdo ni qué me estaba explicando.  No hubiera imaginado jamás besos tan motivantes como aquellos.  Su diminuto cuerpo una vez abrazado vibraba con calidez, y la ruta de su oreja a la clavícula izquierda en particular fue una experiencia impresionante.  Ese recuerdo específico aún es para mí un icono del erotismo.  Aunque creo que no hubiera sido necesario dejar evidencias comprometedoras en piel tan visible.

Su delgado rostro a tres centímetros de distancia del mío, se veía similar al reflejo que vemos en un jarrón o una esfera de navidad, lo que la hacía lucir algo grotesca, según recuerdo; pero en ese momento me tenía hechizado.  Era en realidad bella al contacto, y a cada caricia en “zona de alto riesgo”, como llamaba Tania a las partes del cuerpo que por convención van cubiertas por dos prendas, fingía que me quería retirar la mano y me suspiraba al oído: – Estás loco.

Dejé de besarla y mientras las prendas iban cediendo espacio a la piel probé el sabor de su barbilla, hasta que por un momento sentí que iba a desprendérsela del rostro.  Su cuerpo vulnerable por completo lucía mejor de lo que pensé; su mirada ahora apuntaba al suelo, de nuevo estaba ante la chica tímida, aunque en el fondo supe que no me tenía miedo y que deseaba que pasaran las cosas tanto como yo.  En ese momento pensé que todo debía ser un raro sueño, que esa chica no podía ser tan ardiente y que yo no podía haberla traído conmigo.  Pero cuando estuve a una vez dentro de su espíritu, mente y cuerpo, pude confirmar que era real: creo que si hubiera sido un sueño sus rasguños sobre mi espalda me hubieran despertado.

Ella seguía el evento sin inhibición alguna, y creo que después de tanto tiempo sin actividad no decepcioné.  Ella vibraba, sudaba y respiraba en una completa arritmia sensorial y llegado su momento gritó como una auténtica loca al grado de recibir ladridos de respuesta del otro lado de la puerta.  La tormenta en el exterior arreció casi tanto como la del estudio, al grado que se interrumpió el suministro de energía eléctrica, iluminando los mejores momentos de la habitación con reveladores relámpagos, y celebrándolos con sonoros truenos y azotes de patas de perro en la puerta de la habitación.

Entre luces de tormenta y oscuridad total puedo recordar nuestras siguientes demostraciones, en las que constaté que sus limitados atributos no desmerecían en absoluto a la sensualidad; el sentido del gusto probando sus pantorrillas resultó ser el mejor detonador que existía en sus cuarenta kilos.  Cada vez que se sentía a punto de estallar ahogaba un grito y sólo suspiraba – Estás loco.

Al llegar el momento de quedarnos en calma, la lluvia cesó también, y entonces, enloquecido a causa de lo que recién vivimos, le pedí que se olvidara de su novio y considerara lo que acabábamos de hacer como un inicio.

        Si lo trato de dejar o sospecha que lo engañé, es capaz de matarme.No iba a dejarlo, aunque las marcas en su cuello merecían algo más que una explicación.  No se lo dije.

Contradiciendo sus propias ideas, se quedó dormida.  Yo me sentía rechazado pero a la vez supuse que su permanencia representaba una buena esperanza.  Al verla dormida boca arriba a mi izquierda, tomé su brazo izquierdo y la jalé lentamente hacia mí, y me quedé dormido cubriéndome con ella como tibia sábana.

Me despertó la luz del sábado; ya no llovía.  El reloj despertador sin avanzar indicaba las 12:00 en continuos parpadeos, el perro estaba afuera, y ella no estaba en casa.  Me paré de un impulso con la espalda molida por la actividad y por el incómodo colchón del sofá cama, y me di cuenta que las piernas me temblaban.  Ella debe estar muerta, pensé.  Yo casi lo estaba.  Dormí tan abatido que no me percaté en absoluto de su despertar, y sentía tan lejanas las escenas de la noche anterior que por un momento tuve otra vez la seguridad de que todo había sido un sueño.  Sólo imágenes aisladas eran claras: su barbilla, sus pantorrillas, el trayecto de la oreja a la clavícula, el perro ladrando como loco…

No es extraño que se fuera, tomando en cuenta que quería conservar su vida como hasta antes de toparse conmigo, pero la incertidumbre de todo se agravó ya que el fin de semana no la vería y se supone que no tenía su número telefónico.  Su celular en mi carro (en el cual me contuve de buscar el número de su casa) me confirmó que su presencia había sido mucho más que un sueño, y las diecinueve llamadas perdidas identificadas como de “Víctor” me dejaron claro que el tipo la había extrañado la noche anterior.  Permanecí con los ojos cerrados al asunto el resto del fin de semana, esperando la hora de verla y saber qué había pensado y qué había pasado (sobre todo con lo de su cuello).

El lunes llegué tarde a la oficina como siempre, y como siempre nadie me reprendió en absoluto.  Pero antes de llegar a mi lugar pude darme cuenta que aquello era un auténtico manicomio; Patricia, mi asistente, se me acercó con el rostro pálido y desencajado y con un periódico en la mano diciéndome: – Betty la F… Elisa, Elisa de nóminas está muerta.  La violaron, torturaron y asesinaron al parecer el viernes, porque al salir de aquí ya no la volvieron a ver. Mira –.  La fotografía era una joya del amarillismo.  Estaba tirada en un canal de drenaje a las afueras de la ciudad, desnuda y cubierta de lodo y piedras arrastrados por la lluvia.  La nota decía que su cuerpo ultrajado y semi-destrozado del mentón, cuello y piernas hacían pensar a la policía que el cadáver había sido atacado por ratas o quizá perros, por el tamaño de las incisiones en su piel.  La policía interrogaba a todo el departamento de nóminas y a las pocas personas con las que platicaba, pero ni entonces ni después alguien pudo recordar si se había ido sola o acompañada esa tarde.

Había muerto con evidentes rastros de saña, y en ese momento sólo se tenían dos líneas: en primer lugar su prometido, ya que interrogando a familiares y amigos se supo que ella no estaba segura de casarse porque últimamente tenían fuertes y agresivas discusiones; o por otro lado un loco con el que ella se hubiera topado en el momento menos afortunado de su corta vida.  El novio parecía culpable: el viernes en la noche salió a buscarla, según él, aunque nadie le había acompañado.  Nadie podía atestiguar dónde había estado.  Creo que era un loco celoso.  Con seguridad lo refundirían.

¿Había sido él...? “Es capaz de matarme”, había dicho ella.  Yo sabía lo que ella había dicho, pero nadie me preguntó, así que mejor callado.  Mi nombre aún estaba limpio y nada apuntaba para que no siguiera así.  Estás loco”, también dijo, por cierto. ¿En realidad era así?  ¿Soñé todo lo que recordaba? ¿Gemía con deseo o suplicaba en agonía?  Debe estar muerta”, había pensado yo.  ¡Pero sólo era una expresión lo que pensé!  Yo no había desgarrado su barbilla a mordidas… no creo.  Su cuello, sus pantorrillas… “ratas o quizá perros…” Yo la tuve conmigo, pero sólo fui cómplice de su deseo, jamás la habría dañado en mi sano juicio.  Es más, ni en sueños la dañaría.  Era tan intrascendente que apenas si la había visto esa tarde al salir de la oficina.  En mi casa no había ocurrido ninguna barbaridad, aunque de haber sucedido nadie habría escuchado…  Mi perro no habría hecho nada atroz; además, ¿cómo la habría sacado de la casa para irla a tirar a algún lado si estuve dormido y soñaba con ella?  Sólo un loco hubiera podido hacerlo sin recordarlo o ser atormentado por su propia conciencia, sólo una auténtica mente enferma.  No, él era el que quería matarla, ella me lo dijo.  Yo lo único que quería era que eso no sucediera, no quería que la matara él.

 


01/03/2010 2:47 pm
Un Comentario Sobre la Vocación Laboral
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Cuando elegiste una profesión y dejaste a un lado la vocación, corres de por vida el riesgo de lucir como un absoluto irresponsable, pasando por el nivel de ignorante de lo elemental, mercenario, o en el mejor de los casos, sólo incongruente.

La televisión nos muestra el estereotipo del iluminado médico que ante el pasajero o comensal que de pronto sufre de atragantamiento o un prinicipio de infarto se pone de pie ante la trillada pregunta del mesero o sobrecargo: “¿hay algún médico aquí?”  Por supuesto, Greg House levanta la mano entre los pasajeros del avión para responder “sí, yo conozco a uno”, y mandar traer a Cuddy, quien enfrenta de primera mano la situación. Cómico en TV, patético en el mundo real.

Tu medio es otro, dirás, pero resulta incongruente conocer un ingeniero que no es capaz en dos semanas de revisar los niveles de líquidos en su automóvil, o de leer por completo el manual de su GPS o algún otra herramienta de su hogar o su trabajo.

Resulta inconcebible, en el fondo, que un jefe de seguridad industrial no utilice su cinturón al conducir, o que no estacione su vehículo en reversa para estar listo a responder a una salida de emergencia.  Igualmente que lleve bigote cuando su ejemplo fundamental es mostrar higiene facial total para promover el uso adecuado del respirador entre el personal.

Un ingeniero químico que no tiene en la mente la tabla periódica es como un médico que no puede decirnos el nombre del hueso fracturado (hay más huesos que elementos químicos, por cierto), o un dentista que debe ir al texto para nombrar el medicamento que usará como anestesia para atendernos.

Estos detalles, es decir, las actitudes y los conocimientos base, son los que diferencian a un individuo bien equipado de otro no tanto o nada en absoluto.  Las actitudes son como una gorra o un gafete que dijeran: “profesional en ___”, y los conocimientos base son como llevar un paquete de herramientas en la mano o al cinto listas para ser empleadas.  Y es bueno que se vean siempre limpias, pero es mejor que luzcan usadas. El cliente lo notará siempre.

Congruencia, “walk the walk”, dicen en inglés en una adecuada expresión de difícil conversión al español.  A un ingeniero no se le puede dañar su automóvil por falta de aceite, un jefe de seguridad no puede lastimarse un ojo a causa de una astilla o rebaba, un médico no puede dudar sobre la mejor acción a tomar en una emergencia ante un par de síntomas.  Como un músico no mira su instrumento mientras toca, un involucrado en su profesión no puede repasar el ABC desde el inicio para llegar, digamos, a la F.

Tu calculadora, tu estetoscopio, tu multímetro, tu cámara, tu celular, tu diccionario, cualquiera que sea tu herramienta distintiva debe ir siempre contigo.  No para trabajarle gratis a nadie, pero sí para resolver cualquier cosa que un verdadero profesional encare. Herramienta y gafete al salir de la cama.


18/02/2010 9:03 am
ATIÉNDEME
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Situándonos en el año de 1940, no sé si con precisión o sólo aproximadamente, existía en la isla de Cuba un joven tranquilo, desprendido, solidario y de gran interés por la música. Su nombre era Pedro. Se destacaba como cantante y poeta bohemio, de buenas tablas para la composición, a sus 23 años había dado vida a 36 canciones y buen número de poemas.

Se enamoró de una chica de sociedad (entendiéndose que en los ’40s una chica de familia acomodada y un trovador nada tendrían que hacer juntos). Ella tenía 20 años cuando su familia la internó en un colegio de monjas en la capital cubana. Él pasaba junto a ella, la observaba, la buscaba, y finalmente un buen día logró su preferencia y comenzaron un romance intenso y difícil debido a la desaprobación de la familia de la chica.

Cuando él confirmó que una dolencia que lo afectaba era tuberculosis (que en esa época era aún sentencia de muerte), comprendió que su futuro estaba marcado. Aceptó que habría de renunciar a ese amor para dejarlo con una página final bien definida a pesar de que la decisión lastimaba profundamente a ambos. Consideraba egoísta la posibilidad de afectarla a ella con su enfermedad o generar una falsa esperanza en el porvenir.

Como despedida, le compuso a ella un bolero que ha trascendido a esta historia y a los años. El desenlace de la historia de esta pareja fue el esperado: él falleció a los 23 años de edad. Quienes conocieron a María Victoria Mora, la chica en cuestión, dicen que guardó luto por cerca de diez años a la memoria de Pedro.

El día de su muerte, el cuerpo del joven fue enterrado en su ciudad natal, Pinar del Río. El tránsito se paralizó, los comercios cerraron sus puertas, la emisora local de radio guardó silencio todo el día en señal de duelo. Su ataúd iba cubierto con la bandera de Cuba y fue llevado en andas por la Calle Martí, principal arteria de la urbe. Al paso del cortejo la gente arrojaba flores y se escuchaba un coro gigante cantando aquella composición con la que se despidió de su amada:


 

 

Nosotros

(Pedro Junco)

*

Atiéndeme

Quiero decirte Algo

Que quizá no esperes

Doloroso tal vez.

*

Escúchame

Que aunque me duele el alma

Yo necesito hablarte

Y así lo haré.

*

Nosotros

Que fuimos tan sinceros

Que desde que nos vimos

Amándonos estamos.

*

Nosotros

Que del amor hicimos

Un sol maravilloso

Romance tan divino

*

Nosotros

Que nos queremos tanto

Debemos separarnos

No me preguntes más.

*

No es falta de cariño

Te quiero con el alma

Te juro que te adoro

Y en nombre de este amor y por tu bien

Te digo adiós.

(Como pueden ver, para entender el último párrafo es necesario conocer la historia detrás de la canción).

Esta canción se escucha con Tito Rodríguez para sentirla mejor, Luis Miguel no es capaz de imprimirle el sentimiento necesario. Y el mejor playback de este tema sin duda era el que hacía Betín en el Canal 28.


15/05/2008 8:54 am
15 de mayo; Día del Maestro ¡Felicidades!
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¿Quién no se enamoró de la maestra alguna vez? La de los ojos bonitos, la del gran estilo, la de las manos delicadas y precisas para guiar el pulso con las primeras caligrafías, la del trato excepcional (todas lo tienen, pero unas destacan definitivamente), la gran motivadora, la que nos hizo sentir ciudadanos con responsabilidades, la que suplía a mamá para quien lo necesitaba, las consejeras y confidentes en la etapa secundaria, las ejemplares maestras de la igualdad de capacidades y recursos en el mundo profesional, las que cumplían más de una de estas características al mismo tiempo...

En lo personal, siempre hubo alguna maestra de la cual volverse fan en cada época: Miss Mary, Miss Mejía, Gladys, Sherryl, la doble de la maestra del viaje del Challenger de quien no recuerdo el nombre (perdón por eso), Vero, Roxana... y las filiales Mely, Estrella, Paz (+). Hoy queda por aquí un pequeño e insuficiente homenaje para ellas...

Esto lo cantaba Emmanuel y durante la infancia, me hacía pensar en estas musas y pilares de lo poco/mucho que hoy soy...

 

ENSEÑAME

Enséñame, enséñame

a ser feliz como lo eres tú

a dar amor, como me lo das tú

a perdonar como perdonas tú

sin recordar el daño nunca más

nunca más.

 

Enséñame, enséñame

a consolar como consuelas tú

a confiar como confías tú

a repartir sonrisas como tú

sin esperar a cambio nada más

nada más.

 

Tengo mucho que aprender de ti, amor,

tengo mucho que aprender de ti, amor,

tu dulzura y fortaleza

tu manera de entregarte

tu tesón por conquistarme cada día.

 

Tengo mucho que aprender de ti, amor,

tengo mucho que aprender de ti, amor,

como olvidas los enfados

como cumples las promesas

como guías nuestros pasos cada día.

  
Enséñame, enséñame 
a no mentir como no mientes tú 
a no envidiar como no envidias tú 
a ahogar las penas como lo haces tú 
a compartir la dicha como tú 
como tú. 
  

09/01/2008 12:31 pm
Miss... Thank you so much!
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Trata de hacer siempre tu mejor esfuerzo. Esta era la regla que encabezaba un decálogo que Miss Bailey tenía pegado en un poster en su salón, justo al lado derecho del pizarrón. Esta regla era especialmente aplicable para mí, que llegué ese primer día de clases en clara desventaja con el grupo.

Como cursé hasta 5º de primaria en una escuela pública; mi desventaja era el inglés. Me inscribieron en el Instituto Laurens al terminar este grado; en este colegio el sistema consiste en ver la mitad del día el programa oficial en español y en la otra mitad un programa en inglés, que para 6º ya considera alumnos bilingües.

En el verano de 1984, justo antes de ingresar a sexto grado, tomé un curso intensivo de inglés, pero al llegar a la entrevista de evaluación al colegio se decidió que durante las horas de inglés tomaría clase con niños de 4º, debido a mi limitado nivel en este idioma.

Las cosas cambiaron cuando Miss Sherryl Bailey, una joven de Michigan recién llegada a México, se enteró de mi caso. Ella sería la maestra de inglés de 6º y sugirió a la directora que me dejaran en su grupo, donde mediría mi avance y si no progresaba se haría el cambio inicialmente acordado.

Como ella no hablaba español, yo tenía que alcanzar el nivel de mis compañeros en el menor tiempo posible, así que tuvo siempre especial cuidado en que yo comprendiera cada palabra y cada lección.

Su estilo era retador: entre muchas otras innovaciones, formó un “grupo independiente” con los alumnos de más alto promedio; a ellos les pedía trabajo extra, como investigaciones en biblioteca o reseñas de lecturas más avanzadas. Para enero, mitad del año escolar, ya me había enviado a ese grupo.

Sin duda la mejor lección que me dio estuvo todos los días ahí al frente; no sólo en la Regla 1 de su decálogo, sino en su ejemplo personal: “Try to do your best always”.

(Extraído de Los Mejores Maestros del Mundo, P.Alba, 2007).


09/11/2007 3:09 pm
Alto... por un segundo
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De pronto el acelerador de segundos se dispara y todo parece precipitarse como en caída libre sin paracaídas... el tiempo para decir "alto" se ha extinguido, es como una estación del tren de vida que ya se quedó muy, muy atrás. Pero hay cosas que no cambian. Estarán listas cuando estén listas.

Para tí no. Si hoy mismo no terminas parte de esa secuencia interminable de calamidades que para mañana será sólo un avance intrascendente, tendrás motivos suficientes para ser satanizado por no dejar fluir al universo. Eres una pieza intrascendente dentro de un gran rompecabezas que sin embargo no puede vivir sin fustigar tu tiempo y tus espacios hasta lo más extremo. Pero no todo; hay cosas que llegan en su tiempo. Aunque a veces éstas también se aceleran y su arribo es anticipado. Es lo menos deseable de la vida, pero así llegan. Y tú sigues corriendo interminablemente.

Y como todo, si llegas tarde es retardo, si te anticipas tienes que pagar por lo que no esperaste y tienes un nuevo perfil de retraso. Ya sea en tiempo de espera en un proyecto de trabajo o en maduración pulmonar por nacimiento prematuro, nunca estarás excento de culpa cuando sigues tu propio tiempo.

Ni enfermedades ni frecuentes simulacros de inanición son suficientes para madurar la piedad dentro del monstruo corporativo, familiar, del tráfico, de la ciudad... Corres o te quedas. Sin embargo, hay quienes sin dejar de avanzar no se muestran hostigados por la terrible rutina de ráfagas interminables; al menos por ahora.

En un año sucede que no te sientas más de diez veces y no miras el horizonte sino otras tantas. Los fines de semana son sólo eso en el calendario, te queda chico el tiempo. Pero hay quienes lo han disfrutado a niveles que el 100% no alcanza a representar. Son como peces que ya volaran sobre el agua.

Entonces valoras el año. Es cierto, no hay días ligeros ni fechas despejadas, pero hay mañanas que comenzaron con madrugadas de llanto, para luego ser unos ojos brillantes aún con la pálida luz de la luna, posteriormente el esbozo de una sonrisa llenó el amanecer, una figura sentada prosiguió y finalmente una silueta de proporciones pendientes por crecer se delinea entre la luz del alba. Ahí está el fruto de un gran año, sonriendo de pie recordándote que todo lo que has hecho, haces y harás ha venido valiendo la pena.

Ha sido un gran año, Linus...

Toda una vida, papá.

 

.


06/11/2007 2:35 pm
La Balada del Sacristán
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Un poco tarde, más no inoportuna, llega esta historia con sensación de Día de Muertos. Con auténtico sentir del campo mexicano...


 

 

LA BALADA DEL SACRISTÁN

F. J. Michel

 Para Benigno 

 

¿ACASO SABES LO QUE ES tener un cariño clavado aquí, en lo más profundo del pensamiento? ¡Yo te digo que no! Y tú estás metida en mí desde hace años y años. Pero te atrincheraste en la indiferencia y yo en que ibas a ser mía. Cuando le dieron muerte a mi padre me dio mucho gusto y satisfacción; sólo maltratos y mala vida tuvo mi madre siempre a su lado. Por eso nos fuimos de aquellos lugares, huyendo, mirando al frente, en busca de otro destino. Y entonces te vi por vez primera cuando mi madre y yo recién llegamos al pueblo, este pueblo rústico y religioso, enclavado en la serranía.

En aquellos años entré a la escuela de la maestra Amparo Rochín, y al verte se me clavó un dardo eterno en el corazón. Como tu esclavo secreto veneré tu imagen y decidí no seguir participando en  juegos y travesuras con mis amigos, para seguirte atento con la mirada. Tú jamás sospechaste el misterioso anhelo que me hizo preso de ti. Así estuve acariciando por años con infinita veneración, la incierta esperanza de alcanzar algún día tu distante amor; eras la flor temprana, el jazmín fresco de mis ensueños y el enigma de una promesa que mi alma ansiaba. Yo estaba conforme con verte de lejos, pero agachaba los ojos y me ponía nervioso, si  tu mirada por accidente ponías en mí.

Pronto me di cuenta que eras gente de fortuna y dediqué mi afán a mejorar de estado. Por eso estudié mucho y luego me acerqué a la parroquia porque pensé que el señor Cura, el indulgente padre Pascual, me ayudaría para seguirme instruyendo y ser  persona de bien.

Con fe, mi madre cada domingo me enviaba a misa de niños, pero cuando supe que tú ibas a misa de doce, sacrifiqué juego y descanso. Mis amigos se divertían, y yo muy devoto escuchaba misa, con el pensamiento y la mirada puestas en ti. Cuando sabía que irías a misa de gallo, en la madrugada, ya estaba presente  antes que dieran las campanadas, para ser testigo de tu llegada. A mi madre se le hizo extraña mi condición, pues a veces era casi imposible obligarme a ir a misa y en otras no me importaba y lo sacrificaba todo, amigos y fiestas, juegos, paseos por estar presente al pie del altar. Pero es que ella no sospechaba de mi tristeza…

Un sábado asistí a misa en la madrugada. Era el mes de marzo y, al terminar, me dirigí a mi casa; sin embargo, ese día me pareció especial, recorrí las calles que nunca hubiera seguido a menos que tuviese algún encargo por efectuar.

Despacio, deambulé por un barrio apartado, a orillas del pueblo, observé cómo se iba animando poco a poco su gente. Advertí que la calle empedrada, se veía pulcra y cuajada de sabor provinciano. Las casas de rojos ladrillos y techos de tejas de barro onduladas, dejaban escapar alegres rumores; algunas mujeres cantaban; se oía  tortear en cocinas y olores a guisos al aire impregnaban, y perros  inquietos ladraban mis pasos.

El cielo aún se veía estrellado y el aire era fresco;  personas madrugadoras dirigían sus pasos al trabajo o al mercado. Todos saludaban con respeto y cortesía. Los hombres llevaban arreos de trabajo, unos montando, otros a pie, pero en todos se palpaba la paz y la calma que da una noche de pleno descanso. Fragantes y alegres algunas mujeres, con rebozo y canasta, dirigían sus pasos con rumbo al mercado.

Y yo soñaba que un día, tú serías mi esposa y pasearíamos de la mano un amanecer eterno. Nunca te hablé de mi amor, pero te juro que siempre creí que lo adivinarías en mis ojos. Por las noches dejaba mi húmedo lamento al pie de tu ventana y suspiraba por una señal, tan solo una sonrisa amable que me diera la frágil esperanza de ser correspondido. Así fue una noche tras otra y luego, un día me fui al seminario. Yo no quería ser cura, se me antojaba más ser médico o licenciado, para ganar mucho dinero y ponerlo todo a tus pies.

Por eso me fui al seminario Conciliar de Colima, acudí  a la invitación que me hizo un minorista, de irme a estudiar para sacerdote. Fueron tres días de andar de montaña en montaña, de llano en llano hasta que una calurosa tarde llegué a Colima. El minorista me recibió con gusto, haciéndose acompañar del padre Ricardo para llevarme con el Señor Obispo; así,  tal como iba lleno de tierra y un sombrero con agujeros, pero lo hicieron con el fin de bromearme pues el padre Ricardo era chancero;  el Señor Obispo me dijo:

—¡Báñese y cámbiese!¡ mire como está lleno de polvo! -   me preguntó que por qué vestía tan humilde y le contesté:

—porque en mi casa estamos jodidos -, presto se le pintó una sonrisa de oreja a oreja.

Como sea, se me ocurrió que haciendo mal las cosas, me ayudarían para hacer estudios ajenos al sacerdocio, pero el padre Pascual tenía otra idea muy diferente y un día el Vicerrector del seminario, me llamó a su despacho para anunciarme la inminente salida. 

—Joven amigo, el reglamento actual del seminario es el siguiente: cuando un seminarista reprueba una materia, se le da la oportunidad de volver a presentar examen. Si reprueba dos, se le permite repetir el curso; pero si reprueba tres, como es su caso, entonces entendemos que el Señor no lo tiene destinado para su magisterio, por lo tanto, tendrá usted que valorar la posibilidad de marcharse a sembrar las verdes praderas de nuestra Patria. ¡Dele los mejores recuerdos a mi excelentísimo amigo, el Sr. Cura Pascual Rodríguez! -

¿Qué podía hacer? Las tres únicas veces que salí del seminario fue para escalar con un grupo de seminaristas el volcán de Colima.  Siempre salimos en la madrugada y volvíamos cuando era de noche. No conocí bien a bien la ciudad y no hubo otro remedio que buscar el cobijo de esta tierra que tenía para mi algo importante: Tú, Olivia del Carmen. Por el camino de vuelta pensé lo que iba a decir a mi madre pero, sobre todo, en lo que pensarías de mi fracaso, porque yo te amaba con cada fragancia, con cada alborada, con todo mi ser ¡Y pensar que no te lo pude decir!

Tanto tiempo soñé en el retorno, que cuando volví, todo me pareció muy triste. Pasé los días mirando a todos lados pero sin ánimo de ir a parte alguna. Estuve desolado, sin atinar la razón de mi agonía. Mi madre se inquietaba entre el gusto por mi vuelta y el desasosiego por mi talante: callado, taciturno, hosco, malhumorado. No podía saber que me encontraba atrapado entre el desconcierto y la desilusión.

Mientras anduve husmeando hasta el último rincón aspiré, uno a uno, mis más lejanos recuerdos, bebiendo con mis ojos gente, voces, paisajes. Ni yo mismo logré explicarme lo que pasaba, hasta saber con certeza que aunque uno vuelve al mismo lugar, el lugar al que vuelves ya no es el mismo. Y tú Olivia del Carmen, en el recóndito silencio de mi memoria derramas, indiferente, la tristeza sutil de la incertidumbre.

Volver de una ausencia larga te da cierto misterio: Todos tenemos en la vida un momento de fama. El mío fue aquel. Después de aquellos tres años, la gente me empezó a mirar con respeto y bastó que, venciendo mi pena buscara trabajo, para obtenerlo, dándome entonces el lujo de cambiar de labor según conviniera a mis intereses; así fue como, ya de regreso del seminario, trabajé en la Tesorería Municipal, o de cartero o  cobrador de plaza. No tenía certificado de primaria ni secundaria por parte del gobierno, por eso no aspiré a puestos más elevados y no pudiendo comprobar oficialmente mis estudios, opté por vivir, como sacristán, a la sombra del templo.

Tres años es  mucho tiempo en una persona y lo es mucho más cuando el botón se convierte en flor. De pronto la gente, el ruido y las cosas, me parecieron amables. Yo lo amaba todo porque en todo te sospechaba. No es posible negarlo, tanto amor metido en mi pecho por tanto tiempo, algún día tenía que reventar y el mío estalló. Fue en la función al Señor San José, entre misas y peregrinaciones que decidí de una vez por todas que era tiempo de que entraras en mi morada como la santa esposa que siempre soñé.

Y esperé a que muriera la tarde entre cánticos religiosos y olor a incienso para acercarme a ti, tras la torre del campanario; y allí te dije que te amaba con toda mi alma, que desde niños eras ya mía en mi amor, mía secretamente, mía para mí solo, mía en las punzadas sordas del estertor de mi propia sangre. Y tu mirada espantada me lo dijo todo, y el temblor de tus indefensos labios tan sólo fue capaz de exhalar una queja con dolor, casi con miedo. Y una sombra roja pasó como una exhalación frente a mis ojos hasta hacerme perder la conciencia.

Caí víctima de la fiebre, por eso no supe que habías muerto. El séptimo día me levanté del lecho al salir el sol. Pude caminar y me sentí extrañamente libre. Pero al medio día y por casualidad, recibí la mala noticia de tu partida. Te encontraron con el cuello roto detrás de los árboles del patio de la Capilla. Dicen que fue un crimen por no sé qué cosas de amores y hasta tenían preso a un novio con el que mantenías secreta correspondencia.

Pero yo no perdono tu ingratitud. ¿De qué me sirvió amarte sin condiciones? ¿Quién fue culpable de mi desdicha? ¡Tú! ¡Sólo tú!¡ La culpable eres tú, por ser tan hermosa! ¡ Es Dios culpable por no hacer caso a mis oraciones!

Por eso, aunque busco instantes que me ayuden a conseguir tu olvido, en verdad te digo que es imposible. Esta noche bajo el mutismo de las estrellas cavé en la tierra, desesperado, hasta escuchar el crujir de las tablas de tu ataúd. Extraje tu cuerpo de aquella caja y, enamorado, llené de besos tus labios rotos. La lepra de la muerte mordió tu rostro y tu boca medrosa, en vez de caricias, me dio  mil gusanos...  que brillan perdidos en el silencio del cementerio.

  * Inspirado en la lectura de tres versos del “Libro de Amor”, del poeta cubano José Ángel Buesa.

 


25/10/2007 2:40 pm
Dos Pájaros de un Tiro
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El pasado fin de semana fui testigo de uno de los mejores conciertos a los que haya asistido en mi vida. Siempre que salgo de un buen concierto pienso lo mismo, pero una vez que transcurren dos o tres días vuelve la lucidez y pasa el efecto de hipnosis que todo buen artista siempre provoca y termino aceptando que no fue para tanto, o sí.

Pero en esta ocasión realmente las expectativas y la exigencia personal se quedaron chiquitas, chiquitas, como diría algún niño. Ver nuevamente a Joan Manuel Serrat en el escenario es ya de por sí un evento con garantía de satisfacción, y con la pregunta de siempre: ¿será mejor que la última vez? ¿Mejorará su "Vuelo de Pájaro" de 1996? Hasta ahora la primer pregunta había sido afirmativa en ocasiones, la segunda parecía un récord imbatible, incluso cuando montó su espectáculo sinfónico.

Pero el viernes además del gran elenco musical, su presencia en "Dos Pájaros de un Tiro" se complementó perfectamente con el renovado estilo de Joaquín Sabina. Desde el inicio aquello parecía un partido de fútbol: La tienen los azules, tiembla medio estadio, la recuperan los amarillos, se sacude la otra mitad de la tribuna. Dependiendo quién tomara la guitarra o el taburete central, uno u otro sector (casi estoy seguro que divididos por barreras de edad) del graderío festejaba todo lo que "el suyo" hiciera. Lo que no nos esperábamos y nos dejó sin opción de tomar bando fue una extraordinaria capacidad de ambos para interpretar segmentos de las canciones más representativas de su contraparte, con excelentes duetos, interpretaciones alternadas, cambios de estilo en temas clásicos, en fin, otra cosa.

No soy un fan de Sabina propiamente, pero conociendo lo básico me llevé una impresión muy grata con su actuación, actitud y actividad en el escenario. Del catalán ni hablar, sería excederme en elogios innecesarios. No es posible escucharle sin disfrutar a niveles realmente altos sus ejecuciones. Desde un canto a toda voz con él, la risa por una frase o expresión que siguen siendo graciosas pese a haber sido escuchadas mil veces antes, hasta un nudo en la garganta ante el tema sensible que jamás dejará de serlo.

En interpretaciones compartidas, "Contigo" y "Tu Nombre me Sabe a Hierba" demostraron que se puede tener dos instantes de climax en un mismo evento y sin intermedio (por lo menos en la música, dirán otros). Gracias a Dios hablo español, porque no imagino la forma de vivir el arte sin conocer este nivel de canción-poesía. Yo me quedé con "Esos Locos Bajitos", que me pega a corazón abierto justo ahora que me lleno de hijos y sobrinos.

Los administradores del lugar no lo sabrán nunca, pero yo hubiera pagado el triple por ver ese show. Y lo volvería a pagar.


23/10/2007 2:42 pm
Renacer...
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Fresqui

No ha sido el estilo de este espacio, ni esperamos que el caso siente precedente; sin embargo hoy daremos lugar a unas breves frases del libro más antiguo, conocido, atendido, y a veces mal entendido de la historia de la humanidad.

Queda como un pequeño recuerdo del 21 de octubre de 2007 para el nieto más reciente de mi madre...

Respondió Jesús: De cierto, de cierto te digo, que el que no naciere de agua y del Espíritu, no puede entrar en el reino de Dios.  Lo que es nacido de la carne, carne es; y lo que es nacido del Espíritu, espíritu es.

Juan 3;5,6

Yo  a la verdad os bautizo en agua para arrepentimiento, pero el que viene tras de mí, cuyo calzado yo no soy digno de llevar, es más poderoso que yo; él os bautizará en Espíritu Santo y fuego.

Mateo 3:11

 

Breve oración oportuna (u oportunista):

 

Si no nací heredero, Señor, por lo menos dame buenos padrinos...


11/09/2007 2:00 pm
México: Donde el noveno mes es el primero
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Fresqui

Una vez que se llega septiembre se despiertan sentimientos e ideas contrastantes en el panorama de nuestra región y nuestro país.

El llamado mes de la patria se merece algo más que un análisis en cuanto a los hitos históricos que le dan forma, pero a final de cuentas las gestas gloriosas nos son tatuadas en la cara interna de nuestro parietal, de tal modo que ningún juicio de credibilidad los removerá de ahí dentro. A final de cuentas, todos necesitamos un pasado heróico para dar color a nuestra bandera y nuestro himno nacional.

Lejos de estar contra la historia patria, afirmo que me gusta, y que me sentiría orgulloso de confirmar que todo ocurrió efectivamente así, pero como eso no es posible, tomo lo bueno y le doy valor a lo que hace de nuestra nacionalidad un privilegio. El orgullo de esta nación está en su presente y en su futuro (sus niños), por lo que no me falta un sólo motivo para decir orgulloso que nací en este país y que en él quiero terminar de crecer, vivir, dar fruto, envejecer y morir. Pero de eso a creerle todo al texto oficial...

En fin. Desde cerca de 1900, la noche del 15 de septiembre festejamos el cumpleaños de Don Porfirio Díaz... no, más bien festejamos la independencia, aunque esta no se dió el 15, sino más bien comenzó el 16 de septiembre de 1810.  Don Porfirio movió la fecha por obvias razones y logró su propósito: convertir el evento en una tradición para adornar SU noche. Pero el país no fue independiente a partir de esa fecha, sino a partir del 27 de septiembre de 1821. Sería igual septiembre, pero nadie quiere recordar que quien entró a caballo por la capital no fue Hidalgo, ni Morelos, ni Allende... fue Guadalupe Victoria, quien pudo entrar el 25, pero se esperó dos días para llegar en esa fecha en particular, ¡y así celebrar su cumpleaños! Imagínense la obra de teatro... Todo un personaje, sin olvidar que luego se coronó emperador. Por eso la historia no lo quiere, ni quiere acordarse de esos días. Entonces lo que nos queda no es historia, sino la fábula de nuestra liberación.

*** NOTA: Jamás demeritaría la sangre derramada en once años de ardua y cruenta lucha. Hayan sido cuales hayan sido los eventos político-militares que inundaron nuestra tierra, al final desembocaron en un país libre, y eso le da un lugar en nuestra identidad a libertadores (as) y compatriotas que por primera vez se unieron para un fin común. Hoy gracias al sacrificio de aquel pueblo, vivo en una nación. El mérito que considero inexistente es el de un régimen político que durante generaciones nos ha vendido una historia inflada y llena de imprecisiones gracias a caprichos, errores, miedos y arbitrariedades humanas. Nuestro surgimiento tricolor venía desde antes que ellos, y hoy los trasciende poco a poco.

En la misma tónica el 13 de septiembre "celebramos" la defensa heroica del Castillo de Chapultepec, la cual sucumbió ante el ya desde entonces abusivo, poderoso, imperialista y tramposo ejército estadounidense. Los nombres de seis cadetes militares llenan placas y estampas por doquier, pero sería imposible comprobar lo que dicen que pasó ese día. Los únicos niños héroes en este país son los que caminan dos kilómetros por veredas empedradas para llegar a la escuela, luego por las tardes trabajan para ayudar a sus pobres familias, y sueñan con un día superarse y hacer crecer su país. Lo doloroso como siempre, es que los héroes muchas veces tienen trágicos finales.

Hasta ahí el libro de texto de la escuela primaria.

La mañana del 19 de septiembre de 1985, hace 22 años casi, la señal de Televisa se interrumpió a nivel nacional mientras veíamos el noticiero a nivel nacional. Aparentemente un problema técnico. Diez minutos después, nos enteramos que la capital del país había sido sacudida por el terremoto más terrible de su historia. Miles de muertos y cientos de miles de damnificados en el corazón de la metrópoli azteca.

Las imágenes de los estudios de Televisa derrumbados, el hotel Regis todo a nivel de piso, el edificio Nuevo León rajado perfectamente por la mitad; pánico, llanto, dolor en las calles... luego el pueblo entero entre los escombros efectuando rescates a veces en forma milagrosa, el ejército, la policía, los rescatistas voluntarios, todos morimos un poquito ese día pero no desfalleció el deseo. Otra vez, la voz de mando vino del pueblo ante un presidente inepto y medroso. Vaya un instante de dolor y silencio para todos aquellos que no vieron la luz después de ese día, y un gesto de respeto a todo aquél que removió una piedra de entre los escombros en busca de un paisano. Ellos crearon en este país un antes y después de.

La madrugada del 17 de septiembre de 1988, hace 19 años, de nuevo el país entero se sacudió. Gilberto nació en el Atlántico y creció monstruosamente hasta llegar a la categoría de superhuracán para dejarse caer en esta región. Cancún fue arrasada, la zona hotelera sufrió incalculables daños que hizo a todos volver a empezar por aquellos lugares. Aunque las víctimas fueron pocas en la península, no se olvida: está considerado aún como el peor del siglo. Y para muestra, saltó la península de Yucatán y entró por el Golfo con nuevas fuerzas a Tamaulipas. Sus efectos devastadores no cesaron y se negó a morir hasta que llegó a Monterrey...  ¡¡¡a MTY, a 500 metros sobre el nivel del mar y a 400 kilómetros de la playa!!!

El río Santa Catarina, el río seco, el río de las canchas de futbol, de los juegos mecánicos, de los paseos en bicicleta, se llenó de lado a lado. Los que lo vimos aún nos estremecemos al recordar una escena que no quisiéramos volver a ver jamás. Recordamos los autobuses arrastrados por la corriente, con la gente asomando por las ventanillas implorando auxilio, y en la orilla grupos de rescate anclados por la incapacidad de poder hacer algo para ayudar. Todo en vivo por T.V... Heredamos una lista de víctimas superada por la lista de desaparecidos. Hoy de nuevo es el río seco y guarda su secreto: es el río de las tumbas sin lápida, la fosa común del infortunio que otra vez mostró la unidad del pueblo, de esa gente que no necesita un gobierno que les diga dónde buscar, dónde cavar, dónde llevar su ayuda en mano de obra, dinero o especie. Queda sobre el río, en bronce, la Flama de la Solidaridad, al mismo tiempo un agradecimiento a los que desprendieron algo de sí en esa ocasión y una efigie que encabeza quizás al mausoleo más extenso del mundo. Dicen que si te acercas a la Flama por la noche, si prestas atención y miras a la penubra sobre el río, puedes escuchar aún los gritos de quienes te piden auxilio, te piden que ores por ellos y que no les olvides. Dejo aquí patente mi respeto en su memoria y mi condolencia hacia sus familias. Los que lo vimos, no lo podremos olvidar en este mundo ni en el otro.

Vaya que resulta curioso septiembre por estos lugares: fiesta, luto, historia, drama. A pesar de todo, el Mes de la Patria. ¡Viva México, c...!

Y el 20 de septiembre, cumpleaños de Monterrey; pero eso, ¡eso se recuerda en un espacio aparte!

P.D. ¿Sabes cómo se siente México en la piel? [da click aquí]

 




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