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Que el país está atravesando un período de caída no es novedad.
Que Cristina Kirchner prefiera decir antes que hacer, no es novedad.
Que el Gobierno haga de la contradicción su herramienta de gestión, no es novedad.
Que Carrió oprima los botones mediáticos necesarios para vaticinar una nueva hecatombe y subirse al carro de combate de un sector al cuál desde su discurso urbano jamás representó tampoco es novedad, pero puede ser más interesante.
Desde su lecho vacio de Barrio Norte, Carrió elucubra y propala traiciones difíciles. Habituada a las mutaciones más sorprendentes, la más porteña de las chaqueñas ha sabido sentirse cómoda políticamente con Alfonsín, De La Rúa, Aníbal Ibarra, Néstor Kirchner, Cristina Kirchner, Patricia Bullrich, Ricardo López Murphy y siguen las firmas...Evidentemente, una persona que puede coquetear con un elenco tan variopinto, tiene demasiadas ideas o bien no tiene ninguna.
No podemos saber, a ciencia cierta, que proceso mental la lleva a Carrió de aliarse con Dante Gullo hace unos años a felicitar a Luciano Miguens en 2008. No vaciló en sentarse al lado de Kirchner para llamar crápula a Menem; tampoco vacila en acusar al primer caballero de ser más corrupto que el ex presidente riojano.
El kirchnersimo, como idea y referencia política, se está derrumbando. La nómina de boxeadores que enfrenta es demasiado larga (Buzzi, De Angeli, Casaretto, Marcó, Cachanowsky, Felipe Solá, Macri, Barrionuevo, Nelson Castro, Grondona, Claudio Lozano, Duhalde, Aníbal Ibarra...).
De todos modos, hay que considerar que la sucesión no está cerca de la poetisa del infierno...
Saludos.
Maximiliano Baldassarri.
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