Ciudad de la furia, después de las llamas. Las ambiciones de los papeles caidos colman la paciencia de la población. Alguien prende fuego y esa amargura suicida incendia manzana por manzana, hasta la última ceniza. Con ellos, cuerpos inocentes de niños y analfabetos (en el 2.020 son analfabetos aquellos que ven telenovelas por el canal Volver), que no alcanzan con sus piernas. Mundo englobado en la miseria: los porteños corren hacia el Río de la Plata porque oriente es la salvación; los japoneses huyen hacia occidente sin darse cuenta; ambos van a enfrentarse; "¿por qué?, se dirán ellos mismos y la misma pregunta me hago yo, que a esta altura de la trama estoy más despistado que transitar en una ruta mendocina, de noche, sin la pintura blanca de la banquina.
Diez japoneses modernos y tecnificados asaltan la Bolsa de Comercio y diez subterráneos. Dentro de la jerga de ellos son los "nostálgicos" porque extrañan la guita y el rebaño veloz que transita bajo el asfalto. Suben todos los clonados (fotocopiados, o impresos). A la vanguardia y en el volante del tren principal, el starkenauta. Se trata de una estrategia simple: así como San Martín utilizó varias columnas para atravesar la cordillera y conquistar Chile, el starkenauta se valdría de columnas de subterráneos para reconquistar la ciudad. Su primera voz de mando hacia ese ejército improvisado de orientales obedientes fue la siguiente:
_ Agarramos la Panamericana y los acorralamos en la cancha de Boca Júniors: allí recibiremos la ayuda de la pasión del pueblo.
Partieron los subterráneos para distintos lugares. Algo había salido mal. Starkenauta reconoce haber omitido una indicación, expresada en voz alta y en español:
_ ¡Yo sabía que eran pelotudos, pero jamás imaginé tanto!
El coche número uno se mete con todo en la General Paz, zona limístrofe de la ciudad de la furia y la gran ciudad de la furia. Allí soplan ventiladores de smog fatal desde los autos quemados como consecuencia de la cadena de papeles. La frialdad empresaria le impide apiadarse de los cadáveres que van surgiendo de la nada, como personajes de un tren fantasma: mujeres embarazadas con niños recién salidos del colegio, puertorriqueñas obesas con mercaderías del Carrefour, modelos de pasarela convertidas en naipes de asfalto; culonas que hacen de sus restos en el asfalto un lomo de burro, prostitutas y travestis plastificados en los carteles indicadores de señales de tránsito y, por último, cuerpos de atletas plastificados al costado de la ruta. Algunas gargantas que aún pueden llorar echan fuegos del desencanto. Ciudad solitaria, abandonada a la trama más dura del Apocalipsis, espera la resurrección y eso significa rescatar gránulos de esperanza. Todo ha sido incendiado. Tanta piedad para una ciudad muy pecaminosa, víctima por voluntad propia de un capitalismo desenfrenado, que mezcla el óleo de la abundancia con el incienso de las almas encadenadas por el demonio.
_ ¡El Patrón de Ofertas! ¡El Patrón de Ofertas! _ repite el starkenauta con esa obsesión del discurso empresario, que se entiende en todos los idiomas.
Efectivamente, el starkenauta acierta: alguien sospechoso transmite su poder en las pantallas de Crónica TV, que por primera vez en su historia se instala en el corazón de la city financiera. Desembarca del subterráneo, sube con el contingente a la calle y arrebata un colectivo en Paseo Colón. Pone primera y cada cuadra de acelerada produce remolinos de cenizas y de la humareda del mismo colectivo, producto del deplorable estado de su motor, a punto de ser incendiado por una licitación asesina. La city porteña, desgastada por esta invasión, muestra sus heridas en las paredes y en la cartelería digital: un idealista contestatario diría esa parte de la ciudad estaba pintada con los colores de la sucia conciencia del capitalismo; el diario La Nación, cerca de la avenida Alem, expone un basural de archivos perdidos; la Casa Rosada, un gran mausoleo de los que murieron para ser olvidados por la historia; el río, una marea de petróleo vivo; el Ministerio de Economía, un examen de conciencia pública, con la miseria explotada en todo el país a la vista; el Mc Donald, un basurero de plástico aún sin derretir; plaza Lezama, un pulmotor desconectado del oxígeno salvador...
_ ¡Fuera de aquí! _ carga los dientes con la furia de los esclavos de la Corintos, en tiempos del imperio romano.
Se quiebra una pared de tela del bondi y allí entra un remolino de una sensación de aire acondicionado. Por fin algo respirable. Limpio.
_ ¡Paren...paren! ¡guarden las máquinas de fotos, imbéciles!
Escenarios multicolores. Rubias californianas, super educadas y adiestradas con veinte idiomas simultáneos, con la capacidad de no perder la sonrisa ni un segundo. Minifaldas caconas, diría el indio Solari, y tacos samurai. Rapidísimas, con anteojos tridimensionales. Ascensores de cristal. A mil. Suben como misiles nucleares y bajan como aquellos indígenas encadenados en tiempos de Abraham Lincoln. Una galería tan iluminada y lustrada que no existen sombras ni manchas. Puertas que se abren con el eco de una voz autorizada y tenebrosa, con cristales oscurecidos y de sensación amarga.
Carteros Fast (Fast Postal), llevando carpetas selladas y firmadas en carritos de supermercados, a todas partes. Entre el primer y segundo piso hay cientos de pisos intermedios. Algún matemático diría que los alienígenas disponen de un eje de coordenada más que el x,y,z de la tierra. En esos pisos intermedios, máquinas de Pepsi y cabinas telefónicas de Bell Companic (¿por qué?). De repente, un yuppie con un halo de santidad, que lo envuelve en todo su frac. En su frente pálida y lustrada se alcanza a ver su nombre, escrito en código binario. Pantallas líquidas de publicidad rotativa (340 spot por minuto). Estrictamente prohibido fumar. Más empresarios protegidos por ese misterioso halo de hipocresía, disfrazado de santidad. Limpieza omnipotente. Tanto silencio que esa organización palpita como una jirafa en terapia intensiva. Todos hablan en voz baja. Un inmenso tablero registra el monto de la utilidad bruta, que en los ratos fugaces aparecen.
Estatua transparente, repleto de champagne espumoso. Forma de vegetal. Se llama "el árbol de la verdad": si tomás un sorbo de ese champagne capitalista se acabará este paraiso materialista.
Asombrado, el starkenauta oculta su violencia y parece redescubrir la admiración que siente cuando los negocia en los edificios más inteligentes de Nueva York. Los fotocopiados (clonados), igual.
_ ¡Dejen de sacar fotos, manga de pelotudos!
El peligro de atacar con milicias empresarias del Japón es, justamente, las máquinas fotográficas. Es que dicen que hoy los japoneses son adictos a la fotografía como lo fueron con los samurai.
Los anteojos más sexys del mundo. Uno ochenta de altura. Gimnasia modeladora. Palabras de inocente bailarina. Un esplendor ante un rostro tan liso por un lado, cachetón por otro, y carnoso en total.
_ Señor, permítame que le deje el saco en la recepción. Lo esperan en el quincuagésimo piso.
Ojos de acero para el starkenauta. "Debería darme su tarjeta. Siempre soñé con una secretaria así", piensa. Ella camina como un cordero seducido por el imperialismo capitalista. Con mucho swing, de tal forma que el starkenauta, por esa pelotudez del formalismo, siente elevar su autoestima.
Las puertas de metal cristalino (¿bha?) se abren con el calor de un bostezo a solo diez metros de distancia. Sendero de paz (una sensación). Jardines de alfalfa, luz inofensiva y repartida en todas las dimensiones de la pared, con tal de evitar las sombras. Quinto piso. Objetivo de la organización a la vista. Todo planificado y cumplido. Todo perfecto y no misterioso, a esta altura. Rígidamente controlado.
El corderito sigue sus pasos y entra en la gran oficina, luego de pasar dos controles generales. Las cuatro paredes y el techo de esa gran oficina está constituida por plasmas, con imágenes al instante de todos los rincones de la ciudad de la furia. Escritorio de mármol. Un elefantón con impecable traje se levanta y recibe al starkenauta.
_ Señor Shake, el señor World; señor World, el señor Shake.
Mirada penetrante del guatón, en posición firme y psicoanalítica, con olor a menta virtual.
Starkenauta avanza y extiende su brazo derecho:
_ Shake, Roberto Shake.
El otro, al estilo 007, lo imita:
_ World, First World.
Jamás un nombre y apellido tan soberbio alcanzó a noquear la paciencia del starkenauta. Instante de pavor que el otro aprovecha para sacar su primera tajada:
_ Usted ya las ha visto, las mujeres son nuestras secretarias y son las más bellas del planeta de ustedes, además trabajan muy bien, y por cierto, aceptan muy bien todas las reglas...¿tengo o no tengo razón al afirmar que a las mujeres sólo le interesan el dinero?_ expresa con una sonrisa complaciente, ganadora y maldita.
Starkenauta trata de buscar una respuesta en contra y sólo mira uno de los tantos monitores:
_ Primero, para empezar, esas imágenes son una mentira.
_ Lo que yo veo es lo que usted ve
_ Es una realidad construida por el poder corrupto de ustedes
_ Esa es la excusa más grande que usó el marxismo para convencer a la gente de sus estúpidas y violentas ideas.
_ ¿Acaso Lenin también hizo una revolución en Marte? ¿Por qué no me cuenta?
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