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El Trasandino a lo largo de su historia
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En octubre de 2008, los presidentes Kirchner y Bachelet se bajaron del primer vagón, se quitaron las ligas y la encestaron en una inmensa botella de Chandon, que sostenía el entonces gobernador de Mendoza, Celso Omar Biffi. La multitud acompañó la ovación con un descorche masivo de champán Concha y Toro, distribuida a cientos de curiosos del aparato político allí presentes -allí es la estación ferroviaria de Cacheuta, Mendoza. "Lo primero que tengo que decir a la prensa es que si visito a mi amiga Michelle en este tren, sin dudas que las reuniones de gabinete lo haremos en baño", arrancó Kirchner, ante una mirada cómplice de su par chilena, que asentía con el pulgar hacia arriba. "Disculpen si hablo más que Chávez, pero ocurre que extraño tanto hablar por teléfono con mis amigas que quisiera seguir confesando mis intimidades ahora ante los micrófonos de la prensa", concluyó Kirchner, afirmando una estrategia de comunicación totalmente opuesta a la de su marido, quien cuando le tocó ocupar la silla que ella ahora abarca, siempre negó el contacto con la prensa. Las elecciones 2007 determinaron un cambio rotundo en la estrategia comunicativa de los Kirchner y la jefa de Estado, al igual que su par venezolano, sufría de excesos verbales frente a los micrófonos. Pero la prensa seguía con cholulismo este culebrón informativo-político y con ello logró que los anuncios políticos salieran no sólo en los periódicos informativos, sino también en las revistas Caras, Gente, Caras y Caretas, y Radiolandia 2007. El chofer del tren largó las últimas sobras del mate por la ventana, ante la vista de la Policía Sanitaria, se sacó los auriculares y puso primera con todo. El Trasandino, ese tren que alguna vez había unido Chile y Argentina, recuperaba el presente como tiempo verbal, tras ser arrebatado por el pasado durante muchos años y por el futuro en los meses en que se realizaron las campañas electorales, con el fin de utilizarlo como prenda para que Mendoza votara por el oficialismo provincial y nacional. Sin embargo, lo siguiente -rescatado de una publicación hecha por Ciudadano Diario- explica el giro histórico que sufrió este viaje: "Tras sesenta minutos y cuarenta segundos de viaje, el Trasandino ingresó a una boca de lobo". "La marcha se interrumpió, pero la luz no se cortó. El calor empezó a inundar en forma agobiante. Era un aire con sabor animal. Muy mundano. Espantoso. Terrorífico". "Los motores aún seguían funcionando y las ruedas parecían empantanadas...en algo palangoso, si existe esa palabra, para definir una lengua de...¡veinte metros de largo, que envolvía la parte delantera del tren en forma de tubo!" "Los viajeros se dirigieron al último vagón y desoyeron la orden del grumete, quien les pedía evitar desnivelar el peso de la tripulación. Por esta razón, cuando unas doscientas personas se agolparon en los dos últimos vagones, que daban al exterior, es decir, a las montañas, el estómago grupal sintió el vértigo de la montaña rusa: el tren bajó abruptamente por esa oscuridad teñida de un rosado, apenas perceptible y pegajoso, en un recorrido sobre terreno duro y muy agrietado. Los pasajeros pegaban saltos de cama elástica en esos últimos vagones y si allí no hubo graves víctimas fue porque el amontonamiento hacía de efecto colchón". "Luego se oyó un grito estremecedor: era el chofer del tren, que se le ocurrió encender las luces altas y lo que alcanzó a ver fue el ingreso a un inmenso precipicio, que no era otra cosa más que el estómago de un gigantesco bicho que los estaban devorando". "Según cuentan testigos, el conductor, afiebrado de miedo, atinó a decir ' no voy a morir tomando este mate amargo de mi suegra ' y, con mucho esfuerzo, logró abrir la ventanilla para echar toda la yerba usada y sin usar al exterior, o sea, al precipicio estomacal. Esto fue lo último que se supo de los minutos de terror, ya que el capítulo siguiente sitúa al tren nuevamente encarrilado en la montaña, aunque bastante averiado, retomando su marcha hacia Chile". "Algunos que habían bebido el brindis de bienvenida y otros que aún no habían probado ni el agua con gas coincidieron en que a sus espaldas vieron a un gigantesco dinosaurio, que se retorcía la panza y había disparado un mensaje entendible en todos los idiomas: 'me cago en tu suegra y en el Trasandino'.
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En la estación Puente del Inca, dicen, una vez se subió un indígena descendiente de Atahualpa Yupanki. Fue en los años 70. La guerra ideológica reinante en América Latina facilitaba un escenario de discriminación de clases en la Argentina de Perón y en el Chile de Allende Lón, como también otro de fantasías construidas sobre el camino, quizás basadas en las historias que contaban del Che Guevara, cuando recorrió el continente desde el sur de Chile, en una motocicleta, junto a su amigo Rodrigo de la Serna. El indígena se ganó la reprobación de los viajeros elitistas cuando el maquinista le regaló un cartón que contenía un litro de vino patero. "Andá al vagón 16, que nadie te va a molestar", cuentan que le dijo. Y como en el tren no podés tomar un ascensor ni un teleférico para ir del salón de máquinas hasta el vagón 16, el nuevo pasajero -que pensaba bajarse en la localidad chilena de Los Andes- atravesó el tren de a un vagón por vez, hasta llegar al 16, que era el último. Muchos historiadores, años después, suponieron que lo del maquinista fue una broma pesada, porque el indígena llegó a los tumbos y con el cartón de vino reconsumido. La leyenda concluye aquí esta parte de la historia, aunque sostiene dos apuntes finales: nadie viajaba allí y en la pared exterior de ese compartimento había una "T" escrita con pintura roja. A partir de esta crónica apócrifa se desprenden varias subapócrifas de diversos tipos, pero uno de ellos realmente llama la atención para lo que sería el centro de esta historia: el indio Paleta (del portuñol "paileta") apenas bebió el último trago de ese vino dulce y liviano, se echó sobre una butaca y empezó a largar un embrollo de poemas de amor en su lenguaje nativo, que fue escuchado por algunos pasajeros picarones, que lo interceptaban en el balconcito del último vagón para entrelazarse con besos y arrumacos. All{i fue que ante la insistencia de estos jóvenes idealistas de los setenta, llenos de amor y pasión, le pedían a Paleta que les enunciara poemas también en español y en español acelerado, que es la más adecuada para el habla chilena. Pasaron treinta y cinco años para que, ante la insistencia de los nostálgicos pudieran llegar con sus bastones al vagón 16 para oir poemas de amor. Pero la historia sería distinta: como muchos de esos ex "jóvenes idealistas y románticos" no hicieron nada para que el verdadero amor avanzara en el mundo, Paileta sólo dejó el legado de la traducción y no de la pasión, del modo que el vagón 16 del Trasandino -que aún conserva la letra T en rojo- es el destinado para que los argentinos hablen como chilenos y los chilenos como argentinos. Y muchas historias se tejieron con esta novedad. Se cuenta que la ex primer ministra de Gran Bretaña, Margareth Tatcher, hizo un viaje secreto de Mendoza a Santiago en el Trasandino, y para que la prensa no la confundiera como ciudadana británica, la política que gobernó la nación anglosajona durante la guerra de Malvinas atravesó la cordillera en el vagón 16 y se bajó hablando en chileno, algo que no pudo sacárselo ni el mejor fonoaudiólogo del mundo hasta el final de sus días. Si bien es dudosa esta anécdota, sin dudas que las pruebas quedan a la vista cuando contingentes de chilenas que hacen sus viajes de estudios a la Argentina llegan a este último país hablando como Enrique Pinti y así al revés, al punto que para evitar violencia en una semifinal de la Copa Davis, los tenistas argentinos prefirieron el vagón 16 ante que el vuelo desde Buenos Aires, para ser recibidos como chilenos y luego, tras ganar el pasaje a la final, regresaron en el mismo tren y en el mismo vagón a Mendoza, para recuperar la forma de hablar de su país y negar todo lo que habían dicho del otro lado de la cordillera. Dicen que el vagón 16 hay un sector VIP para solteros y solteras de ambos países, que deciden cruzar la cordillera para probar suerte en el amor. Así, muchas chilenas y chilenos aún hoy siguen viajendo en ese compartimento para "entenderse mejor con sus pololos/as", ya que si los dos hablan con el mismo dialecto, la relación se simplifica, po.
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Para hacer más turístico el viaje a Chile en tren, el gobierno de Mendoza había designado a un guía turístico por vagón. Apenas inaugurado el transporte de pasajeros esta iniciativa significó un boom que no registró muertos ni heridos, porque explotó en el buen sentido de la palabra: no todos cruzaban la cordillera porque el viaje era más lindo, sino también para aprender historia. Sin embargo, los mismos guías turísticos casi echan a perder esta iniciativa. Y todo por culpa de la suegra del maquinista, que en una ocasión tuvo que acompañar a su yerno porque no quería dejar sola a su hija con su marido, pese a que ambos formaban una excelente pareja y familia. Cuentan que esa mañana el sol abrazaba toda la precordillera y las nubes apenas interceptaban las altas cumbres. Si bien el verdadero nombre de la suegra del maquinista figura en los Archivos del Olvido y, por supuesto, en el Registro Civil, nos limitaremos a llamarla Doña Rosa. Y fue ella quien decidió hacer lo que sólo una mañosa con arrugas puede hacer: echar la yerba usada del mate en el balconcito del último vagón del tren y no en una bolsa de supermercado, como el que estaba allí, en la sala de máquinas. Sorprendía la rigidez y equilibrio de la doña para mantenerse firme en las interminables curvas del recorrido, mientras iba de vagón en vagón. En el primero escuchó decir al guía que en el puente de Picheuta, la franja del ejército libertador al mando del general Las Heras había enviado a un grupo de adelantado para alertar sobre la presencia de enemigos realistas en el camino y que en ese lugar, aparentemente, fue donde el ejército de San Martín realizó el primer combate. Es que el tren justo atravesaba Picheuta y los guías contaban la historia con detalles a los curiosos turistas. Sin embargo, doña Rosa creyó que en el segundo vagón escucharía la continuación de la historia iniciada en el compartimiento anterior. Pero lo que escuchó fue algo así, según sus dudosas palabras: "Las Heras se detuvo a comer un asado con la carne de un burro que se había muerto. Como nadie quiso comer esa carne dura y barata -que en Mendoza ni siquiera te lo venden en la calle Las Heras-, lo que hicieron fue hacer un puente de piedras (el de Picheuta), con la carne en bandeja, envuelto de panes frescos, para que algún enemigo realista, devorado por el hambre lo comiera. De este modo, cuando el realista fuera atacado por la indigesta, el ejército de Las Heras liquidaría la operación con dos patadas en el ombligo y un Carbonocafstiasol. Y así sucedió". Cuentan que doña Rosa quedó paralizada por el despiste mental que le produjo esta versión y por ello, una curva fuerte casi la lanza fuera del fuelle, pero hacia el exterior del tren y no hacia el vagón siguiente, como tenía que ser. Por esta razón es que ingresó al tercer vagón como producto de un triple encestado por el colorado Volcowhisky. Sin dudas que los viajantes ayudaron a levantarla, la sentaron en la primera butaca y le ofrecieron una ginebrita para calmarle los dolores. Entre los voluntarios, el guía de ese vagón, que no interrumpió el discurso que estaba dando allí. "Picheuta era el nombre del ombligo del último descendiente inca que llegó a esta zona de la cordillera y por aquí pasó un contingente de adelantados del general Las Heras, entre los que se hallaba Alvaro Núñez Cabeza de Vaca, el español que vio por primera vez las cataratas del Iguazú y que días más tarde, en esta travesía, sería quien descubriese Puente del Inca". Dicen que la suegra del maquinista agarró la botellita de ginebra y con sorprendente puntería, lo arrojó hacia atrás, mirando ella hacia adelante, como si ese pedazo de vidrio fuese el ramo de la novia, con la intención de llamarle la atención al guía mentiroso con un porrazo de abuela. Pero la puntería sorprendente fue porque el frasco terminó encestado en la nuca de un viajante suizo, también pasado en años, como ella. "El pelado agarró el ramo. No la deje pasar. Es una buena partida para usted", dijo una señora amable, también sentada en la primera butaca, que entre el espesor de su cadera más el canasto de los mates ocupaba unos tres lugaresy medio. Para estar a la altura de las circunstancias, doña Rosa se fue directo al cuarto vagón con la yerba mala para tirar en una bolsita. "El ejército de Las Heras sufría hambre, frío y calor. Debido a que en este sector pasaba mucha agua del río Mendoza, decidieron construir un puente de piedras para que los soldados pudieran pescar. Allí pasaron diez días y pescaron lo suficiente para comer un mes, aunque un avance del ejército realista casi le arrebata todo el alimento sacado del río...", escuchó decir del guía que exponía en ese vagón. Y la doña estalló: _ ¡Cómo puede mentirle usted a los turistas!, gritó incómoda la Rosa. _ Señora pasajera, existen varias versiones de la historia y yo cuento lo que escribió Felipe Pigna, pero el del primer vagón es seguidor de Mitre y el quinto vagón sé que estudió todo lo que escribió Felix Luna _ ¡Es una vergüenza y una payasada, porque ni siquiera estamos unidos por la historia! _ En eso estoy de acuerdo con usted, pero no debe negar que la historia fue contada de distintos modos porque.... Porque el silencio fue total: frente a ellos estaba el mismísimo general Las Heras. _ ¡Lo único que falta: que venga un artista del staff de Piñón Fijo para contarnos la historia! El hombre lo miró con una seriedad tan profunda que revelaba una sólida e histórica autoridad moral. _ Perdone señor, general...Las Heras..., usted merece una mejor calle, en nombre de todos los argentinos le pido perdón porque todas las vidas que usted y otros dejaron aquí, como también en la guerra del Paraguay, en Malvinas, las invasiones inglesas, ay, perdón, en fin, le pido perdón porque los argentinos de hoy no estamos a la altura de nuestra historia y no le podemos devolver con vida y progreso las muertes que ustedes nos dejaron. Tan avergonzada estaba que se retiró rápido y volvió tan asustada como sorprendida al primer vagón, que le negó una invitación a tomar un café que le hizo el viajante suizo. Quería contarle todo a su hija y al marido de esta última, que en el fondo admiraba. _ Querida, ¿dónde está tu marido el maquinista?, lanzó la suegra, con benevolencia en sus colmillos, al llegar a la sala de máquinas.
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"Sin dudas que el Pato Donald alguna vez llegará la cima". Ciertos grupos de truqueros del café del Automóvil Club Argentino atribuyen esa frase a Charles Darwin, cuando el científico pasó hace dos siglos por Mendoza y atravesó la cordillera. Más allá de que aún no se sabe si alguna vez hubo una conexión entre el científico evolucionista y el creador de Micky Mouse, bastó para que un ex asesor del empresario financista Max Gregorcic -exactamente el que le hizo contar la historia de que Adolfo Hitler había fallecido en Palmira- enunció que la gran obra del siglo en el país sería un Disney World en el Aconcagua. Y nada mejor que el Trasandino para llevar los materiales de construcción y los pasajeros. Cinco años después de que el hombre pronunciara la frase que abre esta leyenda, la obra era una realidad a la vista de todos. Este hombre, que había logrado lo que ningún político mendocino pudo concretar en tantos años de militancia, en realidad lo que hizo fue llevar su proyecto a la Legislatura, luego de que un grupo de alumnos de arquitectura lo presentara como tesis. La proyección fue acompañado de champagne para los legisladores, de vino espumante para los hijos adolescentes de los mismos y de bebida gaseosa para los nietos de los representantes del pueblo. El gobernador cayó de curioso con su mujer, hijos, cuñada y familia. El lugar de sesiones de la Legislatura pareció la sala mayor de Cinemark Palmares. El proyecto prácticamente se aprobó solo, porque apareció un importante empresario dispuesto a financiar los 500 millones de dólares que costaba esa obra, que incluía un 20% de coimas -es decir, 400 millones en total. Y así fue como un Pato Donald envuelto en cortavientos llegó a la cima del Aconcagua y su imagen en el Google Earth fue el emblema propagandístico del mismo. El viaje desde Mendoza City costaba al equivalente a 45 dólares, que es el precio que se paga por ingresar el parque Disney de Orlando. Las cinco horas de duración del viaje apenas pasaban desapercibidos por la permanente proyección de documentales con la historia del fabuloso Walt Disney y sus personajes, como también un viaje virtual al Epcot Center, Animal Planet y al castillo de la Cenicienta. Tras finalizar esta última proyección, siete enanitos vestidos de mozo repartían chocolatitos Jack a todos los niños presente y un hombre que personificaba al perro Pluto -que nunca aprendió a hablar el español- daba chocolate caliente a todos los pasajeros. Por orden del gobierno provincial, el llamado Aconcagua Disney National Park no tenía que abarcar todo el ingreso al Parque Nacional Aconcagua, del modo que una vez estacionado el tren frente al cerro más alto del continente americano, todos los pasajeros -incluidos los siete enanitos y el Pluto- tenían que subirse a una suerte de tranvía, que lo transportara unos diez kilómetros montaña adentro, para ingresar definitivamente al Aconcagua Disney -así se lo llamaba. Un kilómetro semicircular con forma de playa de estacionamiento, como si fuese una suerte de anfiteatro plano, y desde allí, una compleja telesilla, cuya última estación era el Donald con cortavientos, situado en la cima. Si bien el Parque no funcionaba de noche, quinientos kilómetros de luces navideñas dibujaban la silueta visible del Aconcagua, del modo que desde el principio ya mostraba una pinta espectacular. En tanto que el desierto de las laderas de la montaña había sido reemplazado por amplios juegos, acompañados de fabulosos restaurantes, cuyos platos principales eran los pescados frescos recién traidos de Chile, también por el Trasandino. A los 5.000 metros de altura se situaba la primera montaña rusa de nieve del mundo. Todo un atractivo. En vez de ser transportados por un carril, quienes se prendían a la aventura se subían a un trineo para quince personas, de cinco filas por tres asientos. El mismo era lanzado hacia abajo por una calle de un metro y medio de ancho. Allí hacía todo su recorrido, ya que la fuerza del descenso le posibilitaba ascender para luego caer y dar vueltas en el aire, con la misma velocidad del centrifugado de un lavarropas. Al finalizar el recorrido, cada pasajero debía tomar una copita de pisco chileno para adaptarse mejor a la altura y para que el estómago no le torturase la masa cerebral, ni viceversa. A quien gritara menos le regalaban un porrón de cerveza alemana. Quinientos metros más arriba se hacía la Caravana del Hielo, que consistía en un desfile de todos los personajes de Disney, envueltos con indumentaria abrigada y llamativa, importada de Rusia. Los visitantes se situaban en los balcones de madera de los Chocolates-Resto, para seguir de cerca y con entusiasmo la música y esa marcha de la alegría infantil. Micky Mouse era quien cerraba la caravana. Pompas de garrapiñadas y de globos congelados de jabón revoloteaban el aire, para que los niños, con extensos canastos de red -esos mismos que luego usan en el carrusel de la Vendimia para manguearle regalitos a las reinas- cosecharan pelotitas a veces derretidas de jabón y hasta caramelitos de miel para la garganta. Sería muy extenso hablar del Aconcagua Disney National Park y en otra ocasión brindaremos más detalles. Sólo cabe destacar que las primeras quejas que recibieron tanto los gobiernos de Argentina como de Chile fue que, según pintara la cotización del dólar, a veces convenía más ir al Disney de Orlando que al del Aconcagua y además, ¿de qué servía tremenda obra pública para que el 80% de los visitantes fueran extranjeros? "Mejor hubiera sido remodelar el Challaolandia", decía una carta extraida del buzón de quejas.
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Cuentan que una tarde, mientras pasaban por el cerro Negro, se alcanzó a divisar un mural de cien mentros de altura por veinte de ancho. Era la siesta y el sol apenas rociaba destellos de luces en esa acalorada montaña, por lo que se vio "pareció ser la novena maravilla del mundo", cuenta una crónica publicada en La Tercera de Santiago, ya que los diarios mendocinos jamás creyeron en esa inmensa montaña pintada que alguna vez se vio. A raíz de que un periodista mendocino se enojó porque ese artículo periodístico no dijo explícitamente que se trataba de "la pintura más grande del mundo" y que la misma se encontraba en la provincia de Mendoza, entonces decidió iniciar la búsqueda de la misma para hacer su propia versión de la crónica. Santiago Díaz Guerrero, de El Sol Diario, aprovechó un fin de semana sin trabajo para ir en su 4x4 hasta el cerro Negro, situado entre Potrerillos y Uspallata. El tren pasaba frente al mismo y lo primero que hizo fue cruzar el río y situarse en el mismo lugar donde el cronista chileno dice que vio esa inmensa pintura. Una hora después, y tras utilizar anteojos tridimensionales y otros recursos de alto voltaje para la mirada, se dio cuenta que sobre esa famosa montaña ni siquiera había un mosquito calcado en una piedra. Sin embargo, tanto viaje sirvió para que se le despertara el bichito de la curiosidad periodística. 
Quince días después, por primera vez El Sol Diario superó en ventas a sus competidores Los Andes y Uno. Todo por un artículo cuyo título era el siguiente: "El Cerro Negro esconde el mural más grande del mundo". Y la nota que escribió, increíblemente, alcanzó un nivel de credibilidad no prevista por los editores de ese medio, lo que a su vez generó la llegada de más cronistas chilenos para cubrir ese hecho misterioso que sucedía en el cerro Negro. "Fui al cerro Negro para ver si era verdad eso de que allí había mural cuatro veces más grande que el tablero electrónico del estadio Malvinas Argentinas. Lo que vi no fueron imágenes, sino palabras que expresaban esa imagen. ¿Cómo es eso? ¿Acaso se trataba de una nueva leyenda? No, ya que Jorge Sosa se enojaría si advierte que el Futre tenía amigos que él nunca descubrió. Pero algo de eso era, porque a la vez que lo vio, no lo estaba viendo. Pero lo que estaba viendo era el resultado de la máxima belleza que se puede concebir en el mundo de hoy en las altas cumbres. Todo por una combinación cósmica-atmosférica: el sol de las 16.00 descarga sus últimas fuerzas de rayos ultravioletas sobre una piedra naranja y espejada, situada a más de cinco mil metros de altura. Las pocas aguas del río Mendoza apenas reflejan el 10% de lo que ese resplandor color mandarina producía. El resto se extendía a lo largo de la falda de la montaña, como si fuera un torrente de cera que lubrica todas la piedras y la tierra seca. En esa travesía, la luz anaranjada empezaba a adquirir tonos amarillentos, verdes y marrones, según los obstáculos naturales que enfrentara. ¡Para qué llamarlos "obstáculos" si con esa luz daban a luz la novena maravilla del mundo!". "Un efecto tridimensional en una suerte de paraíso anaranjado, tentado con el abanico multicolor del cielo, siempre celeste, y del río, cómplice, con sus aguas color cáscaras de mandarina de oro y púrpura. El cuadro, la obra y la pintura no eran otra cosa más que lo que siempre se vio en la misma montaña. Pero la naturaleza se las arregló para convertirla en la novena maravilla. Y si el primer resplandor, en vez de naranja hubiera sido violeta, quizás sería la décima maravilla, pero para eso habrá que esperar algún reflejo de la luna llena, según me contó el Lechomagnota. Pero ¿quién es el Lechomagnota?" "El Lechomagnota no podía ser otro más que quien tradujera en palabras lo que había visto en forma maravillosa. Dice que la primera vez que vio ese monumental juego de luces naturales en la montaña se lo contó a un periodista chileno, que se había bajado del Trasandino porque el baño de ese tren no estaba preparado para los sólidos, por lo que tuvo que hacerlo en un pequeño inodoro de piedras, que encontró en esa montaña. Allí escuchó lo que yo oí y luego él escribió sin detalles para La Tercera, y yo lo estoy haciendo ahora, con lujos de detalles, para este prestigioso medio". "Y les aseguro que muchos choferes del Trasandino me aseguran que lo que vio y me contó el Lechomagnota no es ninguna fantasía: algunos ya lo han visto, pero no contaron nada porque les faltó hermosas palabras para expresarlo. Es que a veces sucede que la misma naturaleza designa a un vocero para transmitir lo que no se puede decir con palabras", concluye la nota de Santiago Díaz Guerrero. Y más de uno comenzó a creer que el verdadero Lechomagnota era Díaz Guerrero.
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Así lo tituló el Whashington Times. Y tenía sus razones. Es que ante las dudas generadas en la opinión pública sobre si ese individuo sospechoso, autor del mural más grande del mundo en el cerro Negro, visto por tripulantes curiosos del Trasandino, era verdad o no, finalmente el Lechomagnota se dio a conocer ante todos. Aún no se sabe quién fue el que llamó a la televisión -deducen que fueron los mismos Lechomagnotas escribientes versión mendocina y chilena- o bien, una casualidad de la buena puntería mediática, a la hora de buscar noticias, pero lo concreto fue que durante una noche de luna llena, mientras un bote hacía rafting sobre el río Mendoza, sobre el mural que reflejaba la misma montaña en el cerro Negro, pero con otra tonalidad, como lo explicamos en el cuento anterior, apareció la gigantesca figura del Lechomagnota, como si fuera lanzada por un proyector cuya fuente de luz fuese la misma luna llena. Según la traducción al español de esa nota del Whashington Times, lo que se vio fue un rectángulo iluminado por una luz "semejante a la de la luna llena" -aparentemente artificial-, en el que se reflejaba un globo de diálogo muy muy grande, que salía de una figura atlética, morena, de cabello corto y rostro muy parlantón. Al parecer, para entender el mensaje del globo del diálogo no quedaba otra más que caminar sobre el mismo cerro Negro, para ir deduciendo de una por una las palabras allí proyectadas, lo que significaba un enorme trabajo por parte de cualquier curioso. Este hecho fue aprovechado por el Trasandino como un turismo aventura. Bajo el título "Conozca al Lechomagnota de la Cordillera", el tren partía a las 21.30 y una hora después llegaba al cerro Negro. Unos guías de andinismo conducían a los contingentes por senderos, que facilitaban el recorrido a lo largo de todo el sector iluminado por esa luz blanca, que al principio se confundió con el de la luna llena, pero ante el éxito de estas excursiones se terminó por confirmar que se trataba de una luz artificial proyectado por un "no se quién" desde algún punto alto de la montaña, con un equipo electrógeno de elevado voltaje. Cuentan que los turistas que alcanzaron a leer todo el texto de diálogo expuesto por el Lechomagnota en la montaña terminaron con la cabeza en estado de fiebre. Y no por estar alarmados ante la extraña situación, sino más bien por la cantidad interminable de estupideces que tuvieron que leer. Quizás por esto último es que la excursión al cerro Negro durante las lunas llenas terminaron siendo un fracaso para la empresa concesionaria del Trasandino. Pero más allá de este final anunciado, esto contribuyó a aumentar el misterio del Lechomagnota, hasta el punto de transformarlo en una leyenda, más allá de que el periodista chileno y su par argentino, Santiago Díaz Guerrero, algo tuvieron que ver con este hecho, ya que al poco tiempo se hicieron muy famosos con la instalación de una agencia de publicidad que proyectaba imágenes de anuncios en las laderas de los edificios. 
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A principios de 2010, el gremio del Ferrocarril decidió hacer un paro sin antecedentes en lo que respecta al Trasandino. Ante la insistencia del sector empresario para negociar, los gremialistas decidieron tomar una medida inédita en la historia de la negociación y las huelgas sindicales: por un lado, usar el tren para hacer tratativas todo el tiempo con los concesionarios del tren y mientras durase la misma, hacer un paro permanente en el vagón ocho. ¿Por qué en el vagón ocho? "A mi me dijeron que para abrochar un buen trato", deslizó irónicamente un portavoz sindical, pero lo concreto fue que se eligió ese compartimento porque allí residía el trabajador menos trabajador del tren. Olimpo Olarticoechea era un ciudadano español que vino a la Argentina a acompañar a su mujer, una mendocina que no le había ido bien en España cuando emigró en tiempos de la devaluación de 2001. Oriundo de Alicante e hincha del Levante, de vendedor de jamón crudo pasó a ser el encargado de proveer el carbón para el combustible del tren. Como esta herramienta de sustento de la velocidad había desaparecido décadas atrás, el gremialismo aprovechó este retraso de la legislación argentina para designar un empleado al cuete en un puesto que no tenía sentido, del modo que en la vida real, don Olimpo viajaba en el vagón ocho y su oficio consistía en no hacer nada, aunque en los papeles figurase como el carbonero o el encargado del mantenimiento del motor a carbón. Y como era español, caía muy bien en los empleados chilenos, por su buen sentido del humor. De allí fue que con el tiempo, el vagón ocho del Trasandino simplemente pasó a llamarse "el Vagón". En tanto, la huelga tuvo un éxito permanente porque en realidad don Olimpo nunca tuvo que trabajar para no trabajar y las negociaciones entre el sector empresario y gremialistas llevaron, en total, dieciocho viajes, con veinte cajas de seis botellas de Bianchi Cabernet Syrah. Si no fuera por el vino, admiten algunas malas lenguas, el conflicto pudo solucionarse antes.
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De Chile a la Argentina, la cena se servía tras cruzar la aduana del país de destino. De Argentina a Chile, en Uspallata. Aquí, lo que muchos esperaban era, además de la posibilidad de cenar en el mismo vagón, con una bandeja, al estilo colectivo, o bien, en el compartimento restaurante, que recreaba el viejo estilo, onda western, de la privacidad de esa gente de buen gusto y paciencia, que disfruta de piponearse durante dos horas, con cenas largas y copas extensas del mejor vino tinto de ambos países, era otra cosa, que no lo agregaré en este párrafo, ya que esta oración se hizo demasiada larga. 
Lo que muchos esperaban en las travesías desde Horcones hasta Uspallata -si venía de Chile- o de Uspallata hacia Horcones -si el pasajero se dirigía a Los Andes- era el raid de suspenso y aventura que recorría todo el techo del tren. Dicen que apenas terminada la cena, los niños empezaban a zapatear el piso y mientras se extendían las pantallas líquidas para la emisión del largometraje cinematográfico en cada vagón, un rápido y vertiginoso zapateo se oía venir desde los techos. Solía empezar en el último vagón y pasaba uno por uno, hasta el compartimento de los conductores del ferrocarril. La sensación de suspenso que se generaba allí era de tal envergadura que muchos pasajeros compraban sombreros de cowboys y estrellitas de comisario para decorarlas en sus remeras, camisas o camperas para la nieve. A eso de las 22.30, cuando empezaba el zapateo, los viajeros arrancaban un "olé, olé, olé" ensordecedor en cada vagón donde iba atravesando ese raid que transcurría en el techo. Inclusive se dice que las chicas adolescentes solían esperar ese momento para hacer con sus cuerpos y brazos la "ola" de las tribunas de fútbol. Cuentan que una vez, una dieciseisañera, algo excedida de kilogramos fuerza y de alcohol -ya que en el Trasandino no regía la Ley Seca- fue tan exagerada con la ola que con su movimiento voló y atravesó de un flechazo la pantalla líquida del cine y terminó con un fuerte porrazo en la puerta del baño de hombres, hecho que derivó en un final pícaro y de moraleja para su mala suerte: un llamado de atención en la cabeza dado por el bastón de roble fino de un anciano, que se estaba midiendo el azúcar en el baño. Tras ser denunciado por organizaciones de derechos humanos, el anciano diabético zafó tras afirmar que su intención fue probar los reflejos de la niña crecidita con un golpecito de bastón refinado en el marulo despeinado de la susodicha. La cuestión fue que en el Trasandino se convirtió en un clásico esa aventura enigmática que transcurría a las 22.30, ya sea en viaje de ida o de vuelta. Cuentan que tras fracasar en los castings para ser actor de películas del género western en Hollywood, Anthony Spins se tomó el desafío de ir al hemisferio sur para radicarse en algún lugar parecido al gran Cañón del Colorado. Como la guita se le acabó en pleno viaje del Trasandino, no le quedó otra que bajarse en Uspallata y no subirse más. Venía de Chile. Hasta allí llegaba tras viajar durante semanas en un barco comercial que partió en Los Angeles y su parada final fue Valparaíso. El actor traía su propia cámara y quería hacer un estudio cinematográfico en la precordillera argentina, pero dicen que al final se hizo amigo de un paisano que alquilaba caballos a turistas en Uspallata. Toda la guita para hacer el estudio se lo gastó en alquilar películas y DVDs westerns en el video de ese paisano, dicen. Lo que este hombre hacía, tras sacar la película por tres días -un día para verla y dos días para atravesar la montaña y así devolver el video-, era una recreación de los momentos más intensos que extraía de cada historia western que alquilaba. Y aprendió español con los subtitulados, dicen. Por eso hablaba como mexicano. Pero más allá de este insignificante detalle, Spins se dio el gusto de comprar e instalar en su rancho, internado a treinta kilómetros montañas adentro, hacia el oeste de Uspallata, un equipo de sonido solo comparable al de un boliche de Chacras, con el fin de recrear el momento de aventura al máximo. Por esta razón, dicen, los animales de la zona dormían alterados cada noche y muchos se despertaban de un tirón, creídos de haber sido blancos de un inexistente balazo. Clavicordio era un televidente de primera hora. Solía ver los anticipos de films a estrenar, que mostraba la video y se sintió muy identificado con el gato emblema de Cinemark. Por esta razón, Antonhy solía dejarle hígado adentro de un vaso de Coca Cola grande y de cartón, como el que usa el bicho de Cinemark en el spot institucional, que invita a los presentes en la sala a apagar el celular y a no hacer ruido. Por esas casualidades de la vida, el Trasandino cruzaba frente al rancho de Spins. El temblor generado por el paso del ferrocarril, en todos los santos días, generaba la caída del vaso de Coca Cola con hígado, del techo de lata del rancho al techo del primer vagón del tren. Cargado de estrés y advertido del caso, el gato Clavicordio dejaba que el coche se llevara su comida y recién pegaba el salto cuando llegaba el último vagón. Lo que le gustaba hacer a este bicho era perseguir al vaso de cartón de Coca Cola, que si bien estaba quieto, con la velocidad del tren parecía una suerte de ratón que huía de una persecusión del Western. Y como Clavicordio tenía que ser el héroe de la película, transpiraba la camiseta al sacudir velocidad desde el último vagón hasta el primero, donde finalmente cazaba al vaso con el hígado. Recién allí pegaba el salto para regresar al rancho, en una travesía de cinco kilómetros, que a veces lo hacía repitiendo la misma aventura con el tren que venía de vuelta.
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Otro invento del Lechomagnota, pero que con el tiempo se convirtió en una leyenda, fue la historia de las huellas perdidas de Charles Darwin en los caracoles chilenos. La misma se hizo famosa por un detalle sumamente ridículo, que fue la clave para que se ganase la credibilidad de los leyenderos y mitolólogos: en ese paraje cordillerano fue donde el científico lloró por primera vez en su vida. ¿Y por qué? Porque, dicen, que la cordillera -al igual que su teoría sobre la evolución del ser humano- venía en ascenso y esa abrupta bajada significaba la debacle "evolutiva" de la humanidad, desde su teoría. Y fueron tantas sus lágrimas que aún hay vestigios de las mismas en la laguna del centro de esquí Portillo -por más que se esmeren en afirmar que ese ojo de agua artificial no se hizo sólo con llantos. Es verdad que el científico evolucionista pasó unos cuatro años de su existencia por Argentina y que no le faltó tiempo para tomarse unos mates en Mendoza. Así lo comprueban las publicaciones periodísticas de la época. Pero la historia que aquí se construyó fue a partir de un supuesto paralelismo entre las hipótesis de Darwin sobre su teoría evolutiva y su grado de madurez desde el transcurso de su recorrido de la cordillera, a partir de lo que la naturaleza le mostraba. En este sentido, por ejemplo, el paisaje bonito, verdoso y microclimatoso de Chacras de Coria se vincula con el paraíso de la infancia. El paso de Cacheuta a Potrerillos representa la crisis de la adolescencia, porque el verde va desapareciendo, se comienza a apreciar el efecto de la altura y la naturaleza -en este caso, el hombre-, tiene que tomar las riendas de su vida por cuenta propia "para evolucionar". Uspallata representa el veranito nostálgico de los cincuenta años. Es la edad en que el adulto recupera rasgos de la adolescencia y llama por teléfono a los amigos que tenía registrado en la libretita telefónica de la secundaria. Desde lo natural, el fresco y el verde de ese paraje cordillerano reflejaba la bondad y revitalidad espiritual de esa edad. En tanto, el largo y tedioso trayecto que va desde Uspallata hasta el Cristo Redentor no es otra cosa más que el desgaste físico del hombre maduro y con experiencia, esto último, reflejado en la sabiduría de la belleza natural, como lo es Puente del Inca o el cerro Aconcagua que, sin dudas, desde esta perspectiva, una suerte de árbol de la sabiduría que concentra las máximas o las más altas respuestas de la vida. El mismo Cristo Redentor significa la sensación de cercanía del ser humano con el más allá, pero para que la teoría cumpliera su ciclo evolutivo, la misma tenía que atravesar toda la cordillera. Y fue así que la cosa se complicó con los caracoles chilenos. Allí, dice esta confusa leyenda, en un primer momento Darwin quedó despistado y luego esta sensación se transformó en una verdadera desilusión: todo lo construido en evolución se caía en picada. Y para cerrar la historia, fue en la laguna de Portillo donde el científico echó sus primeras lágrimas, que en la actualidad se mantienen congeladas en llaveros, que dan de comer a decenas de artesanos falsos. Costo muchísimo para que el gobierno argentino señalizara las huellas que dejó Darwin en su supuesta travesía de Mendoza hasta Portillo. El gobierno chileno desistió de hacer este iniciativa turística: es que desde el Pacífico costaba creer que el primer paraje de la teoría evolutiva fuera justamente el debacle evolutivo de la humanidad, no así desde el lado argentino, que dentro de todas las mentiras construidas, las mismas guardaban una respetuosa coherencia. Sin embargo, tras la crisis de la guerra en Irak y el cambio climático en el mundo, cada vez son más lo que se animan a creer que efectivamente Darwin tuvo sólidos fundamentos para formular la debacle de la humanidad, en el momento en que la historia ya había acumulado montañas de experiencias buenas y malas. Y que cuando se enteró de que en el futuro Hitler utilizaría su teoría evolutiva para explicar que los alemanes "eran más evolucionados" que los judíos, polacos y gitanos, como también de muchas cosas que ya pasaron y que aún no pasarán, el científico se sintió tan decepcionado con la humanidad, que no le alcanzaron las lágrimas para expresar su desencanto.
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Debido al éxito comercial del vino chileno respecto del argentino, logrado a lo largo de las últimas décadas, obligó a un replanteo de la fiesta máxima de Mendoza, que es la Vendimia. Si bien algunos psicoanalistas picarones llegaron a revelar que los sueños de las presidentes Bachellet y Kirchner eran ser reinas nacionales de la Vendimia, fueron ellas mismas la que tomaron la iniciativa de que la vendimia tuviera una fiesta que representara a todo el cono sur de América Latina. De este modo, grandes firmas chilenas como Concha y Toro, Trivento y otros, se pusieron con sus mejores promotoras y gerentas de marketing, con el fin de que la Vendimia también fuese chilena y el primer objetivo fue que la primera Reina Binacional de la Vendimia fuese chilena. Pero el reglamento que se aplicó impidió que empleadas y ejecutivas de grandes firmas bodegueras fuesen candidatas a reinas, salvo que representaran a algún distrito chileno y no a una empresa, como querían los empresarios. Y para que se pareciese un poco a la fiesta argentina, en donde las reinas surgen de distintas localidades de la provincia de Mendoza, las representantes chilenas serían candidatas de distintos puntos geográficos de la Quinta Región. Así fue que al poco tiempo el planillero se completó con las soberanas de La Ligua, Papudo, Viña del Mar, Valparaíso, Los Andes, Zapallar, Con Con y Las Condes, entre otros. En tanto, el director de cine Martin Scorsese fue contratado como director del Acto Central, a realizarse en el tren Trasandino, en una trayectoria que incluía la elección final de la reina en el túnel El Libertador. De este modo, la soberana binacional sería electa en el medio del túnel que divide Argentina y Chile. Por esta razón, lo más importante era que el evento se "democratizara" con una transmisión televisiva simultánea en ambos países, y lo mejor para ello era que la obra estuviera a cargo de un buen director de cine y no tanto de un maestro de obras teatrales. Los pasajeros de este viaje-fiesta serían los integrantes del jurado, los intendentes de toda la provincia de Mendoza y de la Quinta Región chilena, más invitados de renombre, como lo fueron en la primera edición los cantantes Ricky Martin, Julieta Venegas, Diego Torres, Chayanne, Shakyra, Paulina Rubio; los actores Ricardo Darín, Matt Damon, Jennifer Anniston, Mathew Perry, Pablo Echarri, Antonio Banderas, Rodrigo de la Serna, Sofía Gala y los deportistas Sebastián Torrico, Ronaldinho, Chicho Serna, Leonel Messi, Michael Schumacher, Tony Robredo, Rafa Nadal, David Nalbandian, Antony De Avila, Rafa Marquez, Fernando González, Luciana Aimar y Sebastián Porto. En tanto, el periodista y escritor Gabriel García Márquez fue invitado de honor para que hiciera una novela fantástica a partir de esta experiencia, pero en su lugar envió a un alumno de la Fundación Nuevo Periodismo, quien realizó una excelente crónica, que fue revisada y editada por el propio escritor colombiano. La Fiesta Binacional de la Vendimia duraría seis horas seguidas y la misma consistía en dos desfiles, llamados Carrusel -en el lado argentino-, la Vía Blanca -en los caracoles chilenos-, la Bendición de los Frutos -al inicio del viaje, en Argentina-, el Acto Central -desde Uspallata hasta Las Cuevas-, la elección de la reina -en el túnel Libertador y la gran fiesta de las reinas -desde el final de los caracoles hasta la ciudad de Los Andes. En cada vagón viajarían dos candidatas a reina binacional, una por cada país y solamente tenían autorización para cruzarse de un vagón a otro cuando se hicieran los desfiles o en el caso de ir al baño, hecho que generó muchas peleas en las reinas, ya que no alcanzó el vagón 19, destinado sólo para baño de mujeres. A las 18 del sábado 6 de marzo de 2010 arrancó la Primera Fiesta Binacional de la Vendimia. El motorista puso primera en la estación de Cacheuta y las primeras imágenes que empezaron a transmitir en forma simultánea los canales Telefé (Argentina), Televisión Nacional de Chile y Venevisión Bolivariana (Venezuela) se ubicaron en el vagón siete, donde viajaban las presidentes Bachellet y Kirchner. El multifacético Jorge Sosa hizo una poesía con triple sentido (humorístico, político y poético/tradicional) y luego el padre Aldo bendijo los racimos de uva en cada uno de los veintidos vagones que se destinaron para este evento. Las candidatas admitieron después haberse empapado con agua del curita y en la transmisión se alcanzó a oir un ruido de descalabro en uno de los últimos vagones. Periodistas de medios gráficos dijeron que fue una caja de champagne Chandon que se vino abajo en el vagón-bodega y por ello se generó una explosión, pero no de borrachera, como muchos malos intencionados de la comunicación escribieron en crónicas picaronas. En el vagón de más adelante iban el chofer, el maquinista y las reinas de Mendoza Capital y Santiago Capital, anfitrionas respectivas, que no participaban en la elección. Si bien ellas dijeron a la prensa que viajar allí, junto al calor de los motores, fue una falta de respeto, las crónicas picaronas se encargaron de demostrar, a través de la verdad o la mentira periodística, que tan mal no la pasaron: todas coinciden que las dos reinas viajaron en bikini en el techo del vagón delantero y se tomaron todo el sol que le quedaba al cielo hasta la noche. Tras cruzar el fuelle, hacia atrás, las reinas de Concepción y La Paz, anfitrionas del primer vagón, trataron de sacarse ventajas convenciendo al jurado de su enorme o mediana belleza física y cultural. Como la candidata chilena sabía hablar inglés -había egresado de la universidad y hacía un master en comercio exterior- se dio un tremendo discurso en inglés sobre la llegada del vino trasandino en los países desarrollados. Más tímida y casi derrotada por esta tremenda difierencia cultural, la de La Paz tuvo una idea explosiva: enseñar bailes típicos de la Mendoza nocturna, tales como la cumbia villera y el cuartetazo, a los miembros del jurado y visitantes ilustres. Esta gran diferencia cultural también se apreciaba en el segundo vagón, donde iban las reinas de Las Condes y Malargüe. Esta última, que estaba perdiendo influencia en el jurado por goleada, abrió la puerta que lo separaba del primer vagón y dejó entrar un compilado de la Mona Giménez, se paró en el primer asiento -donde iban los intendentes de Santiago y Malargüe, y también el actor Pablo Echarri- y empezó a bailar como Olivia Newton John en el clásico film "Grease". Dicen que por pedido especial del director Scorsese, la cantante Paulina Rubio se fue corriendo al segundo vagón, para calentar más la fiesta en los dos primeros compartimentos del tren. A raíz de esta actitud competitiva de las candidatas argentinas, sus pares chilenas "ordenaron" poner cada media hora, cuando se hacía el anuncio del tiempo y la temperatura, un audio con el famoso grito "Chi chi chi, le le le, viva Chi le". Si bien esto sirvió para afirmar la presencia chilena en el tren, muchos de los viajeros empezaron a sentirse molestos cada vez que la aguja del reloj pasaba el número doce o seis. Las hermosas reinas de Zapallar y Maipú iban en el tercer vagón. Con Con y Luján de Cuyo, en el cuarto. Los Andes y San Carlos, en el quinto y así sucesivamente, porque en total eran casi cuarenta diosas las que competían por el trono. En lo que respecta a la transmisión televisiva, ni bien arrancó se produjo un hecho que generó uno de los más altos puntos de rating en ambos países: luego de que el cura Aldo bendijera los frutos, una fuerte curva causó el derrumbamiento de todo el protocolo al piso, como si cada cuerpo fueran piezas de dominó. Cuando las molestias y las quejas empezaron a hacerse sentir, un burro con un piro en la cabeza atravesó ese vagón y casi pisa a los gobernadores de Los Andes, Mendoza, San Juan y Atacama. Scorsese había sugerido que la Bendición de los Frutos necesitaba la recreación de un escenario campestre. Como los caballos iban a ser destinados para el desfile de gauchos en el Carrusel, previó la aparición de cuatro ovejas, un burro y una vaca de la Rural de Buenos Aires. La curva, que se dio a la altura de Cacheuta, le produjo una ira a estos animales, pero fue el burro el que se despachó con todos. Así también volaron cámaras, camarógrafos y parte del vestuario de los actores del Acto Central. El burro finalmente se calmó en el segundo vagón, cuando "advirtió" -con esa palabra lo expresan las crónicas periodísticas- que todos los que viajaban en ese vagón tenían un piro más grande que el del burro propiamente dicho. En más, Mercurio de Chile publicó una foto de las cuatro reinas de los dos primeros vagones sentadas arriba del burro y saludando con pañuelo a los viajeros. Ni bien llegaron a Uspallata la transmisión tuvo un corte comercial de quince minutos, el tiempo necesario para preparar todo listo en el tren para que largara el Carrusel de las reinas. Tras esa pausa, la señal horaria produjo una ovación general tan ensordecedora que apenas tapó al de "Chi chi chi...". La idea era que el desfile completo se hiciera vagón por vagón, por lo que el espacio existente entre el asiento de la izquierda y el de la derecha era equivalente al de ambas veredas de una avenida mendocina para el desfile del sábado a la mañana. En ese espacio, medio metro en total, tenían que pasar los carros, que eran arrastrados por punteros políticos que iban en bicicleta. La dimensión de cada carro era del 70% del vagón y una princesa tenía que ir sentada detrás de la otra, en línea recta, hasta llegar a la reina. El carro más originial, según la crítica, fue la de San Rafael: era un racimo de uvas con sólo una línea de granos de uva y el resto, de uvas averiadas por las pedradas. En cada grano de uva viajaban una princesa. La idea fue representar la realidad de ese departamento mendocino: que cada año, en diciembre o enero, cae una pedrada que se lleva casi toda la cosecha, pero la columna vertebral de ese racimo aún conserva la belleza de la viña baja. Entre un carro y otro desfilaban los caballos con los gauchos, folcloristas y malabaristas del zanjón Cacique Guaymallén, que fueron los que más entretenieron a la gente. Para que un animal pudiera cruzar el fuelle tenía que bajar la cabeza y dicen que uno medio rebeldón se trepó al techo del quinto vagón y empezó a patalear. Más tarde se supo que lo trajeron del Festival de la Doma de Villa María y que ese bicho estaba excedido en estrés. Igual, la filmación de ese hecho casi policial -porque todos temieron por la vida del gaucho que montaba a ese azabache pirado corría peligro. En tanto, la nota policial la dio el carro de Santa Rosa, que tras una fuerte curva, cayó de plano al piso en el sexto vagón. Dicen que la reina de ese departamento mendocino aterrizó sobre las piernas del marido de la presidente argentina y eso le generó muchas peleas de pareja, luego de que los periodistas de CQC dieran a conocer todos los detalles de este papelón. En tanto que en un asiento atrás viajaba el embajador de Gran Bretaña en Argentina y sobre él cayó la chilena Mónica Aravena, reina de Con Con. Dicen que ella prácticamente no se movió de allí hasta el final del viaje, no tanto por la incómoda posición en que había caído, sino más bien en la fluida conversación, en inglés, que mantuvo con el embajador. "Como él no tenía ningún anillo en su mano izquierda, la reina le removió sus pestañas con su imponente mirada", tituló La Tercera, en la crónica que explicó el romance que se generó allí, a partir de ese momento. La realización del Carrusel en el tren resultó por demás dificultosa y para los que viajaban resultó casi una tortura, no así para quienes lo vieron por televisión, que según cuentan las planillas de IBOPE y demás encuestadoras, no pararon de reir. Entre tantas anécdotas divertidas, una de ellas fue la sandía que arrojó la reina de Lavalle en el último vagón y que se fue rodando hasta el primer vagón. En el camino se llevó por delante, entre otros, a una claqueta -que terminó hecha pedazos, a una princesa chilena que salía del baño de mujeres y a un caballo -que pegó un galope saltador en el sexto vagón tan, pero tan fuerte, que el jinete sufrió diez puntos de sutura en la cabeza por el porrazo que se pegó con el techo de ese vagón. Además, esa sandía fue una suerte de bola grande de bowling, que aplastó de un tiro al elegante carro de Las Condes, al punto de despeinar a la reina y sus princesas. Dicen que cuando esa sandía salió despedida del tren, en ese momento exacto el gato Clavicordio pegaba el salto al techo del último vagón para iniciar su habitual persecución al vasito de Coca Cola con hígado, por lo que el suspenso en ese tren siguió por largo rato. El Acto Central se hizo en el techo del tren y tuvo un final trágico cuando el vehículo cruzó el túnel que deriva en la localidad de Las Cuevas. Todo lo que había arriba se estampó en la pared de inicio del túnel. Cayeron cámaras, actores, luces, disfraces, equipos de música, bailarines y hasta fuegos artificiales. El saldo fue de dos muertos y lamentablemente ese fue el título de los diarios al día siguiente. Con el ánimo en el piso, el tren se detuvo en el paso Libertadores, para la elección de la reina, que fue tan pareja y competitiva, entre las representantes de Godoy Cruz y Zapallar, que esta última terminó siendo coronada primera Reina Binacional de la Vendimia. Sus primeras declaraciones fueron en inglés y eso cayó muy mal, en especial, a los gauchos que habían desfilado en el Carrusel. Luego, la celebración consistió en la realización de la Vía Blanca, con la recién electa, en el descenso de los caracoles chilenos. Los carros volvieron a desfilar y esta vez se produjo una suerte de choque en cadena: el carro de General Alvear, que cerraba el desfile, se llevó por delante al de Las Condes y así, como si fueran piezas de dominó, cada princesa y reina fueron cayendo al suelo de los pasadizos o a los asientos ocupados. Dicen que la hermosa reina de Coquimbo cayó sobre las piernas de David Nalbandián y Rafa Nadal, y desde ese momento es que ambos tenistas ni se miran la cara, en tanto que el intendente de Tupungato salía del baño y ante sus pies cayó una mujer, a la que confundió con Jennifer Anniston, pero que era la reina de Las Heras. La Segunda Fiesta Binacional de la Vendimia también se hizo sobre el Trasandino, pero esta vez no se eligió a un director de cine muy exigente con las cuestiones coreográficas y artísticas, y todo se hizo con mayor prudencia y cautela adentro de cada tren. Tanto Carrusel, Vía Blanca, Bendición de Frutos y Acto Central fueron más breves y cautos. El tren no cargó con pasajeros y animales en exceso y esa vez, si bien también resultó muy accidentada como la primera versión, no hubo heridos graves ni víctimas por lamentar.
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Sonreía como Robert De Niro. Caminaba como el Pingüino del film Batman, interpretado por Danny De Vito. Su piel era chocolate helado y su escasa cabellera rubia caía como destellos de nieve grisácea. Sus opiniones contrastaban como el agua y el aceite, como las tijeras con dientes de Bull Dog y las tijeras lisas, y el viejo gel marca Glostora, color celeste y las modernas espumas fijadoras. Le gustaba hablar muy mal el español, aunque aseguran que Rud Van Scoba Pelo hablaba muy bien el español, sobre todo, tras radicarse en Chile, luego de aquella final entre Argentina y Holanda, por el Mundial de Fútbol de 1978. Dicen que cuando salió, triste, del estadio de River Plate sólo tenía trescientos dólares. "Come back Holland or goint to go to Chile, po". Hizo caso de la segunda opción y al mes asistía a todos los partidos del Audax Italiano. Cuando se bajó del colectivo en la aduana chilena, compró El Mercurio, alcanzó a entender que necesitaban un empleado para una peluquería en Santiago y allí apostó toda su vida, a tal punto que nunca más regresó a Holanda. "¿Para qué, si mi alma reside en esta maravillosa palta?", se dijo mientras degustaba un pancho con la sabrosa verdura verde, tras cobrar su primer jornal. Con el tiempo se hizo peluquero y por ser europeo se ganó un respeto enviadiable en la comunidad trasandina. No era el típico holandés alto y rubio. Es que su familia de origen es de Africa y de allí emigró a Holanda. Cuando le consultan de qué país africano nació su familia, Van Scoba Pelo pronunciaba dos palabras absolutamente inentendibles en cualquier tipo de fonética, pero muchos cercanos creen que sería una nación fronteriza a Ghana, como lo son Emphate y ...sin comentarios, si no se entendió no intentemos construir una respuesta verosímil. Será porque quizás aprendió primero el inglés que el holandés, que Rud Van Scoba Pelo se convirtió en el primer peluquero del tren Trasandino. Hacía su recorrido junto al Duty Free en los vagones de primera clase. Iba vestido de blanco, con una tijerita y una bandejita de metal espejado en sus manos. Si su primer cliente fue un perro caniche, quizás la razón fue que nadie creyó en su vida que un peluquero golondrina trabajaría de su oficio en un tren internacional. Con los turistas argentinos hablaba de fútbol. Con los chilenos, de las hermosas mujeres argentinas. Y cuando aparecía la esposa de algún marido con lengua picarona su piel adquiría el color del ají chileno y su lengua se ponía más picante que nunca. Al fin y al cabo, ese aire a De Niro lo salvó de muchos griteríos y en esas ocasiones prefería hablar de fútbol español con los clientes argentinos, que de fútbol saben "de todo un poco". Anécdotas de Rud hay de sobra. Dicen que una vez se quedó dormido, pero sus manos siguieron trabajando y así dejó pelado a una hermosa dama, que terminó siendo un travesti listo para iniciar los servicios militares. Dicen que al travesti le agarró un ataque de locura y solució en forma provisoria la metida de pata del peluquero holandés luego de que tiñiera de rubio unos tallarines integrales de cabellos de ángel. Cuentan que cuando apareció en el comedor vip del Trasandino con sus flamantes cabellos, un nene malcriado y con la panza vacía, se bajó un plato entero de fideos provenientes de su cabeza, por lo que volvió a ser un pelado colimba. En otra ocasión atendió a una enamorada frustrada del vagón dieciséis, que le pidió cortarle el cabello pelo por pelo, como modo de desojar una margarita en la cabeza, para saber si la suerte la acompañaba con un pretendiente del segundo vagón, que había conocido en el compartimiento cine. Ese estúpido corte de cabello le llevó cuatro horas y fue muy trabajoso, pero de buena onda no le cobró nada y le aseguró a la muchacha que su corazón conquistaría al del pasajero misterioso. Y lo logró luego de atender a este pasajero, dejarle toda la cabeza rapada salvo la figura de un corazón de pelo en donde iría la pelada de obispo. La furia y la vergüenza propia de ese pasajero fue atenuada gracias a la simpatía y contención brindada por la enamoradiza, cuando le aseguró que ese corazón dibujado con pelo en la pelada era obra del destino, que desde ese momento en adelante los uniría para siempre. Otro caso fue el de la señora con las uñas largas, que cada vez que se sacaba los zoquetes molestaba al que iba sentado adelante por sus puntadas sin querer queriendo. Al principio se resistió, pero Van Scoba Pelo le insistió que con uñas largas de un metro corría peligro de muerte si se subía rápido a un tren subterráneo o bien, que podría ocasionar un cortocircuito en el sistema, si lograse ingresar a un vagón repleto hasta el moño, se ubicara junto a la puerta para salir más rápido, pero esa puerta jamás se cerraría por culpa de esas ridículas uñas de espada de esgrima. Dicen que una sola vez en la vida necesitó cortar con serrucho y no con tijeras y fue, justamente, con esa señora, porque las tijeras apenas cortaban las puntitas de las uñas XXL. Cuentan que una vez lo sancionaron porque lo agarraron podando ramitas secas desde el techo del tren, a la altura del dique Potrerillos, con las mismas tijeras de su peluquería ambulante. Su excusa fue que quiso rescatar una mora porque tenía un tremendo antojo con los frutos del bosque. Era tan, pero tan peluquero que todo el mundo se asustó cuando confesó haberle "cortado el rostro a una mujer" que intentaba seducirlo. Rud estaba casado con una mucama del Trasandino y cada dos por tres pasaba, cargada de frazadas y ropas sucias, frente a él para recordarle cómo estaba marcada la cancha. Rosita se llamaba la señora y fue una pasajera argentina quien la contuvo cuando tuvo que soportar un papelón con la mujer de un turista chileno, por eso de hablar de las mujeres argentinas, con el vaso de leche recontracocinándose en el microondas. Luego, como ella tenía muchos conocimientos de fútbol, las horas libres de diálogo, luego condimentado con mates y medialunas, crecieron en progresión geométrica y cuando los dos cayeron a la realidad ya habían dado el "sí" en el altar un mes atrás. Si bien Rud nunca fue un talentoso con la tijera, su fama se extendió en los países trasandinos y por ello toda dama de la alta sociedad anhelaba viajar en el Trasandino para ser retocada por el peluquero holandés. Así llegó a atender a celebridades tales como Emmanuel Calvo, Ginneth Paltrow, Judie Law y las mismísimas presidentes Kirchner y Bachellet, entre otras.
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Dicen que el mundo está repleto de argentinos, pero también está colmado de chilenos que se unen para gritar a lo nazi "Chi chi chi, le le le, vi-va-Chi-le". En los primeros tiempos, el Trasandino subía hasta el Cristo Redentor. El ascenso desde Las Cuevas podía durar entre dos y cinco horas. Inclusive dicen que era mejor subir caminando que en tren. Lo mismo sucedía del lado chileno...hasta que crearon el super globo aerostático Libertador O' Higgins. Esto era así: el tren apenas finalizaba el ascenso de los caracoles, perdía toda su energía. Un segundo ascenso de carácter abrupto resultó ser imposible para los ingenieros que evaluaron el caso. Entonces pasaron de la hipótesis a la realidad cuando un pisco encendió la lamparita de un agente de la policía caminera, que dijo que la única forma cruzar la montañota que divide Chile de Argentina era a través de un globo. Por tratados internacionales, ese globo no podía cruzar la frontera, por lo que tenía que hacer su última escala en el monumento al Cristo Redentor. El diámetro de ese globo medía un kilómetro de diámetro. Mucho no se habló de ello porque quizás en 1890 los periodistas no se animaban a creer en semejante burrada, pero lo concreto fue que un gigantesco globo de gas fue el que transportó al tren, desde Portillo hasta el Cristo Redentor. Allí volvía a insertarse en las vías e iniciaba un descenso al mejor estilo montaña rusa. Si bien no hay datos concretos del tiempo que duró esta obra, ya que por decisión de ambos países se decidió mantener en secreto, la única prueba que deja como testimonio en el presente de que ese superglobo existió surge como resultado de la siguiente anécdota: Una tarde corría un fuerte viento de norte a sur. El globo empezó a elevarse y como se dudaba su facilidad para cruzar la frontera, se le encargó al maquinista del Trasandino de esa época, un hombre que al parecer era algo tartamudo, que ordenara gritar a los viajeros cada vez que el globo pasaba el hito de la frontera, es decir, el cartelito de madera situado en la cumbre de ese montañón que indica el punto exacto delimitatorio. Si el globo cruzaba un metro para Argentina, ahí nomás todo el contigente tenía que gritar "¡Chile, Chile, Chile!" para avisar a la estación Cristo Redentor que el tren se había despistado sin querer hacia el otro país y tenía que volver, diciendo ¡Chile! como queriendo decir ¡Volvamos a Chile!, por lo que convenía sujetar de una cadena a la base del ferrocarril para así empujar al transporte a su posición chilena. De este modo, reiteradas veces fueron las que este obrero con lengua dificultosa tuvo que gritar desesperadamente ¡Chile! ¡Chile! para que el tren en el aire regresara a Chile. Lo que los pasajeros oían textualmente era ¡Chi chi chi, le le le, chi chi chi, le le le, chi chi chi, le le le! y para cortar de un respiro este llamado a volver a su patria, remataba la frase, diciendo de un tirón ¡Vi-va-Chi-le! Todos los días, a las 16.00, cuando en Cristo Redentor se oía desde lo lejano el "Chi chi chi, le le le, vi-va-chi-le", los pasajeros que aguardaban en esa estación empezaban a hacer la cola para subir al tren, que estaba arribando en globo. Luego, al aterrizar, el globo era desinflado y llevado nuevamente hasta los caracoles. En tanto que a los pasajeros, por cierto muy extenuados por esta suerte de aventura dentro del viaje, se le servía una copa grande de pisco chileno para recuperar la garganta desgastada por esos gritos pelados, que en promedio duraban entre veinte y cuarenta minutos. Hubo un caso de un señor que se le agravó la demencia señil en ese momento del viaje y desde ese momento las únicas palabras que pronuncia son "Chi chi chi, le le le, vi-va-chi-le". De hecho que todo su rica fortuna fue donada al gobierno, en tiempos de Frei, porque sólo había escrito en el testamento la frase creada por el maquinista con esa lengua con remate impreciso.
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Ya lo habían visto en el pedemonte mendocino, en la zona de El Challao, pero al parecer no era el único. Este ser canino, de raza cruza, rengueaba y avanzaba a paso cansino. Dicen que nunca lo vieron detenerse y que iba para Chile o para Mendoza en forma constante. Solían avistarlo en Puente del Inca y muchas niñas pasajeras sentían pena y compasión. Inclusive, a veces el tren se detenía exclusivamente para tirarle unos huesos, porque al fin y al cabo se había hecho amigo y era como un pasajero más. Vivió muchos años, aunque algunos dicen que el de la actualidad es su hijo u otro descendiente, porque este choco pudo haber sido cruzado con varias perras de la alta montaña. También se lo ha visto en Potrerillos, aunque nunca tomando agua en Uspallata. En más, dicen que una vez un hombre lo rescató en plena zona nevada, cuando el tren iba hacia Mendoza, y lo dejó en Uspallata, para que se alimentara bien y llenara la cantimplora estomacal con líquido dulce: no sirvió de nada, como absorbido por el aire seco, este perro sin nombre siguió avanzando hacia el Este. Según estadísticas llegó a cruzar el Cristo Redentor unas diez veces y el túnel Libertadores unas treinta veces, en total. Lo que no se sabe es en cuánto tiempo hace lo que el tren realiza en seis horas. El perro de Forrest Gump llegó a convertirse en el principal atractivo de los niños que viajan en el Trasandino y cuando este último advierte su presencia echa un bocinazo hasta las altas cumbres para que los chicos saquen las manos por las ventanas para saludar al infatigable animal.
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La música popular lo predijo como una leyenda cuando en el verano del 2007 sonaba en todas las radios. En esos tiempos, en que regía la Ley Seca en Mendoza y los boliches del Western cerraban antes del amanecer, esa canción quebraba la ebriedad y el equilibrio emocional, a tal punto que en el inconsciente colectivo sonaba como una canción de protesta al progreso de la humanidad. Tal vez, movido por el espíritu marketinero que recibió durante sus estudios en la Universidad de Congreso, Eleodoro Pinto Segura decidió instalar -esta vez, para siempre- una fábrica de chocolates en la localidad fronteriza de Las Cuevas. Allí, en la década de los ochenta, hubo intentos de fábricas parecidas, pero si bien el clima frío ayudaba a mantener el bocado afrodisíaco en buen estado físico y bromatológico, desde los números el producto se derritió muy rápido. Por esta razón, para que el nuevo sueño arrancara con todo, Pinto Segura puso primera a fondo y apostó su inteligencia marketinera en un nombre de marca que fijara una ventaja comparativa de entrada: El Bombón Asesino. Así se llamaría su emprendimiento. Eleodoro Pinto Segura fue el empresario mendocino del año 2011 ya que en el año de la inauguración, su fábrica hizo resucitar a un pueblo abandonado, como lo era Las Cuevas. Allí habían cien obreros, todos recién egresados del penal de Cacheuta, que decidieron rehacer sus vidas en las montañas, con un espíritu bohemio similar al que convive en El Bolsón, Río Negro. Gracias a El Bombón Asesino, Las Cuevas se había transformado en un pueblo vivo, laborioso y lleno de arte, esto último, un plus que surgió como consecuencia del espíritu de la obra emprendida allí: muchos pintores y artesanos que en Mendoza apenas sobrevivían recibieron viviendas gratuitas en el pueblo fronterizo, a cambio de que limpiaran las calles y animaran a sus visitantes como guía turísticos. Además se le encargó la construcción de una estación de tren "artesanal" con una exposición permanente de obras de arte, que reflejaran el espíritu de unidad argentino-chilena del Cristo Redentor. Esto último hizo que muchos artesanos chilenos -en especial, escultores- también se instalaran en Las Cuevas, para vivir de su arte. Con el tiempo, la firma Concha y Toro abrió su propia fábrica de "pisco acaramelado", que con el tiempo se convirtió en una bebida medicinal para ancianos que sufren vértigo y para escaladores diabéticos. Además, el pisco acaramelado resultó ser un éxito comercial en los niños, por lo que se tuvo que abrir un laboratorio especial para quitar el alcohol como componente principal de la bebida. Tras el acuerdo entre Pinto Segura y la firma bodeguera, se convino comercializar el "Bombón Asesino Pisco Boy", en su versión free alcohol, para niños y soft alcohol, como energizante afrodisíaco. Esta última se convirtió en la bebida del momento para los recién casados y se consumía a rolete en los principales centros turísticos destinados a la Luna de Miel, como Bariloche, Mar del Plata, Iguazú, Buzios, Florianópolis, Isla Margarita, Cancún, Puerto Vallarta y Polinesia, entre otros. De trescientos habitantes, Las Cuevas pasó a tener once mil, por lo que se tuvo que rehacer el diseño urbano, que gracias al aporte de los artesanos tuvo su carácter particular, al convertirse este pueblo en la primera ciudad del mundo en donde todas sus calles eran peatonales, con muñecos de nieve y "puestos de chocolate", como se le decía a los pequeños cafés donde sólo se servía chocolate. Con esto se logró globalizar la postal de Las Cuevas en todo el mundo y también se convirtió en un destino de moda para los recién casados, porque la política urbana se caracterizó por la unidad romántica, reflejada en los nombres de las calles -algunos de ellos eran "Primer beso", "Te conozco desde siempre", "Mi vida", "Te quiero", "Mi bomboncito", "Cosquillitas en tu corazón", "Rascame la espalda" y "Hagamos el amor"- y en los reflectores urbanos, que tenían forma de flechazos en el corazón e iluminaban toda la ciudad. De este modo, el viaje en el Trasandino cobró importancia ya que la última y a la vez, primera parada de Argentina mostraba una imagen optismista, romántica y por cierto, muy dulce, de un país caracterizado por los permanentes tragos amargos.
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Muchos viajeros quedaban despistados cuando cada guía de vagón daba su propia versión sobre el origen del nombre "Puente del Inca". Esto produjo una serie de alucinaciones a pasajeros poco acostumbrados a la altura, que tras escuchar la mentira contada desde muchos puntos de vistas, la imagen acústica resumía las cien palabras en una figura emblemática: estamos hablando del indio poeta. Y en esto coincidía tanto los pasajeros afiebrados del primer vagón como los del último compartimento. Según una recolección de varios testimonios, hecho por terapeutas contratados para un estudio científico de esta problemática, el informe reveló que cada vez que el tren cruzaba frente a Puente del Inca, un semblante verde y tridimensional, parecido al Patoruzú de Quinterno, evocaba con sus brazos abiertos a las nubes y si bien no hay precisión de lo que decía con sus labios -tampoco nunca se escuchó nada-, todo parecía indicar que estaba orando o recitando un poema a la Madre Naturaleza. Por tratarse de un hecho que pudiera desprestigiar al Trasandino, ya que de chamuyarse en forma pública este asunto, quizás se perderían muchos turistas con mal de alturas, se prefirió mantener en secreto este informe sobre alucinaciones. Al parecer, lo que todos veían era un indio sencillo, con una vestimenta coherente y familiar, a la vez muy rico en texturas, de un misterioso color verde -como el de los marcianitos que alguna vez se detectaron en esa zona y que dio origen al nombre del grupo de rock Los Enanitos Verdes-, con una lanza en cuya punta exponía un dorado, listo para ser devorado, y con un pequeño papiro, parecido a una libretita telefónica, hecha con una piedra marmolada, en la que al parecer contenía un sinnúmero de palabras que conectaban el espíritu de este hombre con la naturaleza. Con el tiempo nadie pudo evitar hablar del "famoso" indio poeta y cada vez que el tren pasa por Puente del Inca, todos intentan capturar, al menos, desde el ensueño, la figura emblemática de esa figura de la que mucho se habló y poco se vio.
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Argentina y Chile buscaron estrechar sus relaciones a través del Trasandino. Para ello, un maquinista, fanático del Tomba, sugirió una idea que al poco tiempo fue aprobado por el Poder Ejecutivo de Mendoza y la intendencia de Los Andes. El espíritu de esta iniciativa se caracterizó por la transparencia y la pureza de sus intenciones, pero la viveza criolla, inventada dos siglos antes en Argentina e importada por los turistas chilenos a su país de origen desde que Mendoza se puso de moda como polo turístico casi echó a perder el proyecto de hermandad, que llevó el efímero nombre de "Intercambio de pasiones". Como el trámite en la aduana argentina de Horcones duraba una eternidad, muchos viajeros solían aprovechar ese momento para esconder la basura debajo de la alfombra, es decir, los cigarrillos, latas de cerveza y otros, que como consecuencia del gran avance de la conciencia ecológica, registrada en los últimos tiempos, se había impuesto en los dos países. Si bien el Trasandino que iba para Chile ofrecía como espectáculo a un cómico chileno contando chistes sobre cómo los argentinos son burocráticos en los trámites aduaneros y en el tren que viajaba a la Argentina, dos chicas ganadoras del programa Operación Triunfo ofrecían un concierto de hermandad a capella, hacía falta poner en práctica la iniciativa del maquinista para marginar definitivamente el mal humor de los viajantes y turistas. Pantallas gigantes se instalaron en todo el complejo aduanero. La primera impresión lo decía todo: "no entiendo nada". La segunda impresión mostraba el sabor del primer bocado: "esto se ve copado, dejame ver un poquito más". Por último, la tercera impresión definía la sentencia: "¡buenísimoo!". Cuando el tren llegaba a Horcones, al descender los pasajeros debían entregar los documentos y papeles correspondientes, y a cambio recibían una camiseta de fútbol del mismo color. Si venían de Argentina era blanquiceleste y si viajaban para este último país, era la Roja. La condición impuesta por el despachante de Aduanas de turno era que tras realizar los trámites, cada pasajero volvería a recibir la documentación entregada si ellos devolvían una camiseta, pero del bando contrario al que se les entregó. Es decir, si se viajaba a Chile, el pasajero recibía la blanquiceleste y debía entregar la Roja para recuperar los documentos. Y si el destino era Argentina, al bajarse del tren se recibía la Roja y luego devolver la blanquiceleste, para así finalizar los trámites aduaneros. ¿Para qué esta acción ridícula, que en sí parecía complicar más los trámites aduaneros? Para que el pasajero ingresara al único baño de hombres y mujeres del complejo e intercambiara su camiseta con otra persona que viniese del otro país, como modo de establecer un vínculo de hermandad. Así de simple. La arquitectura del baño era de un pasillo circular, que parecía infinito. A sus costados, pequeños habitáculos, con los cartelitos del sexo en forma intercalada. Si uno iba al de hombres, tenía que ingresar al pasillo circular, avanzar hacia una puerta con el dibujito del hombre, golpear primero para verificar que no esté ocupado y así sucesivamente, hasta encontrar un habitáculo libre. Cada uno de estos pequeños espacios tenía un inodoro con papel higiénico y cadena. En tanto, lo necesario para lavarse las manos, se hallaba en un amplio espacio situado en el ingreso de este megabaño circular, en donde cincuenta grifos con jaboneras líquidas, bajo un espejo extenso, permitía a los pasajeros no sólo lavarse las manos, sino también establecer un diálogo, si había onda tras hacer el intercambio de camisetas. De hecho que para facilitar esta acción, en vez de máquinas que repartieran condones -como los hay en los baños de las rutas argentinas-, en ese megasanitario al menos habían unas cinco máquinas de hacer café. De este modo, mientras los agentes aduaneros hacían el tramiterío, que a veces se extendía más de lo previsto, los pasajeros llevaban a cabo el intercambio de camisetas en el baño único de la Aduana. Con el tiempo, muchos solitarios comenzaron a viajar en el Trasandino para pescar corazones en oferta en el baño de la aduana. Otros aprovechaban el amplio espacio sólo para caminar y estirar las piernas y, desinteresados de cumplir con este requisito del marketing del turismo, llevaban en sus bolsos una camiseta del bando contrario, para así evitar el papelón de tener que sacarse la prenda delante de un desconocido. Por culpa de quienes buscaban corazones en oferta, muchos viajes sufrían retrasos de hasta una hora, porque el corazón que abrochaban viajaba en el tren que iba al destino contrario, por lo tanto tenía que asegurarse que en el corto plazo la madera adquiriese suficiente solidez y firmeza para que no sea cortada por un serrucho, conseguido a primera vista. En los pasillos, a modo de Gran Hermano, habían cámaras con pequeños micrófonos, con sorprendente capacidad de audio. Los agentes aduaneros y los que recién llegaban podían ver qué cosas sucedían allí adentro y empezar a detectar la presa de caza. Por ejemplo, si el objetivo era conseguir una camiseta roja y había una chilena potable con la misma, a la espera de una blanquiceleste, el portador de la blanquiceleste recién llegado podía ir directo a su presa, con su teléfono y su tarjeta personal en manos, para llevarse la Roja, rociada con el perfume del sudor de la susodicha y con el plus agregado de su número de teléfono celular y correo electrónico. De hecho que muchos viajeros picarones comenzaron a usar marcadores negros en los bolsillos para escribir sobre sus camisetas la dirección de email, aunque mucho no sirvió, porque el agente aduanero -salvo que se le abonara una saludable coima-, tenía la obligación de recibir la camiseta para así devolver la documentación. Debido a denuncias impertinentes, este programa de intercambio estuvo por suspenderse en varias ocasiones por las imágenes no aptas para menores que en ciertas situaciones de apuro solían mostrar las cámaras picaronas, a través de las pantallonas. Este tipo de inconvenientes se fueron solucionando con acciones sobre el pucho, como lo fue la suspensión del programa para menores de 14 años. Sin embargo, gracias al intercambio de camisetas, se fortaleció la predisposición para encarar amistad con la comunidad trasandina y de paso, se derrumbaron muchos mitos acerca de quién es más linda y quién no, según el país que venga. De hecho que al año de implementarse este proyecto, la empresa Sony Enterteinment firmó un acuerdo para emitir en directo, para las señales de cable de todo Latinoamérica, las historias construidas en vivo y en directo adentro de los megasanitarios circulares.
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Debido al chocolate y pisco para niño "El Bombón Asesino", la comunidad de Las Cuevas, dentro de su etapa de cambios por crecimiento, el deporte de a poco se fue asentando como estilo de vida. Y por tratarse de un lugar muy particular por su carácter artesano, es que el "balón de altura" se convirtió en la actividad deportiva más popular; de hecho, mucho más que el fútbol, tenis o basquetball. Y en este sentido, el Trasandino fue clave para el éxito de este nuevo y molesto deporte. El arco que da inicio al ascenso al Cristo Redentor pasó de ser hostel a enorme playa de estacionamiento. Allí había "puestos de pelotazos". Se trataban de bastones con leve altura, que prácticamente sostenían en el aire a toda la pelota de fútbol -aclaremos que el término balón lo usamos para el fútbol, en este caso- Todas se orientaban hacia el oeste, que en este caso significaba el enorme paredón de montañas que separaba Argentina y Chile. Este deporte era parecido al martillo del atletismo, en el sentido que el jugador, en vez de lanzar la bocha metálica lo más lejos posible y ganar puntos de acuerdo a la distancia lograda, en este caso, el deportista tenía que pegarle de puntín bien abajo de la pelota, para que la misma volara a la máxima altura posible y con la mayor potencia que se le pueda dar. Como a esa altura "la pelota dobla" -así lo dijo alguna vez Daniel Passarella cuando fue técnico de la selección argentina-, el balón es más liviano y puede ir tan lejos, hasta el punto de cruzar la frontera por arriba. Luego, en el descenso, iría picando y adquiriendo velocidad en la otra cara del cerro limístrofe, hasta llegar en un momento a detenerse. De este modo, el balón que llegara más lejos resultaría la ganadora del juego. Y como cruzar la frontera para buscar la pelota en sí era un lío, nada mejor que esperar al Trasandino de vuelta para que traiga la pelota. Por esta razón, el tren se convirtió también en un recolector de pelotas. La particularidad de este juego fue que para que el balón tuviera mejor visual, nada mejor que los disparos se hicieran de noche, con pelotas fosforescentes e iluminadas. Ver volar en el cielo a una pelota de ese modo resultó ser un atractivo para toda la creciente villa de Las Cuevas. Cuando se disputó por primera vez este juego, se patearon sólo ocho pelotas. Seis rebotaron en el camino de ascenso al Cristo Redentor y las dos restantes pasaron a Chile. Una de ellas bajó picando por los caracoles y terminó mojada y detenida en el lago del dique Portillo, en tanto que la otra siguió bajando y rodó hasta unos quince kilómetros de la localidad de Los Andes. Este deporte alcanzó mucha popularidad como también admirables niveles de escándalos, como lo fue cuando una vez bajó un balón a 9,8 metros por segundo y rompió los cristales del techo principal del complejo aduanero Los Libertadores o bien, cuando el balón siguió el recorrido de la ruta, por el lado chileno, y un perro fulbolero empezó a corretear detrás de ella, y junto a él se prendieron una docena de perros callejeros, que se las tuvieron que ver cuando encararon a un contingente de camiones de carga pesada, que se dirigía a la Argentina. Inclusive, se oyó decir por parte del Lechomagnota chileno que una vez un balón rompió un vidrio de una humilde vivienda, cercana a Los Andes.
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La industria creada por Eleodoro Pinto Segura en Las Cuevas tuvo su contrapartida en las capitales de Mendoza y la Quinta Región chilena. El boom chocolatero de El Bombón Asesino generó una fuerte reacción por parte de la competencia. Y su mayor adversario fue el célebre Topoyiyo, devenido en empresario, tras sus años de oro en la década de los setenta. El Topoyiyo era el único empresario disfrazado que existía en el mundo. Nunca dio la cara ni su verdadero nombre. Todos sabían que usaba bastón para caminar y que dentro de su inmensa máscara ocultaba un sistema de ventilación, basado en oxígeno, que hacía las veces de pulmotor, cuando el empresario estaba agitado. En tanto, su voz tampoco era la auténtica del empresario, ya que en su garganta tenía instalado un aparatito, made in Japan, que transformaba la fonética canosa y señil en la famosa voz de aquel personaje de los niños, que deslumbró la televisión en sus mejores momentos. Luego de que el empresario infantil lanzara con éxito en el Parque San Martín el famoso tren de chocolate, evocando así a un disco inolvidable que aún figura en Internet, si entrás a Google y ponés en el buscador "tren chocolate Topoyiyo", esta vez su objetivo comercial lo marcó un giro de altura: hacer que el tren de chocolate recorriera la Cordillera como una suerte de excursión para niños, e inclusive ofrecer el servicio de hacer los papeles aduaneros a domicilio para los menores que tenían que cruzar la frontera, cuando tenían que viajar sin los padres. Para ello, Topoyiyo Inc -así se llamaba el emprendimiento- disponía de trabajadoras sociales que visitaban a los padres de los niños, los entrevistaban y les confeccionaba el certificado de autorización, luego lo confirmaban en la oficina de Migraciones, se hacían cargo del niño y sus equipajes durante el viaje y al llegar a Chile, los dejaban en el domicilio de destino, para así garantizarle absoluta tranquilidad a sus padres. El emprendimiento resultó un éxito, aunque fue muy criticado por organizaciones sociales vinculados a la familia, ya que este servicio era muy usado por empresarios que se la pasaban de viajes de negocios, mientras sus mujeres aprovechaban ese tiempito libre para un fin de semana de spa en el Hyatt u Hotel Cacheuta. El reclamo era lógico: la imagen del Topoyiyo, vinculado con la infancia feliz y en familia, actuaba como un agente que dividía a la familia, al facilitar la ausencia de comunicación entre los padres y sus hijos menores. Por esta razón, ante el boom comercial del lanzamiento del Trasandino de Chocolate -así se llamaba este trencito del Topoyiyo-, la empresa Trasandino contraatacó con un paquete de turismo familiar, que incluía sabrosos descuentos para los menores de seis años, siempre que fueran acompañado de sus padres. Lo que nunca se supo fue cómo funcionó el Trasandino de Chocolate, ya que si un motor caliente producía chocolate caliente, entonces los compartimentos se derretían. Seguramente funcionó con gas natural comprimido o vehicular. Los vagones, por cierto, eran pequeños y con techo desplegables, por lo que ofrecía el atractivo de ver toda la montaña, si el día era caluroso. Y de paso, se evitaba que el techo se derritiera de calor, aunque todos los niños pipones que viajaban en lo único que soñaban era en bajarse todo el chocolate posible. Si el día era frío, un doble techo cubría cada vagón: el primero, constituido por masa de alfajor con chocolate en rama, para que cada pasajero pudiera arrancarlo a su gusto y devorarlo, en tanto que el segundo techo, bastante más elevado, tenía las características estándar según las normas de calidad ISO 2000. Aún así, a veces surgían problemas tales como el derritimiento del techo de chocolate si la calefacción era excesiva o la caída de chocolate en rama si llovía mucho. Y como los trozos de chocolate en rama eran realmente de dimensión admirable, cuentan que una vez un pequeño de tres años se quebró el dedo meñique con un chocolate en rama que le cayó derecho del techo y que terminó en la panzota de su compañerito de asiento. El Trasandino de Chocolate apenas duró tres años y sus viajes a Chile lo realizaban cada sábado. También tardaba de seis a ocho horas en total. Como usaba las mismas vías que el Trasandino normal, solía partir una hora más tarde que este último, para que no produjera molestias en el viaje, en caso de que se quedara sin GNC en el camino u otro caso que hiciera retrasar el viaje. Por cierto que si la situación era al revés, es decir, que el Trasandino convencional se quedara un rato en las vías, ya sea para darle unos huesos al perro de Forrest Gump, para sacar fotos al inexistente indio poeta o bien, para darse una vuelta en el Aconcagua Disney National Park, el que quedaba haciendo cola era el trencito del Topoyiyo, y por supuesto que si este último llegaba más tarde a destino corría el peligro de enfurecer a los responsables de los menores de edad. Inclusive -ya que cuentan que efectivamente, cuando ocurrió esa vez fue el detonador final del ambicioso proyecto del Topoyiyo-, una vez el Trasandino de Chocolate, en pleno verano, tuvo que esperar como una hora en la estación artesanal de Las Cuevas, por un show de baile romántico en sus peatonales que ofrecía un cuerpo de ballet sin aerosol. Dicen que en aquella ocasión se derritieron dos vagones y que los niños tuvieron que viajar hacinados en el resto de los compartimientos. Es que mientras el tren avanzara, recibía aire frío de la montaña y eso mantenía el chocolate fresco y sólido, pero cuando tenía que detenerse, su estructura sobrevivía con un sistema especial de aire acondicionado, que en aquella ocasión no fue activado por el motorista, ya que se fugó del tren por un rato para pololear con una atractiva escultora de la región de Iquique. Dicen que si bien ese viaje terminó sin incovenientes, en el recorrido de vuelta un gordito de doce años, hijo de un acaudalado empresario de Las Condes, muy tentado por el tren de chocolate, se comió los siete kilos de chocolate que hacía a la estructura de la ventana, la pared de su ventanal y su propio asiento. El chico cayó de poto directamente a las vías y siguió comiendo, esta vez las estructuras del piso del tren que pasaba por sobre su cabeza. Dicen que el tren tuvo que finalizar su recorrido un kilómetro después, luego de que se desmoronara, tras comprobarse que su piso apenas se sostenía con un frágil capa de chocolate granizado. Dicen que esta catástrofe resultó ser una fiesta porque los sesenta niños y niñas que permanecían en ese contingente se comieron todo el tren -salvo la parte del techo de verdad, el GNC, la calefacción y el aire acondicionado-, en una hora y media. Seis horas permanecieron en el trayecto que va desde Uspallata hasta Horcones para ser recogidos por dos colectivos de larga distancia de la empresa Andesmar. Dicen que tras esa vergonzosa experiencia, el Topoyiyo anunció la suspensión definitiva del Trasandino de Chocolate, cerrando así sus oficinas en Mendoza y Santiago.
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Tras el cierre del Trasando de Chocolate, del Topoyiyo, Aurelio Montes de Coca, más conocido como el payaso pipón, se transformó en el personaje más querido y a la vez, más desempleado del Oeste argentino. Su primer payasada fue no sucedió durante su infancia feliz en la isla Chiloé, sino cuando fue escrachado por su familia, por forma parte de una fotografía en la que integraba un desnudo total, sacado en un conocido parque de Santiago. Eran tantos los individuos sin ropa que pasaron desapercibidos por esta moderna obra de arte que Montes de Coca, quizás sin querer, se mandó a la primera fila y su cuerpo recorrió el mundo. Para el colmo, esa imagen, que salió en la primera plana de los diarios chilenos, apareció por primera vez con el estómago sobrepasado de materia grasa y alimenticia, por lo que para su familia, situada en la región austral de Chile, fue un trago, por cierto, muy lleno y muy amargo. Cuando Montes de Coca se enteró de que su payasada causó lágrimas en sus seres cercanos y sonrisas en los amigos y conocidos -mucho se habló de esa foto en los bares de Chiloé y Santiago-, sin darse cuenta entendió que lo que acababa de hacer era una payasada en todo sentido: una sonrisa y una lágrima, la esencia del payaso, entendió, mientras su memoria recorría pasajes de aquella infancia feliz, cuando artesanos del buen humor lloraban de noche porque no juntaban las monedas para alimentar a sus hijos, tras pasar horas sobre un improvisado tablón situado sobre el puerto de Chiloé. Decía él que había escuchado decir a los payasos que sus alegrías no servían para nada porque los marineros salían del puerto con gin y ginebra hasta el cogote, por lo que ellos se sentían maniquíes tontos, que ni siquiera hacían reír a los vientos fríos que soplaban por la corriente de Humbolt. Pero el niño Aurelio contemplaba a ese payaso a escondidas y quizás nunca supo que con el tiempo se convertiría en el famoso payaso pipón del Trasandino. El nombre de Payaso Pipón derivó de la crónica que hizo el periódico chileno La Cuarta sobre la foto de los desnudos grupales, en la que Aurelio apareció en primera plana, mostrando una panza tamaño tomate relleno y una nariz extrañamente circular, color ají chileno, y una sornisa picarona, que revelaba vergüenza y a la vez, una contagiosa simpatía. Esa edición del diario sensacionalista vendió tanto que la circunstancia lo llevó a dedicarse al oficio de payaso. Pero para no pasar vergüenza en su familia, decidió emigrar al tren fronterizo, para dedicarse a lo único que se sentía útil en la vida: a dar alegría. Bajo la condición de trabajar gratis -es decir, a la gorra- y con pequeño camarote para él, el payaso pipón aceptó el trabajo y jamás esperó que la apuesta al éxito le saliera tan bien al corto plazo: al poco tiempo, los suplementos de Espectáculos de los diarios de Mendoza hablaban de él y compartió escenario con el payaso más famoso de Argentina, Piñón Fijo, en varios shows para juntar fondos para operar a niños en el exterior. El payaso pipón dominaba todos los dialécticos chilenos, divertía a los más niños con humoradas simples y caramelitos de leche, y sorprendía a los grandes con chistes simples y tontos, de esos que llegan al corazón y nos hace despertar el niño interior. A veces solía interrumpir abruptamente a los guías turísticos de cada vagón e improvisaba una versión propia de lo que el guía estaba explicando, del modo que la ola de carcajadas que despertaba servía, en muchos casos, para que los pasajeros volvieran a retomar la atención en esos guías confusos, que contaban la misma historia, pero en versiones diferentes, en cada vagón. Inclusive se dice que el payaso pipón, cuando tenía hambre, solía caer de improvisado al vagón restaurante vip para hacerse invitar en mesas de empresarios acaudalados y hablaba de política y negocios sin profundos conocimientos, pero con amplia claridad de lo que es el sentido común, que verdaderamente dejaba admirado a muchos hombres tapa de revistas de negocios. Tenía una impresionante capacidad para extender un diálogo y lo hacía sólo para recibir más comida, ya que cenas de treinta minutos las convertía en veladas de una hora y media, donde llegaba a alcanzaba a servirse gratis unos cinco platos. Con el fin de aumentar la publicidad en el turismo, la empresa Trasandino editó un DVD con "Lo mejor del Payaso Pipón", que fue un exitazo en los Blockbusters de Sudamérica y de ese modo se transformó en una de las razones para viajar en el tren que unía a Mendoza con Los Andes.
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En invierno, el tren padecía muy bajas temperaturas durante su recorrido en las altas cumbres. La empresa dueña del Trasandino tenía que invertir mucho dinero en calefacción, para evitar que los pasajeros terminaran resfriados. Tras fracasar la iniciativa de vacunar contra la gripe a los pasajeros en la estación de ascenso, se optó por recorte de presupuesto, ante la posibilidad de solucionar este problema con el despido masivo de empleados o mediante al reducción de frecuencia de viajes. En sí, el recorte presupuestario no era una solución si no se correspondía con una acción que estuviera a la altura de las circunstancias. El problema principal era el alto costo en calefacción para la veintena de vagones del tren Trasandino. Entonces se optó por llevar a cabo una "reducción de las calorías" de las maquinarias, un modo eufemístico para explicar la decisión de suspender la calefacción y electricidad en un vagón. De este modo se ahorraría un 8% de energía. Un parche, desde el punto de vista de la realidad, como es típico en los países subdesarrollados. Se decidió no avisar a la prensa que el vagón diecinueve -fue sorteado al azar- sería la víctima. Sabiendo de antemano la problemática, la empresa derivó allí a los pasajeros más jóvenes y forzudos. En tanto, un placard guardaba una veintena de gruesas frazadas. El primer viaje fue el julio de 2012. El calentamiento global se hizo notar en ese invierno y la temperatura promedio de viaje fue de diez grados centígrados. Los pasajeros del vagón diecinueve, más tarde bautizado como "el vagón de hielo", notaron cierta incomodidad cuando recorrían la alta montaña durante la noche, del modo que se la pasaron recorriendo todo el tren, para escuchar las versiones distintas de las historias narradas por los guías turísticos. Al fin y al cabo resultó ser una aventura interesante y prácticamente no se advirtió la ausencia de calefacción en el vagón diecinueve. Como la experiencia había resultado dichosa, según los dirigentes más optimistas y menos perceptivos de la empresa ferroviaria, se adoptó como política de la empresa el recorte absoluto de calefacción y de electricidad en el vagón afectado. Pero bastó un mes para que chocaran con la realidad: un pasajero sufrió pulmonía en Los Penitentes y una enfermera graciosa sugirió que siguiera viajando en ese vagón sin calefacción porque los esquimales curaban el asma reposando en gabinetes de frío. Esta mujer curativa no fue suspendida porque en su anillo matrimonial estaba escrito el nombre de uno de esos directivos optimistas, pero el hecho llamó muchísimo la atención y el comité de comunicación sugirió adoptar una solución, antes de que la prensa se enterara y armara un escándalo. Lamentablemente los tiempos no dieron y la prensa fue un correcaminos más veloz que el coyote directivo de la empresa ferroviaria. Ante la inminente publicación de la mala noticia en los titulares de los diarios de Mendoza, el responsable de la comunicación institucional del Trasandino -un periodista y ex guionista de radioteatros-, dio un sorpresivo comunicado de prensa, sin la aprobación del directorio de la organización: "Trasandino Inc., en conjunto con la empresa Disney, lanzó el promocional de la "Era del Hielo 8". La misma se lleva a cabo, en vivo y en directo, adentro del vagón diecinueve. Invitamos a los niños y a sus padres a que reserven con anticipación las entradas para presenciar cómo se vive la Era del Hielo en nuestros ferrocarriles. Firmado: Aníbal Lechuga Aguilar, jefe de prensa". Este comunicado dejó perplejo a los editores de periódicos mientras realizaron la reunión de tapa. Muy despistados y desorientados. ¿De noticia policial de tapa a noticia de tapa del suplemento Espectáculos? Al parecer, esa fue la decisión final de los secretarios de redacción y productores generales de noticiosos televisivos. Tras regresar de Chile, una veintena de fotógrafos y camarógrafos acudieron corriendo a la estación Cacheuta para sacar imágenes del vagón "cinematográfico". Mientras llegaban los cronistas de la imagen, empleados del área de márketing de la empresa instalaban carteles luminosos y muñecos de nieve en el vagón mediático. En cada asiento había un elefantito de hielo o un cóndor blanco de nieve granizada. Las orejas del ratón Mickey se ubicaban junto a los parlantes del vagón y le daban una dimensión auditiva especial. En tanto, había moños blancos y rojos en los costados de los asientos, muy parecidos a los que hacen en las iglesias para los casamientos. De hecho, una alfombra roja recorría el pasillo de ese vagón y le daba una personalidad ceremonial y a la vez, infantil. Cuando llegaron los cronistas de la imagen -muchos de ellos, enviados por los editores de las secciones policiales de los periódicos, porque ante las denuncias recibidas por pasajeros afectados por el frío, les resultaba difícil creer en un comunicado que expresara una intención rotunda de cambiar la noticia que se estaba construyendo-, quedaron sorprendidos por el gigantesco moño blanco, de tela y de hielo, que envolvía el techo del vagón diecinueve, junto a un cartel luminoso con las palabras "La Era del Hielo 8". Si bien las fotos tomadas quedaron en la sección Espectáculos y no Policiales -objetivo logrado en cuanto a preservar la imagen de la empresa- el desafío creado por el comunicador institucional era inmenso, a tal punto que muchos empleados de otras áreas tuvieron que trabajar horas extra para llevar a cabo esta fantasiosa idea del vagón que recreara el film La Era del Hielo. Se pensaron en muchas opciones. Una de ellas, duplicar la ración de alimentos del perro de Forrest Gump, para que corriera más cerca del vagón diecinueve y además, perseguir al gato Clavicordio, tentando a este último con un buen bocado de hígado adentro del vagón. La idea era recrear el suspenso de los dibujitos animados, al estilo Tom y Jerry, y finalmente, con mucho esfuerzo y como consecuencia del mismo, numerosos certificados de ausencia por enfermedad, esta idea pillada se logró. Desde lo comercial fue un boom. El vagón más solicitado para viajar era el diecinueve y desde la empresa no lograban entender que el compartimento destinado al ahorro energético y comercial fue el que más ganancias le retribuía. "La imaginación al poder", fueron las únicas palabras del discurso que ofreció Lechuga Aguilar cuando fue ascendido de jefe de prensa a director de marketing y comunicaciones. En tanto, el dinero recaudado por el vagón forzó a invertir en un nuevo equipo de refrigeración para que el diecinueve se mantuvera congelado durante las estaciones de primavera y verano, dándole definitivamente una característica pintoresca y a la vez, truchamente hollywoodiense al tren.
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