Querido diario, últimamente me resulta desternillante ver y oír las noticias televisivas cada mañana. Hoy en día, uno puede encontrarse casi de todo en los noticieros, telediarios, o como tengas a bien llamarlos. Nunca me había puesto a pensar profundamente en este tema. De hecho, ni siquiera creo que el susodicho tema merezca ser analizado profundamente. Pero de forma anecdótica y curiosa, quizá unas cuantas reflexiones al respecto no me hagan daño, ni a mí como escritor, ni a ti como diario. Además, hoy me he levantado con un humor del nabo, con el pié izquierdo y bastante mosqueado. Así que necesito despotricar un rato para descargar todas mis tensiones. Sobre si vas a estar o no de acuerdo con lo que escribiré en tus blancas y finas hojas, es otro cantar, pero ten por seguro que tu opinión, si es que los diarios tienen alguna, me importa un carajo.
Para ir abriendo boca, te diré que los telediarios locales me dan asco, pena y vergüenza. Tanto por el contenido que ofrecen, como por su excesiva duración, amén de otras muchas cosas ─aquí es donde puedes incluir amarillismo, manipulación, censura, etcétera─. Y es que tenemos la mala suerte de haber nacido en un país de mierda, asi que el buen gusto, la profesionalidad y el buen hacer suelen brillar por su ausencia. Y todo esto ocurre frente a una pasividad asombrosa por parte del populacho; osea, nosotros. Quisiera invitarte, por ejemplo, a que te fijes en el lenguaje utilizado por los guapos presentadores de los mentados, también llamados profesionales de la comunicación, que por algo los denominan así, digo yo. Frases del estilo “…era mucho muy importante…”, que suenan como una auténtica patada en los huevos, suelen ser bastante habituales en todos los noticieros matinales. Quiero suponer que ese tipo de expresiones son utilizadas para recalcarnos a los televidentes la importancia del asunto al que hacen referencia en un momento concreto. Pero por favor, no a costa de mandar a tomar por culo el idioma, que para algo es uno de los más completos, variados y bellos del mundo. No obstante, lo verdaderamente curioso del asunto es que, con certeza manifiesta ─y al que suscribe le consta─, existe gente en sus casas, en los bares y en las calles que, entre comentario y comentario, entre copa y copa o entre vete a saber tú qué cosa, afirman con rotundidad y contundencia ─y quizá con un “primero Dios” por delante─, que Fulanito es un gran profesional, o que Menganita es una excelente conductora. Y ante semejante barbaridad, solo puedo expresar: ¡Padre celestial, baja y carga!.
Una de las secciones que no puedo dejar en el tintero, es la que anda a medio camino entre la lluvia y el sol. Me refiero, naturalmente, a los espacios comúnmente conocidos como pronósticos del tiempo, que en otros lugares suelen ser denominados partes meteorológicos. Si, esos en los que se pretende hacerle la competencia a Walter Pringado y compañía. Pitonisos que no han trabajado en su puñetera vida. Y ponen tanto empeño en el asunto que, al igual que éstos, no suelen acertar ni de casualidad. Esos espacios ─los meteorológicos─, son presentados generalmente, por jóvenes mujeres, aunque no siempre. Desconozco dónde las buscan y cómo las encuentran, pero lo hacen. Por norma general, son mujeres más o menos guapas. Da igual que no tengan dicción, entonación, ni experiencia delante de las cámaras. Me da la malsana impresión de que lo que realmente importa, en primer lugar, es que tengan un par de buenas tetas y, en segundo, y a ser posible, una licenciatura. Y no soy misógino ni de lejos, no te confundas. De todos modos, estoy convencido de que si la tipa está realmente buena, con poseer un certificado de secundaria ya la hizo. Lo de la licenciatura es lo de menos. Aquí en en nuestro querido país, por norma general, todos somos Licenciados o Ingenieros, aunque no sepamos hacer la o con un canuto. Y esto viene a cuento, mi estimado, porque después de seis años haciendo caso omiso de todas las previsiones meteorológicas habidas y por haber, este año me he enfermado de la garganta. Y no por cantar flamenco a grito pelado, ni por correr en pelotas a las cuatro de la mañana por la Avenida Llámalecomoquieras, sino por vestirme, al comenzar el día, de acuerdo a las previsiones del tiempo establecidas para la fecha. El resultado, como bien podrás deducir, se tradujo en una severa inflamación de amígdalas, fiebre alta, dos días en cama sin ir a trabajar y un chingo de sudores, como dicen los mejicanos. Lo bueno es que no se trató de nada que no pudieran solucionar dos cajas de antibióticos, una de paracetamol quinientos y unas cuantas limonadas al tiempo. Y es que, de vez en cuando, está bien enfermarse. Así los farmacéuticos pueden disponer de un plato de comida caliente en su mesa, que también tienen derecho. No obstante, y en lo personal, he decidido regresar a mi antigua forma de pensar: no hacer ni puñetero caso de estos aprendices de adivino. Es preferible concentrarse en observar con detenimiento las tetas a las que hacía referencia con anterioridad, mirando de vez en cuando y con el rabillo del ojo, las borrascas que azotan el sur de la región y las nubes que sobrevuelan el centro y el sur del país. Al fin y al cabo, ese tipo de vistas nunca viene mal y, en caso de avecinarse una tormenta, o un frente frío, unos cuantos pensamientos lascivos siempre te pueden hacer entrar en calor.
Uno no puede dejar de pensar por qué los noticieros de este pueblo en el que vivo, comienzan a las seis de la mañana y terminan a las diez. Cuatro horas en las que piensas que el mundo está bien jodido, pues sueles deleitar tu vista y oídos con una gran variedad de variopintas noticias, casi todas con tintes nefastos. Después de un buen rato frente a la pantalla, y de autoconvencerte, ahora si, de que es completamente cierto eso de que el mundo está jodido, te das cuenta de que la variedad de noticias no es tal variedad, sino más de lo mismo. Y lo de variopintas, es solo un decir. Tras finalizar el noticiero, por fin te cae el veinte de que te has estado chupando el mismo telediario cuatro veces. A uno por hora. Es entonces cuando te convences de que eres un soplagaitas con todas las letras. Pero eso sí, un soplagaitas muy bien informado.
La estructura de los telediarios es realmente curiosa. Ofrecen, aparte de las noticias relevantes, por llamarlo de alguna manera, secciones deportivas, secciones culturales, partes meteorológicos, de los que ya he hablado antes, y las mal llamadas noticias del corazón. Y digo mal llamadas, porque un pobre imbécil como tu servidor, suele esperar un reportaje sobre enfermedades cardiovasculares, atoramiento de venas, infartos de miocardio, etcétera ─por aquello de la referencia al músculo vital─. Es entonces cuando te salen con el notición exclusivo de que a Fulanita la pescaron poniéndole las astas de toro a Mengano; que Zutano, actor famoso, o algo por el estilo, tiene el pìto pequeño; y que a Jenifer Tal la captaron las cámaras enseñando el potorro mientras hacía nudismo en una cálida playa del Caribe. Sí, definitivamente el mundo se está yendo al carajo.
Los carcamales que se niegan a tomar la jubilación también suelen tener cabida en estos espacios televisivos. Algunos no pueden ni caminar holgadamente, pero ahí están, al pié del cañón, aspirando oxígeno puro para mantenerse vivos. Y entre bocanada y bocanada, aguardan pacientemente su turno, porque se acerca la hora de comentar lo mal que jugó el equipo de fútbol local el día de ayer, y lo bien que lo hicieron los de la capital, a pesar de haber perdido cinco a tres contra el Atlético Cipotinejo en partido amistoso. Son las noticias deportivas. Estas momias suelen ser personajes tan entrañables y carismáticos, que hasta los consienten con un programa para ellos solos, mínimo de una hora de duración.
Por supuesto, nunca faltan los minutos culturales. Esos en los que el erudito de turno, generalmente un fulano más viejo que las ruinas de Uxmal, se empeña en enseñarle al personal a hablar correctamente el español, o castellano. Pero lo malo no es eso. Lo malo es que el mentado fósil viviente no es capaz de darle dos hostias bien dadas al individuo del “…era mucho muy importante…”, a pesar de tenerlo enfrente, a su izquierda o a su derecha, que más da, pero a escasos metros de distancia.
En fin, querido diario, ¡qué más te puedo contar que tú no sepas! Se muy bien que soy un gilipollas compulsivo, pero te juro que nunca más veré un noticiero. Por lo menos uno de los de aquí, de los locales, ya que no es lo mismo ser un pendejo soft que uno hard, y tu servidor siempre ha aspirado a serlo light, como la Pepsi. ¡Pero si hasta los telediarios de la TVG son más serios y respetables que toda esta mierda que tragamos aquí! Que como bien dice el refrán: Mal de muchos, consuelo de tontos. Mientras tanto, sigamos riéndonos de los de Lepe ─o de los gallegos─, que esos si que son unos verdaderos animales. Aunque más de uno se cague en nuestros muertos y en la puta que nos parió a todos, mientras sonríen al ver como poco a poco, pasito a pasito, vamos construyendo nuestro “primer mundo” particular y nuestra sociedad del bienestar. Y es que la tele ayuda, y los noticieros matutinos, más. En fin, querido diario, como ya te he dicho antes: ¡qué más te puedo contar que tú no sepas.