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Cuando un gobierno, se aleja de los principios que le dieron legitimidad, comienzan a vislumbrarse los tramoyistas detrás del bastidor público. La patria pierde sentido y aflora el país, tan pequeño como malvado, de la vergüenza argentina.
Las mafias sindicales, los contratistas de siempre, intelectuales eurocomunistas y piqueteros con abultado recibo de sueldo son pecados perennes de una administración que cada vez más se parece a lo que nunca quiso ser...un gobierno corrupto sostenido por minorías poderosas.
El estilo de la presidente electa, Cristina Fernández, nada tiene de popular, de genuino o, políticamente hablando, de peronista; varias carteras extraordinariamente costosas son la comidilla de la conversación barrial acerca de una mujer tan ávida, tan insensata, tan cruel como vacía.
La ausencia vacacional y vocacional del poder ejecutivo parece haberse prolongado en un indefinido y peligroso letargo, deliciosamente sazonado por episodios de clamor social cada vez más intensos.
La gente expresa su bronca, su ira...ante la corrupción de los De Vido, los Jaime y los Cristóbal López, la ineficiencia del un estado dinosaurio, la excesiva presión tributaria, la inseguridad rampante, la cocaína y sus mil aeropuertos, los asentamientos ilegales y la inflación descontrolada...cualquier tribuna vale para manifestar el verdadero descontento de la mayoría silenciosa; puede ser el vagón de un tren al rojo vivo a la altura de Castelli, el mostrador de check-in en Ezeiza o Hurlingham sin luz.
Los argentinos de verdad, que tal vez no participen de la política, que trabajan porque lo necesitan y porque les gusta sentirse útiles, que pagan religiosamente los impuestos que no pagan los poderosos, que educan a sus hijos y cuidan a sus abuelos...esos., ya no están..se fueron.
Y el gobierno quedó solo, pobremente armado...con un crisol demasiado grueso para aguas tan impuras.
Saludos.
Maximiliano Baldassarri.
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