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Mi presidente nos pide a todos los cubanos que debemos esforzarnos
por trabajar más. Y estoy de acuerdo. Es cierto que no trabajamos, que no somos
eficientes.
Yo quiero trabajar. Yo quiero trabajar las 8 horas que están
estipuladas y por las que se manifestaron los mártires de Chicago. Y quiero
trabajarlas bien, a conciencia, con productividad. Quiero ser eficiente. Quiero
trabajar hasta que se me cansen los dedos y se me agoten las neuronas. Y hasta un poco más. Pido inclusive que se
levante la restricción y pagar mi impuesto sobre el salario, aunque sea del 35
%. Así, tan alto como el impuesto sobre Utilidades. Me pronuncio a favor de
ello.
A cambio… a cambio sólo quiero vivir en paz. Sin inventos.
Sin hacer uso de la nueva jerga cubana, que contempla conceptos como “luchar”, “jinetear”,
“izquierda”. Y no son más que eufemismos para encubrir el robo y la estafa a la
que nos hemos acostumbrado. A cambio quiero que mi salario, el que me gano
justamente trabajando esas mismas 8 horas siendo eficiente, me alcance sin
zozobras. Sin tener que llegar a casa inventando que se va a comer hoy. Sin
tener que vivir cada minuto como la cucarachita Martina “¿qué me compraré?”. Y
sé que los primeros años hay que arreglar demasiadas cosas como para pensar en
artículos de lujo o viajes de vacaciones. Pero no quiero seguir fingiendo en
que creo que zapatos nuevos para mis hijos sean un lujo. Que leche después de
los 7 años sean lujos. Que desayunar con pan y mantequilla sean lujos.
Y pido pagar impuestos. Pero que yo vea adonde van a parar
mis impuestos. Que pueda demandar al gobierno municipal porque la calle donde
vivo está llena de huecos. A la compañía de teléfonos cuando cortan el servicio
y demoran en reponerlo. Porque el agua corre como manantiales y la basura ahoga
las esquinas.
Estoy de acuerdo con mi presidente en que los subsidios son
incosteables. No quiero subsidios. No quiero favores. Quiero simplemente vivir
en paz.
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