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hernán tenorio's blog
última actualización en: 29/08/2007 12:11 pm

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Hernán F.Tenorio

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Fresqui

[29/08/2007 12:11 pm]

 

     Una larva es la primera instancia en la vida de un insecto. Una larva insignificante podrá levantar cincuenta veces su peso en un corto plazo, cuando por fin logre ser. Una larva pegajosa, viscosa y repugnante, será un insecto de colores fuertes y super poderes. Una larva convertida en insecto puede tener su historia, por eso a continuación voy a contar mi historia, la historia de un garabato[1]:

 

    Jamás dejé de pensar, ni siquiera un minuto, en mi hábitat: el jardín de los Ramírez; en mi primer recuerdo de coleóptero: el armazón pesado que envuelve mi cuerpo, la humedad de mis entrañas, el conflicto de mis alas córneas, la insensibilidad de mi dureza.

     Cuando era joven, todo el tiempo trataba de correr hacia la luz y  me chocaba con piedras y sabía ser torpe (¡y sí que lo sabía!) pero consciente de mi torpeza. Y luego, cuando me di cuenta que éramos millones en la misma situación, todos corriendo desesperados hacía el vacío, hacia la nada concreta de nuestros cuerpos empobrecidos por su hermetismo; soñé con miedo que era devorado por un ejercito de hormigas: lloré de bronca al saberme tan indefenso en mis articulaciones y  por la inutilidad arrogante de poseer un falo siempre erecto y duro sobre mi cabeza, algo doblado, semejante a una pinza, que no sujetaba siquiera el espacio, ni el tiempo, y que me exasperaba en la medida en que las cosas se iban haciendo líquidas y todo se me escapaba tan de repente.

     Nunca había escarabajeado[2] más que huellas al salir de un chiquero de estiércol alimenticio, arrastrando las patas por estar más pesado con mi estomago saciado hasta la nausea. Tampoco había vociferando ningún sonido más que el de mi silencio, ni siquiera había participado de ninguna reunión que no fuera para pisotear cabezas y desmembrar cuerpos tan duros como el mío. No había tenido un presentimiento inspirado en el viento. No había soportado el calor que produce el hermetismo de mi acorazado corazón. Hasta que un día observé a un compañero luchando contra la dificultad que causa estar de espaldas sobre el suelo. Lo vi pelear desesperado por voltearse, y sus patas sacudiéndose lentas, pero a toda velocidad, tratando de aferrarse al aire para darse vuelta y poder volar, abrirse en alas: cuatro en total, pero dos que sólo funcionan de cubierta.

     Entre los escasos recuerdos, que aún hoy me laceran este cuerpo, recuerdo haberme acercado para tratar de ayudarlo: lo envestí con fuerza, y en mi torpeza lo sujeté con mi cuerno (semejante a una pinza) hasta sentir su carne débil, su oleosa intimidad blancuzca. Entonces, se me apareció su rostro pálido que suplicaba le diera a todo el ser, su ser, el fin definitivo. Porque de nada serviría ya que lo pueda voltear cuando sus viscosidad era evidente, tan evidente como el sueño.

     Me dio lástima y pensé: “Pobre compañero...sólo trataba de seguir caminando siempre hacía adelante, siempre con el anhelo de atravesar el umbral de los siete colores”.

     Recuerdo a aquel colega con mucha estima, y en su honor juré, ya hace algún tiempo, hacer lo imposible por no quedar nunca de espaldas, por tratar de no subestimar nuestra dureza, por tratar de ser más prolijo con mis garabatos. Comencé, por aquellos tiempos en los que hice este juramento, una búsqueda (que hoy llega a su fin) por los rincones más ininteligibles del ser y del mundo concreto, por todos los lugares que se conocen y que no, por todos aquellos recintos donde lo conciente y lo inconsciente se confunden y las cosas ya no son tal cual eran y los tiempos se convierten en eternidad y las cosas en objetos sujetados en el aire y en la respiración misma de lo animado y lo sin vida, lo que simultáneamente no se detiene ante ninguna perspectiva de ansiedades y sospechas.

     Lo que les relataré a continuación es la suma de experiencias que fui recolectando a través de los años y de los umbrales de los años, en los racimos de espejos en los que se convierte el mundo después de despertar de una pesadilla y sentir frío y no ver nada que se parezca a un rompecabezas sino que todo es un rompecabezas que se da vuelta para formar siete colores suspendidos en el cielo después de una tormenta.

     Entumecido al ver o recordar a un amigo (que podría haber sido yo mismo) morir por mi propio cuerno. Verlo o recordarlo tan indefenso como yo en mi sueño: tratando de defenderme a pesar del defecto en mi tejido o cuerno de artillería, contra un ejercito de hormigas organizado y ágil, que devoraba de apoco, pero con gran esmero, las zonas indefensas de mi estrategia de combate.

    Quiero decir que me ha mudado de cuerpo la búsqueda y el conflicto: Una NATURALEZA que sabe escuchar los reclamos de los que resistimos y las suplicas de los que sufren con su torpeza.

 

Caminé por rincones y en cada ser me detuve:

 

     Miré una semilla y fui corteza (demasiado duro),

un grano de arena y fui desierto (muy árido),

una rosa y fui rocío (absolutamente frágil).

                Por fin,

miré un axolotl y fui un niño:

Porque los axolotl eran como testigos de algo,y a veces como horribles jueces. 

     Hasta ese momento no sabía que un cuerpo te delimita como sujeto y tampoco, que esa NATURALEZA que sabe escuchar los reclamos de los que resistimos y las suplicas de los que sufren con su torpeza, se llama Dios.

     Nunca antes me había sentido tan cobarde e indefenso, nunca antes había sido lo que no era. Porque cuando fui lo otro, todo ya me era ajeno. Tan ajeno como un sin número de posibilidades.

     ¿Qué umbral atravesé aquel día perdido, intentando no caer al agua cristalina, observando a esa larva un poco más grande que yo pero tan de roca: una roca rosada que transmitía la inmovilidad del mundo, las suplicas de todos los que no se saben satisfechos?

     Imaginar, eso era lo que traté de hacer, recordar con la imaginación para no perder el lazo que me seguía uniendo al ego, a la sustancia primitiva de todo ser: que es seguramente una célula, la libélula transparente y andrajosa, lo que nunca se sabrá del origen.

     Cuando las libélulas vuelan viene la lluvia y

cuando una larva reposa llega el momento de caminar.

     El camino es difícil,

las rocas zigzaguean en remolinos:

     Torpe me mareo,

intento no tocar el suelo desde el suelo

y

una rama se quiebra en silencio y mil voces pululan historietas de sonámbulo: es el lugar donde todos somos animales, es “un retorno a la ignorancia animal de lo prohibido”.

     Como no encontré consuelo en ningún otro, en el cuerpo de ningún otro ser, volví a mi deposito; que hoy ya no es el mismo porque sabe del abandono que sufrió, sabe de los golpes y tiene esa memoria, algo perversa, que sólo saben tener los cuerpos.

     Volver al estiércol fresco de la mañana, a mi hábitat: el jardín de los Ramírez, fue emocionante. Encontré todo en su lugar: las azaleas junto a la ventana, más allá de la pileta el sendero de enredaderas, junto al poste del farol (nuestro lugar de reunión) los malvones y las alegrías, sobre el gran nogal el nido de los gorriones y las torcazas; el acuario del pequeño con los axolotl a un costado de la puerta del parque; detrás, el rosal cubierto de pulgones esclavizados por las hormigas  y en frente, el tapete del perro con el perro y todas sus pulgas y parásitos.            

     Desde entonces no he intentado ser otra cosa más que un escarabajo. No he intentado aún, aunque lo actué (en formato cáscara), ser un insecto venenoso o demasiado horrendo. Tuve malas intenciones algunas veces, pero nada que no salga de lo razonablemente ilegible. Tuve angustias y sentí sed; en ocasiones intente ser más bueno y fracasé. Pero ahora sé que no soy más que un montón de palabras que no dicen nada para otros, tal vez por eso digo ser un garabato o un escarabajo, que para este caso es lo mismo, según un gran libro lleno de palabras que para algunos no dice nada y para los otros es ley sagradamente religiosa y pilar del hábitat donde les toca vivir: “Un retorno (imposible) a la ignorancia animal de lo prohibido”.  

*   *   *

    

 

     

  

           

            

      



[1] Escarabajo: (lat. scarabeus) insecto Coleóptero de color negro que se alimenta de estiércol. Cierto defecto de los tejidos y los cañones de artillería. Persona pequeña y de poca importancia. Rasgos y letras mal formados: garabatos. 

[2] Escarabajear: andar, moverse desordenadamente. Escribir haciendo garabatos, garabatear. Molestar, disgustar, fastidiar mucho.


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Fresqui

[23/04/2007 8:44 am]
I[1]

 

El blanco se pierde en lo más profundo del negro. Así, sin referencia a nada, porque todo concluye en un olvido de la vida diurna. De los cohetes lanzallamas y las proporciones exorbitantes, hasta donde nadie sabe, está lo único y verdadero. Porque allí, es supremo estar de cabeza con las manos sueltas y el brillo del astro hipnótico directo en el rostro. Quién sabe que patada es más degenerada, si todo se calla dentro de una burbuja.
Huele a hielo cuando se toca el abismo, abismo que no deja de desaparecer para aparecer en otra forma: el dibujo sin líneas, donde todo es color y sólo hay grises, y gentes con paraguas rojos. Aunque el blanco es dulce y el azul áspero y el negro es fresco; más adelante no se comprende, porque no hay palabras.

 

 

II

 

Miles de voces gritando como grillos saturan la quemazón del tiempo libre; un lugar de fuego masivo en columpios de madreselvas atónitas, un rayo, mondadientes, artículos de plástico, productos de porcelana, variedad de cosas sin nombre.  

 

 

III

 

Se escucha: el llanto de un bebé, la mueca de una guía mnemotécnica, la glorieta de un parque en alquiler y todo tipo de asperezas sobre una superficie de líquenes nocturnos.
Proporciones claudicantes de edificios de alcaucil, es decir, un insoportable olor a repollo pululando en la cocina y motas de estalactitas colgando del suelo.

 

 

IV

 

Sonó el reloj en lo que va del año: dos o tres veces; para perturbar el aire, enrarecido en la médula ósea del crepúsculo. El llanto ya es un capricho del pasado, un remolino de caricias inunda el hipotálamo del mercurio y un sonajero de risas, carisma de montaña, soporta con felicidad lo resuelto. Todo desenfreno es silencio en vapor de niebla y lo constituido en sorpresa, una cantimplora llena de veneno.

 

 

V

 

Siempre las maletas son la amenaza de la distancia: una vez se fue la luna y han pasado dos días sin noches. Mantener una sonrisa no es negocio, seguramente, se ha borrado el espejo del comedor, porque ya nadie baila frente a él.
El sueño, mejor dicho el recuerdo, perturba la estética de las nomenclaturas en afinidades de caretas, hasta caer en la penumbra de lo que no se ha dicho, de la luna.

 



[1] Estos poemas-fragmentos en prosa son parte de una obra mayor: Conceptos.

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Fresqui

[05/02/2007 8:26 am]
Pelple[1]
Nenua albilico
nua cheno etñasue:
edin cotsa enchesto,
desater olonvalo,
calpresto ed nuo,
platso cuor ne al
                              silpem.
Pelple, nuas horrendo,
levele desto in mortel.

 

La nada[2]
En una cabeza adentro
la noche te sueña:
de la cosa enserio,
al desatar el círculo,
enseguida es uno,
el que no ha venido
                              siempre.
Esa inmensa nada, de nuevas canciones,
se eleva hacia la vida.

 

Todo lo inmenso[3]
Dentro de una cabeza
sueña contigo la noche:
porque un objeto verdadero,
al desenredar un ovalo,
en ese instante es alguien,
el que no ha llegado
                                    nunca.
Todo lo inmenso, de novedosos cantos,
se yergue hasta lo naciente.

 

Inmensidad vacía[4]
Llevo, el tiempo en el cobertizo de un...,
me abren paso las polleras.
Todo es en sueño,
me recuesto en la cobija,
 y a mis pies,
la sabiduría descansa.
El viento se mece
casi insólito
en  el aire
                enrarecido.
El poema habla,
a veces,
de un centro que,
se descentra incontrolable.

 

 

Vídolo Antibio (Hernán Tenorio)


[1]En caso de necesitarlo, llene los significantes para obtener un significado con carga semántica; de lo contrario, guíese por las traducciones que aparecen a continuación.      
[2] Traducción de Horacio Sinfín para el Colectivo Menardiano, Nº 2, Bogotá, Colombia, marzo de 1988.
[3] Traducción de Luis Bentos Nunca para la revista literaria Octoneutro, Nº VI, Madrid, España, julio de 2000.  
[4] Traducción (versión libre) de F.S.R. Bueno para la revista Paradoxas, Nº XXI, Santiago De Chile, octubre, 1999.

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Fresqui

[01/02/2007 6:37 am]
Principio
 
El silencio del principio
está siempre en nosotros.
Yo quiero tocar esa esencia
desde mi esencia
o desde el oscuro caos
que sugiere el universo.
 
La materia, como nombre,
no significa nada;
las cosas son cosas igual,
y uno puede decir:
 
“La noche muere”
o
 
“Muere la noche”
o
 
“Noche la muere”
o
 
“La muere noche”
 
o (con una metáfora)
 
“La luna asesina”
o
 
“Luna la asesina”
o
 
“Asesina la luna”,
 
etc.
 
Quisiera decir otras palabras:
las que nadie ha dicho,
las mías,
las que surgen como caídas de la tierra.
 
He pensado mucho
y ya no quiero pensar,
sino más bien decir:
                                  “Naftalina”
de cuerpo erguido
sobre el remanso tibio de un otoño.
 
No, no, no...
La paciencia ha surgido del miedo
al “Virrey Arredondo”,
de la melancolía de estar de pie
sobre el cráter empedernido en vicio.
 
Noche que no descansas,
descálzate ante mí
como pájaros que iluminan el firmamento inoportuno,
en insípido de las nomenclaturas:
deícticos engranajes lógicos
que llenan las mañanas de compromisos.
 
Mis ojos no pueden ver otra cosa más que...
estructuras por llenar:
una manzana en la cabeza
que suturo en una flecha mal nacida.
 
¡Qué manjar!, ¡Qué manjar!
Es la existencia toda,
la que invade el paladar
de una repugnancia atroz
que hay que remplazar por sonidos
y conceptos establecidos para esa función.
 
Propongo una sustancia sin formas,
propongo significantes:
ya sin conceptos,
ya sin sonidos.
Y no me siento culpable,
sólo pienso que las cosas se pierden para invadirme.
 
 
Hernán Tenorio
18/19/ 08/06

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